Dos de las películas que escogí para el programa, Riqueza Ajena y Wall Street, superan por unos años la edad de los pasantes. La primera con Dany De Vito, en los mejores años de su madurez como actor, en el papel de un banquero de inversión que intenta lograr el control accionario de una compañía. Doblándole en estatura, Gregory Peck interpreta al dueño de esa empresa ambicionada que es historia, memoria y corazón del pequeño pueblo donde opera. Una gigantesca foto, media página de la portada del diario local, lo muestra sonriente en la entrada de la fábrica, rodeado de todo su personal, anunciando jubiloso el reciente aumento del precio de la acción en la bolsa de valores.
Ambos oficios, asesor de valores y alambrero, se ejercen ofertando a terceros planes financieros o productos que se aceptan o rechazan por la valoración libre que hace cada individuo. El portafolio de valores se ajusta a mis preferencias de riesgo y rentabilidad, invierto; los cables y alambres son de mejor calidad, precio y tiempo de entrega que la competencia, coloco más órdenes de compra. Desde sus primeros minutos, sin embargo, la cintaanticipa la eterna batalla entre héroe y villano. Invito a los jóvenes bachilleres a pensar en cuáles comportamientos ven la mezcla inapropiada de ingredientes para embutidos, el encierro de la damisela y rescate victorioso del caballero de brillante armadura.
¿Comprar acciones con intención de influir en el destino o controlar la compañía? En nada culposo. En realidad esto es, precisamente, un derecho de todo accionista. Las asambleas son para eso: aprobar o no la gestión de la administración, políticas de dividendos, estrategias de expansión y fusiones o adquisiciones. Los dueños que no quieren estos inconvenientes de democratizar la propiedad, se quedan manejando el negocio privadamente. Se financian con la reinversión de utilidades y el crédito bancario, ignorando como cantos de sirenas las propuestas de estructurar una oferta pública de acciones para adquirir fondos más baratos.
En esos prospectos para participar en la bolsa de valores, las empresas son informadas del riesgo de diluir la propiedad,de los compromisos ineludibles de transparentar todos los hechos relevantes del negocio y de los miles de pronósticos independientes que orientaran las decisiones de comprar o no acciones de la compañía. Abriéndose a los mercados de capitales, el dueño de la empresa pierde la facultad de dar bola negra a interesados en participar como socios o poner como requisito que éstos revelen previamente sus intenciones. Pero así como entró libremente a este terreno pantanoso, también tiene la opción de retirarse si encuentra que las posiciones que toma un accionista puede amenazar su futuro frente a la compañía o, como en este caso de la película, la posible disolución o liquidación de la misma.
Danny De Vito, a quien admiro desde los tiempos que era Louie De Palma en la comedia Taxi, representa esa clase de banqueros calumniada como “corsarios corporativos”. Su interés en la compañía es adquirir acciones, siguiendo las normas establecidas por los reguladores, controlar una proporción importante del capital y convencer a los demás socios, por métodos no violentos en asamblea democrática, de que su visión sobre el futuro de la industria los hará más ricos. Una vía de escape que todos conocen es la retirada. Sacar a la compañía de la bolsa, recomprando las acciones en manos de particulares con una prima dolorosa. Una contraofensiva sin generales y batallones, donde las estrellas se la ganan abogados duchos en negociación junto a expertos en valoración, como mi amigo Tomás Fernández de Valumonics. No hubo forma de que Gregory Peck entendiera esa parte tan importante del libreto. “¡No permitiré que nos arrebaten la compañía!”, tal vez la línea que impuso para mantener la vinculación a viejos papeles, raya en lo patético. En la trama no hay poderosos cañones nazis para destruir en una operación comando o promesa con sangre de reconquistar islas ocupadas por japoneses. Es cantearse con papeletas para recobrar la aparente paz espiritual de un pequeño club de accionistas, con fuertes lazos en la comunidad, que disfrutan en armonía un bingo familiar.
Wall Street y Boiler Room, la próxima semana, a la misma hora y en el mismo Acento.