"Con sangre y sudor / nos surgirá una raza / orgullosa, generosa y brutal…" Esto lo escribió Vladimir (Zeev) Jabotinsky, el fundador de la extrema derecha del sionismo, que también fue escritor y poeta. Los actuales líderes del Likud lo ven como su antepasado​​, muy parecido a como Stalin vio a Carlos Marx.

El mundo "brutal" se destaca, porque parece inverosímil que realmente Jabotinsky lo dijera en serio. Su hebreo no era muy bueno, y probablemente él quiso decir algo así como “dura” o “fuerte”.

Si Jabotinsky viera el Likud de hoy, se estremecería. La suya era una mezcla de nacionalismo extremo, liberalismo y humanismo del siglo XIX

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Paradójicamente, la brutalidad es sólo uno de los tres rasgos prominente en nuestra vida de hoy, especialmente en los territorios palestinos ocupados. Allí no hay nada de que estar orgulloso, y la generosidad es algo asociado con los izquierdistas despreciados.

LA BRUTALIDAD diaria, de rutina, que gobierna los territorios ocupados fue captada en video esta semana, un destello abrasador en medio de la oscuridad.

Sucedió en la ruta 90, una carretera que conecta Jericó con Beth Shean, a lo largo del río Jordán. Se trata de la carretera principal del valle del Jordán, que nuestro gobierno intenta anexionar a Israel de cualquier manera. Está reservada exclusivamente para la circulación del tráfico israelí, y cerrada para los palestinos.

(Hay un chiste palestino sobre esto: Durante las negociaciones post-Oslo, el equipo israelí insistió en retener esta vía. El jefe negociador palestino, se volvió hacia sus colegas y exclamó: “¡Qué demonios! Si tenemos otras 89 carreteras, ¿por qué Insistir en esta? “)

Un grupo de jóvenes activistas pro-palestinos internacionales decidió manifestarse en contra del cierre de la carretera. Invitaron a sus amigos palestinos a un alegre paseo en bicicleta por la vía. Fueron detenidos por una unidad del ejército israelí. Durante algunos minutos se miraron las caras, frente a frente: ​​los ciclistas, con keffiyehs (tocados) árabes drapeados que caen hasta sus hombros, y los soldados con sus fusiles.

En esta situación, la práctica es que el Ejército llame a la Policía, que está capacitada para este trabajo, y que cuenta con los medios no letales para dispersar a las multitudes. Pero el comandante a cargo de la unidad del ejército decidió lo contrario.

Lo qué sucedió entonces nos lo mostraron en un clip de video tomado por uno de los manifestantes. Se ve claro, sin ambigüedades ni inequívocos.

El oficial, un teniente coronel, está de pie frente a un hombre joven de pelo rubio, un danés, que solo estaba mirando, sin hacer nada ni decir nada. Cerca de allí, están los manifestantes y los soldados, de pie. No hay señales de violencia en ninguna parte.

De repente, el oficial levanta su fusil, lo carga horizontalmente, con una mano en la culata y otra en el barril, e lo impulsa, con el extremo cuadrado del magacín duro hasta la cara del joven danés. La víctima cae hacia atrás, al suelo, mientras el militar ríe satisfecho.

ESA NOCHE, la televisión israelí mostró el clip. A estas alturas, casi todos los israelíes lo han visto un centenar de veces. Mientras más uno lo ve, más se sorprende. La brutalidad pura de esta acción, no provocada en absoluto, hace que uno se estremezca.

Para los veteranos de las manifestaciones en los territorios ocupados, no hay nada nuevo en este incidente. Muchos han sufrido la brutalidad de muchas formas diferentes.

La novedad de este caso es que fue captado por una cámara. Y no una cámara oculta. Había un buen montón de cámaras alrededor. No sólo las de los manifestantes, sino también las de los fotógrafos del ejército.

El oficial debe haber estado consciente de esto, pero no le importó un comino.

La publicidad no deseada causó un alboroto nacional. Obviamente, no fue solo el acto en sí mismo lo que molestó a los jefes militares y a los líderes políticos, sino la publicidad que atrajo. Al producirse en el mismo momento de la gloriosa defensa del aeropuerto de Tel Aviv por 700 policías hombres y mujeres, frente a la invasión terrible de unos 60 activistas internacionales de los Derechos Humanos, esa publicidad adicional, definitivamente, no era deseable

El jefe del Estado Mayor del Ejército condenó al oficial y lo suspendió de inmediato. Lo siguieron todos los oficiales de alto rango, y el primer ministro habló. Como es sabido, nuestro ejército es “el más moral del mundo”, así que lo que pasó es acto imperdonable, ejecutado por un único oficial granuja. Habrá una investigación exhaustiva, etcétera, etcétera.

EL HÉROE de la aventura es el teniente coronel Shalom Eisner (“Hombre de Hierro”, en alemán).
Lejos de ser excepcional, parece ser la quitaesencia de oficial del ejército, y sin duda, el israelí por excelencia.

Lo primero que notaron los televidentes fue el kipá que llevaba puesto. “Bueno, por supuesto”, murmuraron muchos para sí. Durante décadas, el movimiento nacional-religioso sistemáticamente ha infiltrado los cuerpos de las fuerzas armadas, a partir de los cursos introductorios de los oficiales, y más arriba, con el fin de tener a alguno de ellos como el Jefe de Estado Mayor del Ejército. Ahora, los teniente-coroneles con kipá son comunes ‒muy distantes de aquellos de los kibutz que dominaron los cuerpos de oficiales en el nacimiento de nuestro ejército. En el momento del incidente, Eisner estaba como subcomandante de la brigada.

