No hay, claro está, ninguna normativa que señale a un escritor la forma de manifestar su cultura en sus escritos,  especialmente en los literarios propiamente dichos.

En el prólogo a Don Quijote, Cervantes, que tenía en mente hacer una obra donde retrataría su patria desde “un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quería acordarse”, advertía:

“Ni tengo qué acotar en el margen, ni qué anotar en el fin, ni menos sé qué autores sigo en él, para ponerlos al principio, como hacen todos, por las letras del abecé,  comenzando en Aristóteles y acabando en Jenofonte  y en Zoilo, o Zeuxis, aunque fue maldiciente el uno y pintor el otro.”

Lo que denota una tradición literaria de larga data. De modo que la interacción entre el autor y el lector sobre su cultura, venía de muy lejos.

En el caso de Don Quijote, como el personaje era experto en novelas de caballerías, llegó a vender parte de su hacienda para adquirir más ejemplares y a todo lo largo de la novela esa cultura debe aparecer y aparece constantemente en citas librescas o evocaciones de los personajes famosos. Es un ejemplo de la forma cómo un gran escritor critica el despliegue de conocimientos de otros, pero al haber dotado a su personaje de este vicio, es natural que las citas refieran las de otros autores y sus creaciones, algo que encontramos lógico, lo mismo que el estilo y el lenguaje que imita irónicamente.

La mayoría de los seres humanos creemos más en lo que imaginamos que en lo que tocamos y vemos.

El mundo está lleno de Quijotes, vale decir de personas que deciden sumergirse en el mundo imaginario, sea de textos literarios o religiosos, aunque para algunos de los no creyentes, estos últimos solo son frutos de la ficción de un inspirado que se creyó poseído por la divinidad, como se sentían los poetas románticos. No hay un desfile más grandioso de seres  increíbles en situaciones raras que en las mitologías grecolatinas o en las vikingas, sin mencionar las hindúes y la de otros sitios de Asia. Asombrando las de los pueblos considerados primitivos, también llenas de situaciones y seres extraordinarios.

¿Qué dejamos dicho con esto? Que todo lo que se ha escrito que ha interesado a los hombres sin necesidad de demostraciones de la realidad, no ha sido más que pura fantasía y que, curiosamente, siga siendo la norma humana después de haber viajado por el espacio y demostrado por los científicos la extensión del universo y los miles de millones de galaxias de las cuales la nuestra, la Vía Láctea no es más que una enana y el sol comparado con otras estrellas es también un diminuto lucero, al extremo de que  el planeta tierra no sea ni siquiera un punto visible en el mapa del universo. Sin embargo, el cuentecito, como ha dicho una alta autoridad eclesiástica recientemente, de lo que nos dice la Biblia de la creación del mundo, se considera palabra sagrada, y ni hablar de todo lo que aparece en otros textos considerados también sacros por millones de creyentes.

Ese “cielo” que está ahí a la vista de todos, fingiendo el azul de la atmósfera que nos da color a su vez en el espacio, lo señalan los profetas y los creadores de los textos sagrados de todas las religiones, como el lugar al que algunos dioses o santos han subido en cuerpo y alma, y donde está Dios mismo entreteniéndose con acechar nuestros actos y decidir nuestras conductas, a pesar del libre albedrío con el que supuestamente nos dotó. Pero eso no se considera una novelación ni una ficción de los hombres, sino la inspiración directa del Dios mismo. Empero, es imposible ver ese imperio imaginado y soñado o deseado por millones de personas, sencillamente porque ahí no hay “materia”, todo es espiritual, y por lo tanto invisible, lo que demuestra que la mayoría de los seres humanos creemos más en lo que imaginamos que en lo que tocamos y vemos, a pesar de que muchos pensadores han dicho que todo lo que existe es ilusorio. ¿Hay alguna obra, incluyendo la citada de Cervantes, en la cual la imaginación humana fuera más fértil, que en las historias de los textos considerados sagrados, convenciendo a tantas gentes de todos los sitios, en todos los tiempos y en todas las culturas de la real existencia de esos lugares tan maravillosos donde estaremos después de muertos?

Los griegos por lo menos tenían sus dioses en la tierra, en Tesalia, en el monte Olimpo, una montaña visible. Pero sus dioses, muy humanos por cierto, por sus pasiones y sus locuras, también eran invisibles, aunque se aparecieran a sus devotos en diversas formas o se convirtieran en animales como Zeus Júpiter transformándose en cisne para poseer a Leda, por solo citar un caso y no entrar en Las metamorfosis de Ovidio.

