Revelaciones

Galería de poetas dignos del Premio Nacional del pasado siglo: Franklin Mieses Burgos

Por Manuel Mora Serrano

 ¿Quién fue Franklin Mieses Burgos?

El caso, por lo menos en este país, de un alto poeta, considerado el lírico más grande nacido en esta ciudad de Santo Domingo, que era tan capitaleño que una vez me dijo señalando el Parque Independencia: “De ahí para allá, todo eso es Cibao”, de modo que, siendo tan, tan capitaleño, habiendo fallecido en 1976 y teniendo méritos sobrados para que fuese recordado, honrando alguna calle y una plaza con su nombre, olímpicamente lo han menospreciado por la culpabilidad imperdonable de todos los Gobiernos, Ayuntamientos, Congresos Nacionales y los historiadores y demás escritores que guardaron silencio, sobre todo los que tuvieron en el poder y no lo propusieron,  mientras deshonraban calles y plazas que merecerían ser honrados con personajes de la estirpe cultural de Franklin Mieses Burgos y de otros, que en su oportunidad mencionaremos, las ostenten politicuchos, por la estúpida política chapucera de exaltar a los compañeros o a los compatriotas sin ningún aporte en sus gestiones ni méritos para figurar en las páginas de la historia nacional, con sus olvidables y olvidados nombres.

Urge que la Academia de la Historia, el Archivo General de la Nación, la Academia de Ciencias junto a otras instituciones, con la asesoría de personalidades de la cultura, revisen en toda nuestra geografía, quiénes tienen  verdaderos méritos para figurar en el recordatorio popular y cultural para que sus nombres los ostenten escuelas, colegios, calles, avenidas, plazas, etc…

Y si me atacaran por ello, citaría muchísimos sin ningún mérito que tienen hasta avenidas, mientras un Freddy Gatón Arce (1920-1994), apenas una calle de una cuadra o Manuel Rueda (1921-1999),  otra de tres cortas cuadras, y no seguimos citando; pero cuántos más no tienen ni siquiera un callejón como es el caso de nuestro poeta.

Dicho esto, guardando saliva para otros momentos oportunos, diremos, que Mieses Burgos, es exaltable por un hecho, que si bien podría considerarse negativo, a nosotros nos ha parecido admirable: Él aprendió a leer a los 14 años y apenas 13 después, comienza, no a escribir (que sería mucho antes), sino a publicar poemas, mereciendo la primera plana de la revista Blanco y Negro en su debut con el título de “Lirismo” en el No. 362 del 29 de enero de 1927, que copiaremos para los lectores, aclarando que ninguno de sus primeros poemas  aparece en los compendios de sus Obras, ni los que publicaba en el Listín Diario a principios de la cuarta década del siglo pasado y en otros medios, salvo el último, por las razones que explicaremos.

A partir de esa fecha y mucho antes de la proclama de la Poesía Sorprendida, ofreceremos un soneto desconocido para la mayoría de los lectores, hasta por expertos en  la vida y obra del poeta.

  1. El primer poema publicado por Franklin Mieses Burgos

 Regularmente, un primer poema que un joven escritor se atreve  a  llevar a un medio publicitario casi siempre es solo un balbuceo lírico amoroso o romántico, pero nuestro poeta aunque aparecen unos besos de una invisible mujer, describe un crepúsculo.

 Franklin Mieses Burgos (1906-1976)
Franklin Mieses Burgos (1906-1976)

 Lirismo

A J. M. Bonetti Burgos. Afectuosamente

Un golpe misterioso ha roto el ánfora sagrada de la tarde,

y al romperse,

ha brotado de su profundo seno

una horrible catarata de fantásticos colores,

cuya púrpura sangrienta ha manchado el pálido lino de los cielos.

Mientras allá lejos,

junto al piélago azul del horizonte

los lagos, ebrios de luz,

despiertan soñolientos de su sueño cataléptico de sombras,

y en las ondas cristalinas de sus linfas

retrata orgulloso la tétrica tragedia del espacio.

