Botella en el mar

Flaubert se fue a la guerra

Por Pedro Conde Sturla

Abrumado por el cansancio y el disgusto, sobre todo el disgusto, Flaubert se tapó la cara con ambas manos, como para cubrir ante sí mismo su propia vergüenza, hasta que al poco rato percibió un ruido familiar que lo distrajo de su marasmo interior. Una paloma herida aleteaba agonizante bajo un armario de la cocina. La rescató en sus manos temblorosas, la puso en el alfeizar de una ventana y la contempló un  instante con infinita piedad, le acarició la cabecita blanca, advirtió en sus dulces ojillos pajariles moribundos una súplica secreta, una invocación a la vida, Suspiró entonces con tristeza, con amorosa pena, y la ayudó a morir de un zapatazo.

La noche fue terrible. Entre la fetidez del ambiente y el tiroteo sin tregua, Flaubert se revolcó en su cama sin conciliarse un minuto con el sueño. Tronaban los aires como en un espectáculo de fuegos artificiales y se escuchaban esporádicos gritos de vivas al gobierno. Para peor, el blanco de la artillería era el techo de zinc de la suntuosa morada, el majestuoso techo a dos aguas, que quedó convertido en colador.

De modo que Flaubert se levantó al día siguiente con una idea fija, una firme determinación que le machacaba los sesos. Acudiría a la prensa, a la opinión pública, a la radio y televisión si era necesario. Visitaría los grandes y pequeños diarios para denunciar sin tapujos lo que acontecía en sus alrededores, sin que nadie pareciera darse por enterado. Era ya el momento de tomar medidas extremas y las tomaría.

Primero fue a “La Noticia”, el diario número uno en materia de denuncias y críticas al gobierno, y también el número uno en términos de defunción y deserción de periodistas. Se presentó formalmente en la salita de recepción a una muchacha agraciada que se limaba las uñas y hablaba por teléfono, al tiempo que lo miraba por encima de los lentes con una mirada curiosa, como si nunca hubiera visto a un hombre vestido tan formalmente y a esa hora tan temprana de la tarde. Ella hizo una pausa y le dijo que en seguida lo atendía, pero el enseguida duró casi media hora.

El jefe de redacción del vespertino “La Noticia” realizaba funciones de director y subdirector a causa de la ausencia involuntaria de sus superiores inmediatos, que un par de semanas antes habían sufrido un accidente de tránsito que los mantenía en lecho de hospital con lesiones de pronóstico todavía reservado. Hizo un gesto de tedio, miró con precaución hacia la calle y le preguntó a la cronista social si no había nada de nuevo. La cronista social, Ingrid Grullón, una ancianita en funciones de redactora de noticias nacionales a causa de la renuncia precipitada del periodista designado, respondió con un no lacónico que no, que no había nada de nuevo.

El jefe de redacción en funciones de director aflojó el maxilar inferior y se quedó en posición babeante, las manos sobre la cabeza a manera de estatua con intención pensante. Paren la prensa. Todavía es temprano y aquí nunca faltan los muertos. Nada más ayer murieron en un incendio cuatro niños menores de edad que fueron noticia de primera plana y un éxito de venta.

La cronista social en funciones de encargada de noticias nacionales, sofisticadamente distraída, empezó a acicalarse coquetamente, se arrancó una ceja desaliñada con la pinza que traía en el bolso.

-Hoy ha estado todo el día tranquilo, no pienso que habrá muertos.

El jefe de redacción en funciones de director se infló, se insolentó y puso cara de expresión bermeja. Aquí no hay día sin que maten a alguien, podrían matarme a mi. Paren la  prensa y aguarden. Ya vendrán los muertos. Reservar dos columnas en primera página, titulares sobresalientes para los muertos. Sobre todo si aparecen sin cabeza, como los del mes pasado, o con evidencias de tortura, como los cincos muchachos del club Héctor J. Díaz, cuyos miembros habían sido arrancados a mordidas.

