La filosofía mundana es la instancia del saber que crea y postula posibles modos de articular, desde un ejercicio de la palabra, dominado por una práctica de creación conceptual ingeniosa, aguda, metafórica, sobre el sentido del mundo.
Su preocupación no son los objetos o las personas que encontramos en la cotidianidad. Su interés se centra en analizar criterios, jerarquías y arquitecturas de sentido que constituyen las formas y los contenidos de experiencias existenciales universales o totalitarias por ser omni-abarcadoras, esto es, considera mundos o épocas históricas. Para ejercerla hay que prepararse para hacer una determinada necesaria experiencia del ser del mundo.
Hay una definición del filosofar que he encontrado en una obra de Heidegger que este extrae casi literalmente de un aforismo de Nietzsche. Desde que me topé con ella, la he tenido siempre presente y la he confrontado con otras que me he encontrado en mi camino, pero debo confesar que no he encontrado una forma mejor de circunscribir el hacer del pensador, la expresión dice qué es filosofía es la manifestación intelectual de los caminos del saber y de la amplitud de miras que lleven al establecimiento de criterios y jerarquías.
El decir de Heidegger sobre qué es filosofía se concentra en determinar los caminos del saber. Hablar de determinar los caminos del saber se refiere a que el pensar filosófico debe de establecer las reglas para llegar al saber. Debe de establecer el método de conocer. Esto no es nuevo. Es una enseñanza de los griegos arcaicos.
En su lengua el camino se denomina: Meth’odos, que significa el pasaje para ir y volver de algún lugar. Para uno conocer algo tiene que saber llegar a ello, plantarse y contemplarlo a los ojos, para captar lo que es en su modo de ser auténtico. Pero el conocimiento no se obtiene si nos quedamos allí.
Tenemos que haber aprendido el camino, y con esa orientación podemos llegar de regreso al punto del cual partimos. Sin este saber regresar no hemos adquirido un saber, no, nos hemos perdido, nos hemos extraviado.
Es por ello que Platón en el mito de la Caverna, hace que el prisionero liberado, que sale a la luz del verdadero sol, tiene que regresar de nuevo al punto de partida, para que pueda relatar –el fabular de que hablaba en la anterior entrega de esta serie–, poner en palabras lo que ha descubierto.
Por otro lado, la caracterización que hace Heidegger habla de la amplitud de miras, con esta afirmación lo que señala es que la perspectiva del filosofar es holística, se sitúa no ante los entes o las cosas en particular, sino que trata de abarcar aquella totalidad, de la que hace un momento hablaba, como el enfoque específico del filósofo.
Finalmente, la definición a qué nos referimos determina que es lo que busca el filosofar: determinar los criterios últimos y las jerarquías del ser.
Para Nietzsche, lo pongo de ejemplo, el hombre: es una pluralidad de fuerzas que están ordenadas según una jerarquía, de modo tal que hay elementos que dirigen; pero quien comanda debe proporcionar a quienes obedecen todo cuanto necesitan para su conservación; y, por ello, está condicionado por la existencia de aquellos.(…) Todos estos seres vivientes deben de ser de especies afines, de otro modo no podrían de tal manera servirse y obedecerse mutuamente; aquellos que sirven deben, en cierto sentido, ser también aquellos que obedecen, y en casos más sutiles los diversos papeles se intercambian provisionalmente entre ellos, y aquel que generalmente dirige debe también obedecer. El concepto de «individuum» es falso. Estos seres no existen aisladamente: Su centro de gravedad es mutable…
Empero, cada época establece cuales son los principios de su mundo, establece lo que es bueno y lo que malo, lo que es excelso y lo que es ruin, etc. Cada época decide en el momento de su gestación cuáles son los valores y criterios que tienen validez suprema y sus contrarios. Estos valores cambian en el curso de cada historia, de cada universo histórico o época. Es por eso que Nietzsche habla que para que haya mundo e historia los seres humanos de “X” tiempo deben elegir cuáles son sus valores, por ello él habla que nos debemos de someter a la tiranía de unas leyes caprichosas, es decir, que debemos postular determinados axiomas, que valen no por ser objetivos, sino porque por convención los seres humanos de ese tiempo han decidido que sean los valores supremos. Pero estos se constituyen por un puro acto de fe.