El movimiento nacional-religioso al cual pertenece el centro de los colonos, fue también el hogar de Yigal Amir, el asesino de Yitzhak Rabin, y de Baruch Goldstein, el asesino en masa de los musulmanes en la mezquita de Hebrón.

Uno de los pilares de este movimiento es la yeshiva Merkaz Harav (“Centro del Rabino”), donde el padre de Eisner era un destacado rabino. Cuando la evacuación de los colonos de la Franja de Gaza por Ariel Sharon, el joven Eisner fue uno de los manifestantes. El año pasado, Eisner fue fotografiado en el mismo lugar en la ruta 90 confraternizando con los manifestantes de extrema derecha, que también protestaron allí con bicicletas.

Pero él no aceptó las imprecaciones pasivamente, sino que con una impertinencia sin precedentes atacó el Jefe de Estado Mayor, al Comandante de la división del Frente Central, por su orden de suspenderlo a él. Agitaba una mano vendada para demostrar que fue atacado primero y que actuó en defensa propia. Y hasta llegó a presentar una confirmación de un médico de que tenía un dedo roto.

Eso es muy poco probable. En primer lugar, el modo en que sostiene rifle en el vídeo no pudo haberlo hecho con un dedo roto. En segundo lugar, el video muestra que no actuó como reacción a ninguna acción violenta. Tercero, había varios fotógrafos del ejército presentes, que captaron todos los detalles (para ser usados como evidencia si los manifestantes eran llevados a juicio en un tribunal militar). Si se hubiera producido algún acto de violencia, sus vídeos se habrían mostrado por el ejército el mismo día. Y en cuarto lugar, de manera similar, Eisner golpeó a dos mujeres manifestantes en la cara y a un hombre en la espalda, desgraciadamente fuera de cámara.

Él insiste fervientemente en que hizo lo correcto. Después de todo, logró disolver la manifestación, ¿no es cierto?

Pero no se quedó del todo sin remordimientos. Admitido públicamente que “puede haber sido un error actuar de esta manera en presencia de las cámaras”. Con esto el ejército y muchos comentaristas estuvieron de acuerdo; de todo corazón, ellos no criticaron su brutalidad, sino su estupidez.

COMO INDIVIDUO, Eisner no es muy interesante. Si las fuerzas armadas se abstuvieran de alistar gente estúpida, ¿dónde estaríamos?

El problema es que Eisner no es una excepción sino un representante de una norma. Hay algunas personas excelentes en el ejército, pero Eisner tipifica a muchos oficiales que salen del crisol militar.

Y no sólo en el ejército. Parafraseando a Jabotinsky: nuestro sistema educativo produce ahora “una raza estúpida, mezquina y brutal” ¿Cómo podía ser de otra manera, después de 60 años de adoctrinamiento incesante y 45 años de ocupación? Cada ocupación, cada opresión de otro pueblo, corrompe al ocupante y vuelve estúpido al opresor.

Cuando todavía yo era un adolescente, trabajé como oficinista para un abogado judío-brtiánico, educado en Oxford, muchos de cuyos clientes eran miembros de la administración colonial británica. Los hallé, en general, personas agradables, inteligentes y corteses, con un sentido del humor participativo. Sin embargo, la administración británica actuaba con una asombrosa falta de inteligencia.

En ese momento yo era un miembro del Irgún, cuyo objetivo era sacarlos del país. En mi casa había un arsenal de las armas que fueron usadas ​​para matarlos.

Viviendo entre esos dos mundos, me preguntaba constantemente: ¿Cómo pueden estos buenos ingleses comportarse de manera tan estúpida?

Llegué a la conclusión de que ningún amo colonial puede comportase en forma inteligente. La condición colonial en sí misma los obliga a actuar contra lo mejor de su naturaleza y de su mejor juicio.

Por cierto, durante los primeros años de la ocupación israelí, esta fue ampliamente elogiada como “ilustrada” y “liberal”. El entonces ministro de Defensa, Moshe Dayan, dio órdenes para tratar a los palestinos con la mayor generosidad posible. Dejó que se comerciara con el enemigo y que se escucharan las emisiones enemigas cuanto quisieran. En un gesto sin precedentes, mantuvo abiertos los puentes entre la Ribera Occidental y Jordania, un país enemigo. (Yo me reía entonces de que Dayan, sin haber leído un libro, no sabía que esto era impensable).

Detrás de esta política no había benevolencia, sino sólo la creencia de que si a los árabes se les permitía vivir sus vidas en paz, no se levantarían sino que acondicionarían a una ocupación eterna. De hecho, esto funcionó más o menos durante unos 20 años. Hasta que una nueva generación comenzó la primera Intifada y vino la ocupación ‒así, estúpida, mezquina y brutal, como los oficiales a cargo.

HACE DOS días, Israel celebró el “Día Anual de Recordación del Holocausto”. En este sentido, me gustaría citar a Albert Einstein, un judío y un sionista:

“Si resultáramos incapaces de encontrar una forma de lograr una cooperación sincera, y pactos honestos con los árabes, entonces no habíamos aprendido absolutamente nada durante nuestros dos mil años de sufrimientos, y mereceríamos todo lo que nos viniera encima".