Y los cisnes

se reúnen en un cónclave secreto para hablar de sus cosas, ignoradas,

mientras los rayos  de luces fugitivos

que bajan en tropel del infinito

tiñen con su tinta la sábana de nieve de sus alas…

Todo tiembla…

Todo calla…

Y se hunde lentamente en el fondo cavernoso de la nada.

Oh la tarde que se muere en su cuna nacarada.

Oh la tarde que agoniza musitando su lírico poema.

Ya la siento venir,

pues un aura de perfume se ha esparcido en el ambiente,

y los astros, cuando pasan fugitivos

dejan en el éter la estela luminosa de su luz.

Ya la siento venir,

pero intangible,

y su paso al chocar con la estepa solitaria

repercute…

repercute blandamente

cual si fuera una virgen de los cielos que en la estepa caminara.

Mas,

ya siento en el arco nacarado de mi frente

el frío indeciso de sus labios…

Luego

he oído el acorde estrepitoso de su beso…

Silencio…

Más silencio,

que el alma de la tarde

ha muerto en el cáliz venenoso de mis labios.

Nota: Llama la atención de este extraño poema al ser la obra de un principiante, dos detalles formales: La falta de rimas y las referencias modernistas: No solo por los cisnes, sino por el ritmo.

Como novato idealiza un paisaje especial, ya que en ese atardecer, en vez del mar habla de lagos, por la asociación con los cisnes; pero además, por el ritmo que produce tan amplia variedad de versos, que vienen de José Asunción Silva (1865-1896) en sus Nocturnos.

Por eso, no lo podemos encasillar como postumista, pese a los versos libres por la ausencia de rimas; empero, al describir un paisaje ideal, como hacían los modernistas, que se alejaban de la realidad y trataban de encantar ubicándose en ambientes exóticos,  imitando a los decadentes.

Señalamos estos detalles para que cualquier crítico neófito vea que el modernismo no es solo el parnasianismo con los dioses grecolatinos, porque

quí hay cisnes ideales y lagos inventados, debiendo observar que estamos en 1927, y el modernismo, en sus muchas facetas, está activo;  para que dejen de decir estupideces repitiendo la boutade de Max Henríquez Ureña (1886-1968) de que ese movimiento “pasó por nuestro país sin pena ni gloria.”

En mi estudio todavía inédito del modernismo a principios del siglo XX, de 1901 a 1930 (aunque siguió activo hasta casi nuestros días en poetas pobres que éramos la mayoría, que en los años cuarenta y cincuenta comprábamos las ediciones baratas de los modernistas en la Librería de la Rosa o por el atraso de los profesores que no habían superado ni el romanticismo ni el modernismo, como ocurre en la actualidad), mostraremos que el ilustre historiador del modernismo internacional no dijo la verdad, ni en lo expresado del final del siglo XIX ni en el XX. Pero es que hay gentes que nunca aprenderán que se debe leer la historia literaria yendo a los textos originales y no apoyarse tan orondos en lo que han dicho algunas figuras de nuestra historia, cuando bastaría, para descalificar en parte a don Max, el hecho de no reconocer el decadentismo en su famosa Breve historia del modernismo, siendo, como fue, un movimiento más importante que el parnasianismo.

Además, el único crimen para el cual tienen licencia las nuevas generaciones es para el parricidio literario; ellas pertenecen a otra época y deben verificar directamente los textos que vieron las generaciones anteriores, porque ni ellas ni nadie es dueño de la verdad absoluta: Pueden aparecer documentos nuevos o desconocidos que conviertan en obsoleto lo dicho por quién sea; nadie tiene la última palabra. Conformarse, como hacen tantos, es más triste y lamentable que no haber nacido.

Finalmente, a los interesados en conocer a este poeta en sus primeros versos, indicaremos que, además del copiado, solo en esa revista hay los siguientes títulos con el detalle del número de la revista al lado:  Tú eres lo que yo veía, 365; En un chorro de luz, 368; Evocación, 371; Exaltaciones, 374; Ironía, 382;  La cita, 283, y Milagro, 390. En la  Cuna de América No. 1503, septiembre 1930, un extenso  Himno a la noche.