Excusen el exordio, pero el tema del debate es apasionante y apasiona de verdad por sus muchas complejidades.

Entrando en materia de Goeíza

Recordemos que todo se inicia con mi artículo del sábado 16 con el título de: ¿Debe reflejarse la cultura del autor en su obra literaria? y la promesa de informar cómo lo culto aparece en mis obras, por las críticas de unos amigos muy queridos.

Ahora bien, un autor ¿es libre o no es libre? ¿hay alguna ley que le impida  hacer en su obra lo que crea conveniente de acuerdo con su plan de trabajo? ¿Cuál es el crimen?

Me permito volver a mi novela Goeíza que fue premiada con el prestigioso Premio Siboney, que sigue siendo uno de los más calificados de nuestra historia, por un jurado compuesto por Freddy Prestol Castillo, Ramón Francisco y Virgilio Díaz Grullón, de quienes diría el pueblo con su gracejo especial: “que no era paja de coco”.

Si a usted amigo lector le dieran por espacio la isla Saona, y llegara allí con una gran biblioteca y encontrara pescadores, cazadores y agricultores dispuestos a aprender, y usted escogiera libros que le interesaran como esos magníficos escritos por autores griegos y romanos ¿al cabo de cierto tiempo no piensa usted que se convertiría al paganismo más hermoso y poético de la historia toda esa comunidad?

Eso es lo que sencillamente pasa en Goeíza. Ocurre que necesitaba un lenguaje elevado para mis personajes (por las razones que explicaré),  que iban a contar más que nada leyendas y tradiciones del folklore nacional, entre ellas el mito de la ciguapa que tenía vinculaciones con los indios tainos y no sabía la técnica de cómo poner en sus labios expresiones cultas con  un lenguaje más o menos depurado, si no era por medio de algún hecho extraordinario. De modo que era lógico que apareciera un sacerdote en la forma que suele tomar en la tierra, en la de un apóstol como Eugenio María de Hostos, o sea, de un maestro, como suelen llamar precisamente a Jesús el Cristo.

Para no contar la epopeya humilde del folklore nacional con palabras vulgares o hechos como el del Quijote huyéndole a las citas clásicas, aproveché mis investigaciones sobre la ciguapa y otras leyendas que había presentado en una conferencia editada por eme-em, la revista de la entonces Ucamaima, y la lectura de la mitología taína, especialmente con lo de fray Ramón o Román Pané, actualizada por José Juan Arrom, y unas largas y extenuantes lecturas de mitologías y obras clásicasespecialmente del teatro griego y del romano, elementos con los cuales pude producir una obra literaria que impresionara a ese jurado conocedor de lo clásico, como luego entusiasmaría a muchos lectores que con todos sus defectos, la consideran una narración importante.

En Anadel la novela de la gastrosofía, hay personajes cultos muy sofisticados, que hasta odian al sancocho. Nadie critica a don Julio por tales cosas que ocurren en otra playa de la  península de Samaná.

He dicho y vuelvo a decir, que la razón de los detalles señalados fue por un motivo especial: Ocurre que en la primera cita del concurso envié una novela extensa donde aparecía la ciguapa como personaje central. Para volver a concursar tuve que perfilar el tema y modificar los personajes con el fin de despistar a los jurados para que asumieran que no era el mismo concursante anterior y necesitaba disfrazar la temática con otros hechos y otro lenguaje. De ese modo surgen las cosas. Contar lo  novelesco que allí se narra, vale decir, el mundo de las ciguapas, de las indias de los charcos, de los dundunes, de las cacerías de cerdos cimarrones, del misterio de la Flor del Bambú, etcétera, que originalmente eran tantos, que fue considerado excesivo por  el miembro del jurado Díaz Grullón que me pidió quitar algunos en el texto final; lo que hice. Con un lenguaje común, es posible que fuese más natural, pero no sería la novela que es, gracias a estas ocurrencias del azar.

Recuerdo, y lo he dicho muchas veces, que le mostré a Carlos Curiel en la Barra del Hotel Comercial la primera página de la que iba a ser una novela X, y me aconsejó: “Hazla entera en forma de diálogo.” Yo no tenía ni una remota idea de cómo podía hacerlo, ni lo de los espacios para los parlamentos de los personajes sin usar la raya que detesto: por suerte Manolo Rueda se había inventado los bloques en su Pluralismo, y esa fue la solución, como también he comentado en otras oportunidades.

De modo que a veces no hacemos una cosa como queremos, sino que la imponen las circunstancias.

