Si me visitara una persona bien intencionada, llegada por primera vez de tierras lejanas y me pidiera una opinión sobre cuál es la realidad económica, política y social de República Dominicana, le describiría el siguiente cuadro:
Suponga que en un tiempo aquí había un país donde mal que bien funcionaban las instituciones; donde los alcaldes, legisladores, ministros, presidentes y líderes políticos y sociales actuaban por vocación, servicio, patriotismo y entrega a sus respectivas causas.
Por una muy explicable evolución de las formas de participar en la política, lo que antes los dirigentes de los partidos enarbolaban como principios y normas éticas: respeto al pueblo, honradez, espíritu de trabajo, solidaridad y humildad, fueron arrojados y en cambio la práctica (que vale más que un montón de palabras) ha venido demostrando que más que el interés de progreso de la gente que vive en este país, lo que ellos han hecho es desarrollar una angurria de riqueza que revela elocuentemente la causa de la inmensa pobreza de la gran mayoría.
Eso se entiende mejor acudiendo a la vieja enseñanza, que ojalá los trabajadores de este país algún día pongan sobre las tumbas de sus verdugos como epitafio: “Más pudo el interés (de hacerse ricos) que el amor que le tenían (al pueblo)”.
Es como si los políticos se hubiesen puesto de acuerdo con las fracciones oligárquicas para repartirse entre ellos todo lo que produce este país, las donaciones, los préstamos que se toman y hasta las inversiones de capitales extranjeros a los que se chantajea para que paguen peajes ¡por invertir su dinero, traer tecnología y dar empleo!
Como resultado de ese acuerdo por comisión en unos casos y omisión en otros, ha sobrevenido una especie de ¡Sálvese quién pueda y cómo pueda!
Sin duda se han salvado los políticos que ayer fueron “revolucionarios” y hoy han devenido en “tutumpotes”, dueños de riquezas inexplicables en cualquier país que no sea este, por ese acuerdo que destruye esperanzas colectivas.
Lo que cae de sus valijas o sus quijadas lo tienen que recoger como perros hambrientos los millones de personas que cada día pagan impuestos, se hunden en la ignorancia, se matan entre ellos mismos precisamente por lo que no tienen, se dividen como gran bloque dominado más por su propia estulticia que por la inteligencia de sus verdugos.
Así, los que comprenden que un grupito se ha robado el país, si pueden se les asocian para ayudarlos a seguir arriba a cambio de “estar pegados” aunque tengan que prestar servicios “intelectuales” y políticos más ruines que los que requería el caciquismo de inicio del siglo XX o de la maipiología durante la tiranía trujillista. De ahí surgió, elocuentemente, el transfuguismo que afecta a todos los colores y aceptan todos los neocaciques.
Los marginados del clan de los que viven del robo, sea por “dinosaurios, rosca izquierda” o porque no aceptan hundir conscientemente su alma y su país, se van al extranjero por cualquier vía: una yola de las que solo sirven para pescar en estuarios, en la barriga de un avión, en la sentina de un barco, con visa de paseo que luego los convierte en residentes ilegales en Estados Unidos, no en busca del “sueño americano”, sino de su propia supervivencia y la de su familia que queda en este Nueva York Chiquito.
Aquí se queda el grupito concertado para seguir la rumba. Se queda también todo el que no puede salir, la mayoría de ellos viviendo de lo que envían los que se fueron, de lo que “regala” el gobierno, los políticos, los legisladores, los alcaldes, los regidores o lo que consiguen los muchachos con el microtráfico y la ratería común.
Ahí confluye, casi como una suerte de Dios Salvador, la ratería común con su creciente de violencia social y familiar, con la delincuencia política y su fomento de la vagancia y del dame lo mío. Es la contribución del clan del robo para mantener una masa de ignorantes que necesita como votantes para legitimar su poder y lavar su riqueza.
El espacio que deja la masa que emigra al exterior lo ocupa la inmigración haitiana que aquí tiene que soportar una doble moral: los quieren como trabajadores semi esclavos sin derechos (Vea lo que pasa desde hace dos semanas frente a la sede del Ministerio de Trabajo y nadie se entera ni se interesa) y los repudian por negros ¡sí, por negros!, pobres, enfermos y por los prejuicios que sobre su existencia adornan el “acervo” de los dominicanos.
Otros nos quedamos para ver hasta dónde piensan llegar y otear una oportunidad de ajustar cuentas. Sin echar palabrotas ni excesos vengativos, pero dispuestos a pagar el precio que sea necesario por un país con justicia.
Como canta Silvio, el único Silvio que canta: “Hay un país de rocas, en ruinas, bajo otro país de pan”. http://www.youtube.com/watch?v=mn4jn53M2D0