En otra ocasión, en un ensayo que trata de sensibilizar a nuestros contemporáneos sobre la necesidad de la filosofía en nuestro tiempo, la caracterizaba como un oficio y no como una profesión. Como tal es necesario hacer mucha experiencia para llegar a saber qué hacer con ella. Es como el maestro en un arte, solo el continuo trabajo, la inspiración, la imaginación y la frecuentación de las obras de otros creadores, lo que le proporciona el dominio del arte. En la filosofía o en el pensar es la experiencia del pensar continuado lo que nos otorga el método, el camino que hay que seguir para llegar a un determinado resultado.
Sin embargo, como todo artista sabe que la creación es un proceso misterioso, y muchas veces nos ocurre que queremos hacer o decir algo y la obra nos impone decir otra cosa diferente, pero relacionada con lo que tratamos. Creo que en todo crear para sacar algo valioso hay que trabajar mucho, ensayar a decir algo y tratar de justificarlo, pero también influye el dominio que el pensador tenga del instrumento del pensar, que es la palabra. Al igual, hay un juego de nosotros mismo con nuestra imaginación y está también hace presente a un ser oculto que habita en nosotros, que es como nuestra sombra, pero que siempre se impone sobre nuestro lado consciente: es lo nombramos el inconsciente.
Para comprender y hablar el lenguaje de la filosofía hay que dedicarse a aprender un oficio de práctica milenaria, se debe aprender a nombrar y a identificar experiencias de sentido que se expresan en una nomenclatura que se ha venido constituyendo en la señalada práctica histórica, y que se acopla al elaborar conceptos, visiones, escorzos de los posibles sentidos en que se revela el mundo, que es siempre un orden histórico, aunque se presente como espacio instituido, fundado, como algo estático.
Para ejercer la filosofía hay que aprender, sobre todo la paciencia, pues hay que habituar el ojo y adiestrar la sensibilidad para descubrir y articular con sosiego y calma a percibir posibles figuras de racionalidades alternativas a las cotidianas o científicas.
Se debe de aprender a crear conceptos sutiles para describir acontecimientos sutiles, evanescentes en el tiempo de la percepción, en la emoción y en la experiencia, que coexisten y actúan como modalidades diversas de los modos actuales de concebir lo coherente y lo pertinente, ya sea que interactúen entre sí o en paralelo, si enfocados desde otros parámetros de mundos, y se debe aprender a distinguir y a desglosar diversos niveles de rango y organización de la palabra que, en apariencia, describen actividades, actos, potencialidades y acontecimientos en un plano o en una geometría conceptual muy diferente de la cotidiana y banal en que nos movemos en la vida de todos los días.
En el filosofar hay diferentes ritmos y estilos y siempre en su decir pueden reconocerse las impresiones titubeantes e inseguras. Hay miradas decididas y directas, como las hay superficiales y oblicuas. Así también sucede en el discurso filosófico.
Hay expresiones poderosas que provocan tempestades como manifestaciones conceptuales. Hay miradas que tienden a ser exhaustivas e intensas, que corresponden a expresiones instruidas y formadas en un acabado conocimiento de la teoría, que responden a gestos serenos formados en una técnica filosófica, y hay miradas dispares que yacen en el magma indiferenciado de voces entremezcladas, haciendo convivir, o la silueta o el contorno en el que viven ritmos y figuras dispares, así como otros imprecisos esquemas amasados en tiempos de convulsión, que permiten entrever de lejos el tema de que tratan entramado con los ojos entornados, desde una primera y superficial primera impresión.
