UNO.

Ya uno no sabe cómo encontrar una especie de punto de apoyo para resistir a las tesis que nos llevan a la desesperación,  y que nos dicen que todo aquello en que hemos creído es imposible. ¿Es que no podemos vivir en un régimen que respete las leyes propias de la democracia, y en el cual las instituciones sean un soporte diáfano de la convivencia?

Lo del Congreso de la República Dominicana no es ni siquiera una contravención a los buenos usos del marco institucional, porque su frecuencia y naturalidad indican que no son anomalías, sino una ideología que juzga como un patrimonio propio los bienes públicos que se administran. ¿En qué país del mundo se concibe un Congreso que legisle para su propio beneficio, que se auto asigne “barrilitos”, “cofrecitos”, salarios astronómicos, dietas, cuotas por asistencia a sesiones de comisión, pago de compensaciones, dos exoneraciones al año de vehículos, combustibles, viajes, asignaciones especiales los días de la madre, del padre, pascuas de navidad, año nuevo, días de Reyes, días de las secretarias, semana Santa, y un largo etcétera?

El mismo día que la prensa denunciaba que el barrilito de los Senadores se había tragado mil tres millones de pesos, y que los diputados habían gastado ciento setenta y seis millones para regalar el día de las madres; la prensa traía en sus primeras páginas la información de que en los hospitales del país no había ni siquiera un “baja lengua” para revisarle la garganta a los niños y adultos afectados por la chikungunya.

DOS

Si  algo  nos abruma en esta sociedad del simulacro, es la dramaturgia de la falsa filantropía. El dinero con el cual esos senadores y diputados se hacen pasar por filántropos proviene del aporte de los contribuyentes, de nuestros impuestos.  Por eso estamos hartos de verlos justificar el “barrilito” o el “el cofrecito”, y de ver sus fotos en los medios fingiendo que les importan los pobres, los infelices de verdad; cuando en realidad lo que se hace es convertirlos en instrumentos de sus designios, y multiplicarlos. El clientelismo no solo es una fábrica de pobres, sino que sobre todo es una negación de derechos.

¡Algún día éste país aprenderá a despreciar a tantos falsos líderes, que lo que hacen es agudizar la miseria material y moral de la nación, en el mismo momento que fingen ser condolidos y piadosos con los cuartos del presupuesto!

TRES

¿No le bastaría a un país tan pequeño un parlamento unicameral? ¿No hemos vivido etapas de la historia nacional  en las cuales no hemos tenido Senadores, por ejemplo? ¿Para qué tantos Senadores y Diputados?  ¿Si suprimiéramos el Senado qué ocurriría en el aspecto institucional? ¿Qué ha aportado a la democracia, al fortalecimiento de la equidad, a la justicia, a la transparencia, al juego indispensable de la interactuación social, éste Senado y esta Cámara de diputados que no son más que  sellosgomígrafos del ejecutivo?  ¿Qué dirían los clásicos del enciclopedismo, auscultando a unos legisladores que le imponen una carga impositiva a su propio país, sin despojarse ellos mismos del más mínimo de sus privilegios?

Históricamente éste país no necesita un Senado, pero sobre todo un Senado como el que tenemos que es una vergüenza inimaginable de falta de gallardía y decoro en el cumplimiento de su función. Ahora que hablamos de austeridad, deberíamos tomar el toro por los cuernos, y plantearnos el reto de reducir esas instituciones ostentosas que no aportan nada, pero que nos cuestan una fortuna descomunal. ¿Para qué un Senado? ¿Para qué un grupo más de oportunistas que legislan para los demás, y excluyen sus privilegios de las leyes que dictan?

CUATRO

¿Ustedes se acuerdan de aquella propuesta de declarar un “Día de la comadre  y el compadre” que introdujo un Senador ingenioso?

Si se hubiera aprobado  estuviéramos más jodidos, porque  de seguro que los diputados y senadores se hubieran  asignado una suculenta partida del presupuesto nacional para celebrarlo cada año.

Como dicen los cubanos, “hay que tener gandinga”,  para vivir en este país.