Del sur

Eso de los Derechos Humanos (2 de 2)

Por Guillermo Cifuentes

“Si alguno dice: «Yo amo a Dios», y odia a su hermano,

es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano a quien ve,

no puede amar a Dios a quien no ve.”

1ª. Juan 4, 20

En artículo anterior hacíamos referencia al hecho de que al tema de los Derechos Humanos, llegamos siempre tarde.  Lo cierto es que la experiencia histórica demuestra que acudimos a uno de los documentos más decisivos de la humanidad, la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, cuando los derechos han sido violados y que todavía sigue otorgándosele más mérito al primero de sus considerandos: “Considerando que el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad, y que se ha proclamado, como la aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en que los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencias;”.

El catálogo de los Derechos Humanos establecidos en esa Declaración no ha sido ampliado por los pactos internacionales posteriores que se han concentrado en precisar con mayores exigencias los compromisos de los Estados que los suscriben respecto de su defensa y de las sanciones a sus violaciones. Un buen ejemplo de lo que decimos lo constituye el establecimiento de la imprescriptibilidad de los crímenes de lesa humanidad entre los que están la prostitución forzada; la tortura; la persecución por razones políticas,  religiosas o étnicas; el secuestro; la desaparición, la deportación forzada o el desplazamiento forzoso de personas.

Más allá del listado, se deben reconocer los Derechos Humanos como un todo sistemático (si se viola uno se violan todos) y no existe en la Declaración intención de otorgar una importancia mayor a un derecho sobre otros.

Los Derechos Humanos, esas facultades, libertades y reivindicaciones inherentes a cada persona por el solo hecho de su condición humana, son históricos pues están vinculados con la realidad de su tiempo;  son inalienables por lo que no es posible cambiar de titular a un derecho y tampoco se pueden enajenar;  son imprescriptibles por su carácter permanente; son universales pues son de todas las personas sin distinción.  Además, como dijimos, son indivisibles e interdependientes y progresivos porque su tendencia es al avance, nunca a la regresión o a la cancelación.

La exigencia del cumplimiento del mandato de la Declaración, de la plena vigencia de los Derechos Humanos que resumen el largo andar de la humanidad, tiene siempre consecuencias que es necesario recordar: son un lugar de encuentro y de entendimiento entre quienes los defienden; facilitan el acuerdo de quienes llegan a la acción por visiones antropológicas, ideológicas y políticas distintas. No obstante, la sociedad puede reconocer una notable y nueva división, debido a que el acuerdo entre víctimas y victimarios nunca ha sido posible sin justicia y a que cuando se trata de valores estas diferencias suelen ser en extremo violentas.

Otro aspecto no olvidable y paradojal es el trato que da la historia a quienes se destacaron por su defensa o a quienes los violaron. Los defensores de los Derechos Humanos parecen ser condenados a ser mucho más olvidables que quienes fueron cómplices y ejecutores de su violación. Muchos chilenos de hoy seguramente no saben quién fue Jaime Castillo Velasco fundador y Presidente de la Comisión Chilena de Derechos Humanos, sin embargo es altísima la posibilidad de que mis compatriotas no hayan olvidado a Sergio Diez, el embajador que fue a la ONU a decir “la verdad sobre Chile” y declaró que los detenidos desaparecidos no existían.  Unos años después creyó justificar sus declaraciones asegurando que el gobierno de Pinochet le había entregado documentos falsos. Pocos chilenos deben saber hoy quién fue Isidoro Carillo, el dirigente sindical de los trabajadores del carbón fusilado en 1973,  pero deben ser más quienes reconocen a José Piñera, el  destructor del sistema previsional chileno y de los derechos laborales (este Ministro del Trabajo de Pinochet tuvo “facilidad para el consenso” ya que los dirigentes sindicales estaban asesinados, exiliados o en la cárcel y los partidos políticos fuera de la ley).

Finalmente, los Derechos Humanos pasan factura histórica hasta entre quienes los ignoraron.  Prueba de eso es la afirmación del actual Presidente de Chile denunciando a quienes llama “cómplices pasivos”, entre los que están todos los que miraron para otro lado, los del silencio pagado, los funcionarios potencialmente opositores a las violaciones pero que en el mejor de los casos, no dijeron nada.

Así las cosas, y volviendo al considerando antes citado “…que el desconocimiento y el menosprecio de los derechos humanos han originado actos de barbarie ultrajantes para la conciencia de la humanidad…” es todavía tiempo de preguntarse y preguntar a aquellos y aquellas que los niegan en cualquier tiempo y lugar si habrán leído alguna vez la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Ojalá leyeran aunque sea un resumen.

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