Más adelante ofreceremos una muestra casi al pie de la aparición de la Poesía Sorprendida, de un rarísimo soneto que expresa su rechazo del modernismo al ir directamente a la realidad: uno de los rasgos distintivos del anti modernismo, y, al final, otro, que es su revelación de haber encontrado el misterio de la verdadera poesía, ampliamente antologado.

Lo mismo…

Un día y otro día todo eternamente igual:

La botica del frente; el farol de la esquina,

y la horrible muchacha de crió la vecina,

que cada tarde se sienta bajo el amplio portal.

*

Ello todo resume: ¡Una vida! Y es mi mal.

Y es mal esa vida sin cambios; esa paz campesina…

¡Ah, si pusiera romper el farol de la esquina,

esfumar la muchacha, la botica, el portal!...

*

Y encontrar otra Vida, más raramente bella,

otra Vida que tenga claridades de estrella,

no tinieblas de abismo ni negruras de cueva;

*

otra Vida más amplia, cuya amplitud sin fin,

¡trueque la sombra negra de mi aburrido esplín

por un cielo distinto y una emoción más nueva!

Páginas Banilejas, No. 24 diciembre 1942

El poeta juega repitiendo rimas, y todavía sin ese sabor de la auténtica poesía, que si es verdad qhe no es solo imágenes y metáforas, sin ellas, algo fundamental le faltaría. Por eso, cerramos con pena, sin sus sonetos, después de recoger las palabras tiradas por el suelo, porque son de una factura poética impecable, y dije, poética, no gramatical; eso se lo dejamos a los retóricos. Lo que realmente importa está dicho en el siguiente poema: No es cuestión de palabras, sino de verdadera poesía, de ese deslumbramiento, que un día, el dichoso mortal haciendo versos, pueda encontrarla desnuda y sensual como la bella princesa del cuento de Hadas, tirada por el suelo, y pueda violarla impunemente en medio de la selva de la vida que a veces es la soledad.

Esta canción estaba tirada por el suelo

Esta canción estaba tirada por el suelo,

como una hoja muerta, sin palabras;

la hallaron unos hombres que luego me la dieron

porque tuvieron miedo de aprender a cantarla.

*

Yo entonces ignoraba que también las canciones

como las hojas muertas caían de los árboles;

no sabía que la luna se enredaba en las ramas

náufragas que sueñan bajo el cristal del agua,

ni que comían los peces pedacitos de estrellas

en el silencio de las noches claras.

*

Yo entonces ignoraba muchas cosas iguales

que eran todas posibles en la tierra del viento,

en donde la leyenda no es una hierba mala

crecida en sus riberas, sino un árbol de voces

con las cuales dialogan las sombras y las piedras.

*

Yo entonces ignoraba muchas cosas iguales

cuando aún no era mía esta canción que estaba

tirada por el suelo

como una hoja muerta, sin palabras.

*

Pero ahora ya sé de las formas distintas

que preceden al ojo de la carne que mira,

y hasta puedo decir por qué cruzan furtivas

por las hondas ojeras que circundan la noche,

las fugitivas sombras de los últimos pájaros.

La canción andaba por todas partes, pero él no la podía cantar a pleno pulmón. Hacía versos, pero ignoraba lo que era “poesía”,  ese ente misterioso que nadie sabe describir, pero existe en el aire, en el alma del poeta y hasta tirada como una hoja seca… o como el Arpa de Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) en su Rima VII. A veces creo que a la mayoría de los nuevos redactores de versos o de poemas en prosa  les falta agacharse a tierra y recoger esa hoja muerta que otros hombres dejaron caer… que era sin palabras… O como encontró su Arpa Franklin Mieses Burgos tirada por el suelo y la levantó hasta lo más alto de la lírica, empezando a cantar a pleno pulmón…

 El Arpa de Gustavo Adolfo Bécquer
El Arpa de Gustavo Adolfo Bécquer

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