Nietzsche nos lleva a recrear la situación ideal en que se debe buscar al filósofo a partir de la actitud fundamental que lo embarga cuando declara basado en su vivencia personal al decir que, el filósofo, está, se mueve, actúa, fuera de lo ordinario. Se mueve en lo extraordinario.
Para llegar a ser filósofo hay que prepararse bien. Sobre todo, hay que prepararse
para sospechar, para cuestionar todo con escepticismo sistemático y con ironía, pero aún hay que cultivar el coraje, el sentido del humor y aprender a reír de todo lo trágico, y sobre todo de las tristes simulaciones de los poderes fácticos, pues nada inquieta más al poderoso, que una buena carcajada que rompa el hilo del ritual que lo consagra, el protocolo, el orden de la adoración de su supuesta derecho a la fuerza.
Al mismo tiempo, hay que cultivarse en ser responsables con la verdad y ejercitarse en ser consistentes, persistentes, tenaces, incansables enemigos de la prisa y la pereza.
También hay que practicar para aprender a distinguir las gradaciones en los múltiples ámbitos y direcciones de sentido que se trenzan en los heterogéneos senderos posibles que se despliegan en los relatos y fábulas históricas.
Hay que aprender a dar alas, y asimismo a domar la bestiecilla de la propia imaginación; aprender a reconstruir intuitivamente condiciones históricas, mentalidades, épocas, ideologías, perspectivas y cosmovisiones, además de que hay que educarse a determinar con precisión y seguridad el ángulo de enfoque que corresponde auténticamente a la propia situación en el sentido postulado del mundo, asumir el adecuado para contextualizar cada voz específica que aparece como presencia de lo presente en la tradición, en la propia tradición e ilustrarse porque puede calificarse como perteneciente a esa condición.
Hay que tener una apasionada vocación de saber, de descubrir, de asombrarse ante todo lo que acontece en el mundo y en nosotros mismos. Esta es una condición fundamental, que revela el talante fundamental de una persona con auténtica vocación filosófica. Hay que sentir en sí mismo una insaciable sed de conocer, de cuestionar, de descubrir las estructuras ocultas, y las que se ven, así como las que aparentan ser el sustento de sentido en que se articula el ser, el existir en una época de la historia o llegar a dar con las modalidades con que se encubre el bosque entre los árboles.
Empero en las oscuras, viscosas, instantáneas y sinuosas tramas de sentido que sirven de tramoya a nuestro tiempo y a nuestro saber epocal, la experiencia de la desaparición del tiempo que viene devorado por la intensidad que se nos impone aquello que debemos atender en forma de múltiples, alterados, heterogéneos, diferentes y concurrentes focos de atención en cada instante de manera concurrente, este se diluye en una serie de imágenes discontinuas, carentes de contornos, que no podemos saber de dónde vienen ni cuál es su auténtica intensidad y trabazón. En esa especie de juego de luces simultáneo desaparece al tiempo como fenómeno y como marco del mundo.
Byung-Chul Han, el filósofo coreano explica claramente este extraño fenómeno: La crisis de hoy remite a la disincronía, que conduce a diversas alteraciones temporales y a la parestesia. El tiempo carece de un ritmo ordenador. De ahí que pierda el compás. La disincronía hace que el tiempo, por así decirlo, dé tumbos. (…) La dispersión temporal no permite experimentar ningún tipo de duración. No hay nada que rija el tiempo. La vida ya no se enmarca en una estructura ordenada ni se guía por unas coordenadas que generen una duración. Uno también se identifica con la fugacidad y lo efímero. De este modo, uno mismo se convierte en algo radicalmente pasajero. La atomización de la vida supone una atomización de la identidad. [El aroma del tiempo, Herder, 2009]
La consciencia común pierde su sentido de eje orientador de la existencia y es así que en nuestro tiempo hay tantos científicos y tecnólogos que niegan un lugar ni siquiera fantástico a la filosofía. Hoy constituyen mayoría quienes afirman y exigen que en la sociedad actual no debe haber lugar para esa forma de perder el tiempo y abogan por su desaparición de los anaqueles de bibliotecas personales de los jóvenes, de las escuelas y de las universidades.
