Otro pensar

Estados Unidos: un imperio debilitado por Trump

Por Elvin Calcaño Ortiz

Dentro del proyecto geopolítico ruso que dirige Vladimir Putin, es clave que Trump siga en la presidencia de Estados Unidos otros cuatro años. Porque cada año que pasa con Donald Trump al mando de Estados Unidos, más se debilita la maquinaria imperial estadounidense en el mundo. Rusia y China, las otras dos grandes potencias mundiales, precisan el debilitamiento norteamericano para construir la estructura geopolítica multipolar que buscan (y para lo cual cuenta con el respaldo táctico de Turquía, India, Sudáfrica y otras potencias emergentes). Trump, con su imperialismo torpe y sin perspectiva de largo plazo (está solo pensando en cómo sobrevivir al proceso de impeachment para reelegirse en noviembre), socava las bases sobre las que se sostiene el imperialismo estadounidense.

Estados Unidos no logró la hegemonía mundial solo a base de fuerza militar y producción económica. Lo más importante de ello se consiguió a partir del Soft Power, esto es, el atractivo cultural. Los estadounidenses lograron proyectar estratégicamente al resto del mundo su ideal de vida y sociedad por medio de películas, tecnologías de la comunicación, marcos culturales populares (música pop y hip hop, rock and roll, sus deportes, etc.) y su matriz de subjetividades con lo que construyó mentalidades a lo largo de todo el mundo. Barack Obama, un líder de una formación intelectual y cultural mucho más refinada que la de Trump, entendió eso y su política de acercamiento a Cuba e Irán, por ejemplo, iba en la dirección de debilitar ambos sistemas mediante la introducción en esos países del muy atractivo modelo de sociedad norteamericano. Cuando Obama fue a Cuba a saludar a Raúl Castro y mostrar respeto por Fidel, al tiempo que reivindicaba la concepción estadounidense de democracia y libertades, estaba actuando como un fino imperialista que ataca de cerca a sus rivales con la fuerza sutil de su propia maquinaria imperial. Esa lógica basada en el atractivo cultural, como bien señaló el teórico de Harvard Joseph Nye, es lo que, al largo plazo, realmente termina en gran medida definiendo la balanza.

Trump, en cambio, es otro modelo de líder imperial. Lo cual tiene mucho que ver con su trayectoria de vida. Viene del mundo de los negocios inmobiliarios y del espectro de las celebrities televisivas. Contextos donde las perspectivas de largo plazo que requieren profunda reflexión y mirada fina sobre las cosas, y que necesariamente exigen formación intelectual dilatada, no existen. Trump, incluso, se ha ufanado de haber llegado a la presidencia de la máxima potencia mundial sin casi haber leído. Su formación y temperamento definen pues su visión de mundo, y, por consiguiente, su política exterior. Estados Unidos tiene un diseño imperial que ha sido altamente trabajado desde la época de los llamados Founding Fathers. Y que ya en el último cuarto del siglo XIX tenía en un Alfred T. Mahan, el gestor de una escuela de pensamiento naval estratégico (desde la noción que tenía de lo naval como central en aras de ejercer hegemonía mundial). Los grandes presidentes norteamericanos en la escena internacional, desde el liberal Woodrow Wilson al neoconservador Ronald Reagan, fueron imperialistas de larga mirada (Reagan carecía de formación intelectual, pero se rodeó de grandes pensadores). Que se rodeaban de intelectuales y estrategas de alto nivel para armar sus decisiones geoestratégicas. Trump, por su lado, maneja una política exterior sin claras definiciones, abiertamente cortoplacista y al servicio de sus intereses personales. La impronta de su trayectoria y visión marcando sus decisiones en el crucial plano geoestratégico.

Para buena parte de los seguidores de Trump en el sur y zonas rurales estadounidenses, así como para un sector de los conservadores caracterizado por la mediocridad, eso de ir por el mundo matando enemigos y sacando pecho cual macho bravo, entienden fortalece las posiciones geopolíticas norteamericanas. Sin embargo, la realidad es que eso sirve para avivar bases electorales de una parte de la clase media vinculada al imaginario del nacionalismo blanco. Pero en el diseño geopolítico mundial, altamente complejo y disputado, eso es contraproducente. Se consigue lo contrario: que hoy día desde Cuba a Irán, pasando por la propia Europa y China, cada vez más gente odia a E.U. y quiere verlo caer. La clave está en que la gente admire a E.U. y quiera parecérsele. Todo ello se suma a decisiones como la de abandonar el pacto climático de París, bajo un argumentario negacionista y de desprecio por la ciencia. Eso, de nuevo, sirve para conectar con sectores conservadores de su país y el mundo que hoy, coyunturalmente, son gobierno en países como Brasil y Hungría. Pero no va más allá de ahí. Hay una población mundial totalmente desvinculada de ese imaginario ultraconservador y reaccionario que, en cada país, nunca sobrepasa el 35 o 40% de la población.

Trump, pues, en ese plano de disputa hegemónica mundial, donde lo que convence y gana adeptos no es la fuerza bruta sino el atractivo cultural, ha debilitado a Estados Unidos sustancialmente. Los enemigos del imperio estadounidense se frotan las manos con cuatro años más de su estilo de liderazgo.

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