La cronista social apretó la boca para asentar la pintura de labios que acababa de aplicarse y en un simulacro de protesta dijo que total aquí la gente está acostumbrada a todo y no sabía por qué le daban tanta importancia a los muertos. La muerte aquí no es noticia.

La recepcionista de “La Noticia” en función de mensajero interno anunció al jefe de redacción en funciones de director que en la salita de recepción lo esperaba un distinguido señor de traje gris y sombrero de fieltro que pedía una entrevista. Flauber Rámirez, se llama, y parece un poco incómodo.

Flaubert había soportado estoicamente la indiferencia de la recepcionista y los caprichos de un aire acondicionado decrépito que sólo producía ruido y calor, pero ahora, por fin, estaba en presencia del jefe de redacción y director de “La noticia”, un miquifriqui que le dio muy mala impresión.

En pocas palabras narró Flaubert el motivo de su visita, después de haber estrechado a disgusto la mano rocallosa y nervuda de aquel periodista tan mal vestido y mal tallado. Habló con lujo de detalles de los tiros, el escarnio, los pájaros muertos y podridos, la falta de respeto a su persona, la inseguridad, el torturadero que habían fundado junto a su casa, los muertos en el zaguán, las burlas, el techo de su casa convertido en coladero. Pero Flaubert empleaba en su copiosa descripción palabras muy cultas y elegantes de uso poco común, que al parecer no estaban al alcance de su interlocutor.

De modo que al final de su exposición el jefe de redacción en funciones se había quedado con la boca abierta en su expresión favorita, característica (belfos caídos en actitud babeante), la mirada perdida en el vacío, y sólo al precio de un enorme esfuerzo mental pudo hacerse una idea de lo que trataba de explicar el tal Floberto.

-Si no me equivoco, usted  viene a presentar una denuncia.

Flaubert lo miró complacido de que en tan poco tiempo el periodista hubiera llegado a esta conclusión y de que la hubiera expresado en términos tan brillantes.

-Desgraciadamente debo decirle que casos como estos pasan todos los días, son cosas de rutina, no son material noticioso a falta de material gráfico de apoyo. Lo suyo es una denuncia sin pruebas fehacientes. Un testimonio sin pruebas. No es noticia.

Flaubert trató de explicarle que no se trataba de un caso simple, aislado, sino de un abuso reiterado contra toda una comunidad de vecinos que ha sido forzada a abandonar sus casas. Centenares de vecinos, señor, director, no un caso particular.

-Lamentablemente no es noticia. En la construcción de la nueva avenida tumban las casas de barrios enteros con la gente adentro. Eso es noticia.

Flaubert insistió, haciendo hincapié en las torturas, en los asesinatos.

-Es que aquí en cada cuartel de policía hay un torturadero y se producen asesinatos a diario, y créame que creo lo que dice, pero no tenemos material gráfico que pueda convertirlo en noticia. Se rumora que hace dos días el jefe de la policía mandó a matar a palos a la mujer y los hijos de un médico radioaficionado que denunció imprudentemente la llegada de un cargamento de drogas. Al médico también lo apalearon. Eso es noticia porque publicamos su foto con los ojos brotados. Fue un éxito de venta, El jefe de la policía prometió una exhaustiva investigación. .

Flaubert sudaba ya copiosamente e hizo una tentativa de explicarle al jefe de redacción que la importancia de una información no debe basarse en criterios sensacionalistas, que toda información debía estar orientada por una vocación de servicio, sustentada en criterios éticos, morales, propios de una correcta filosofía periodística.

El jefe de redacción en funciones de director sacudió violentamente la cabeza, como si en su cerebro se hubiera producido un cortocircuito y se quedó mirando a Flaubert con expresión vacía, ausente por completo de la realidad, desorientado, mudo absorto, y ya no pudo pronunciar palabra.

pcs, sábado, 03 de agosto de 2013

 

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