Esta virulenta querella en contra de la filosofía y de las humanidades, disciplinas que se consideran cómplices de este saber, deben de desaparecer. Y quien esto escribe comprende que hay mucha coherencia en este requerimiento que llama al orden en una sociedad cada día más tecnificada y guiada por la furia de una nueva esclavización de los seres humanos en función del trabajo y solo del trabajo, pues ya aquellos que los franceses llaman el loisir, es decir, el ocio, el momento para disfrutar de la gloria de ser, el momento de la fiesta, ha sido suprimido en nuestro mundo nuestro contemporáneo.
¿Por qué el ocio ya no es necesario? Porque se transforma en una instancia perturbadora para el sistema de vida tecnificado. Ahora tenemos el tiempo libre, el tiempo calculado para que el esclavo reponga energías para seguir alimentando el sistema pasando dentro del mismo a ocupar el papel del consumidor de espectáculos y de las obras dispuestas para di-vertir –es decir, para sacar de su centro al ser humano, para no permitirle reconstituirse–, esta es una función clave de la nueva época; función capital, pues sin ese tiempo de consumo dedicado a devorar Kurtura, es decir, a disiparse en la glotonería de puras imitaciones, en disolverse entre cachivaches –sin el aura de las auténticas obras de la cultura dotadas con el poder de desacralizar la cultura administrada para consumo masivo–.
Empero quien necesita cultura auténtica en medio de una sociedad idiotizada por el trabajo continuo, sin pausa y que sirve parámetros de una sociedad cada día más deshumanizada y al mismo tiempo, en relación proporcional inversa, idiotizada en cuanto más robotizada.
Este huir de la filosofía y despreciarla cuando el ser humano más la necesitaría es una medida de guerra, es una violenta reacción en contra del auténtico poder sanador y reconstituyente de la dimensión inconsciente del ser humano, que es la fuente de la imaginación el más grande poder que poseemos como humanos.
Esta actitud violenta, esta agresión al poder de la creatividad humana me trae a la memoria la respuesta que da el gran pensador francés Gilles Deleuze cuando se le preguntaba sobre la utilidad de la filosofía para nuestra época.
En un texto elaborado con su colaborador el psicoanalista Félix Guattari, titulado Qué es la filosofía, para mí uno de las grandes obras de filosofía escrita en el siglo XX, estos autores subrayan, algo que asumo plenamente.
El libro trata de definir cuál es el papel de lo que se cuestiona, pero además trata de dar una respuesta a los muchos pseudointelectuales que no se cansan de señalar que la tarea de la filosofía, en el presente, no sirve para nada, que su ejercicio no lleva a ninguna parte, por ello concluyen que es una pérdida de tiempo y de esfuerzos estudiarla, en fín, valoran a la filosofía por su supuesta inutilidad en nuestro tiempo, para el que sería nula.
Deleuze y Guattari estiman que hay que responder a estas posiciones de manera agresiva, porque esa pregunta nunca se plantea de manera inocente, sino que siempre se plantea deliberadamente de manera cáustica e hirientemente irónica.
Siendo consecuentes con su perspectiva afirman que –y esta respuesta es algo que comparto plenamente–, la filosofía sirve para denunciar la mezquindad del pensamiento inauténtico en todas sus formas; sirve para transformar el pensar en algo agresivo, activo y afirmativo; sirve para formar seres humanos libres, que no confunden los fines de la cultura con los intereses del Estado, de la moral o de la religión; sirve para combatir el resentimiento y la mala conciencia de quienes han usurpado en nosotros el pensamiento crítico, sirve, en fin, para derrotar todo lo negativo y el falso prestigio.
Creo que en este excurso sobre la filosofía ya he me extendido demasiado, y por tal razón, para no abusar del espacio que gentilmente me ha cedido el director de este diario, el querido y admirado amigo Fausto Rosario, por ahora me detengo aquí.