Lo que no se le perdona a este escribano es que se haya atrevido a crear un negrito samanés, con el apellido, precisamente de un personaje extraído de una novela también culta, como la citada Anadel, y mucho menos que a ese negrito le hubiera dado con leer. Precisamente esa es la inquietud de los aventureros de la Goeíza, Diomedes y Plinio Aldebarán cuando cuestionan con la misma preocupación en el capítulo VIII a Venerando Simeón, el sustituto del Patriarca: 

¿Quién fue realmente Simón Rymer?: ¿Cómo un hombre de color descendiente de negros africanos llegó a adquirir tanta cultura?: Sobre todo: ¿De dónde le surgió la preocupación de instaurar una civilización clásica en un lugar habitado entonces por personas rústicas como nuestros padres y como los suyos siendo solo  pescadores y agricultores los que poblaron originalmente estos predios inhóspitos?: Ocurre que los jóvenes no pensamos como ustedes: Somos de este tiempo y nos parecen ridículas esas poses y esos afanes renacentistas que son la razón por las cual no somos más modernos.

Perdone si criticamos así al Maestro y a su utopía: Imaginamos que cuando se echa hacia atrás es para tomar impulso: En ese sentido si él se iba hacia los grecoromanos: ¿No sería para ir remontando civilizaciones?: ¿Usted no comparte esas inquietudes al oír a nuestra gente expresarse como si viviéramos en la antigüedad de Grecia y Roma?  ¿Qué piensa de todo esto?”

Aunque el Maestro les responde muy extensamente, copiarlo sería imposible, pero les lee unas notas autobiográficas de Simón Rymer que explican parte del asunto de su vicio por la lectura, indicando la forma como se convirtió en un lector voraz:

“Después tuve la dicha de aprender las primeras letras con miss Rita Bagowit la hija de mister Chelon: Inolvidable pastor de la Iglesia Africana Metodista Episcopal y del  maestro Eliseo Demorizi que completó mi formación.

Misteriosamente a veces lo mejor obra para mal!: ¡Ellos encendieron más esa pasión que se convirtió en una obsesión por leer todo lo impreso que encontrara en la ciudad o trajeran los viajeros!

Leer se convirtió en un vicio mayor y como toda pasión humana desmedida me llevó a esa especie de adicción que el pueblo ignaro llama locura: ¡Ay!: ¡Ojalá nunca lo hiciera!: Mi vida quedó marcada para siempre por esa vehemencia insensata.” 

 De modo que se presenta como un vicio, confirmado desde niño por la queja de su madre: “¿Para qué debe Simoncito perder el tiempo leyendo tantos libros grandes de noche y de día a toda hora lee que lee como demonio?”. Por eso, cuando Macabón lo destierra a Las Galeras y le deja llevar su biblioteca, viviendo en aquel entonces apartado rincón, se dedicó a catequizar culturalmente a sus humildes habitantes y no de cualquier cultura, sino de la grecolatina, con la premisa de la poesía como religión universal, como correspondía a fines del siglo XIX a cualquier ciudadano de nuestros pueblos con el modernismo. Eso parecería lógico. Simón Rymer no es más, como él confiesa, que un misionero de la cultura clásica. Si hubiera sido un religioso, a nadie le molestaría. Pero el hijo de su madre se impuso el deber de civilizar a esos salvajes, y lo logró. Ese fue su crimen, en paralelo a lo que hizo Rubén Darío al ponernos al día, precisamente con la resurrección de lo grecolatino, enseñándonos lo que pasaba en Francia donde estaba el centro cultural del mundo a fines de ese siglo.

En su testamento verbal Simón Reymer, en el capítulo siguiente, declara: 

¡No me importa morir habiendo conocido el éxito!: ¡Ustedes son mi gloria mortal: En ustedes he vivido un Renacimiento verdadero al volver a sentir tanto a Roma como a Grecia floreciendo vivas en su lenguaje!: A muchos les parecerá cursi y decadente: Quizás en el fondo lo sea: ¡Ese alto riesgo corremos los que amamos las artes si caemos en la tentación de imitar a los clásicos!

 Quizás debí dejarlos que siguieran siendo salvajemente primitivos: Así serían más  localistas: Más auténticos...”

   Es posible que por las explicaciones que doy, con detalles tan íntimos que nunca  había explicado, algunos de carácter personal, lo de Goeíza, que ahora será Goeíza del Ángel Plácido en su tercera edición de la que he extraído las citas, se justifique, y quede pendiente lo que más desconcierta al parecer, que son los personajes cultos de La Luisa, mi última novela (diciembre 2016, Editora Búho).

Cuando concluya mi exposición en el próximo artículo, intercalaré de vez en cuando como hacían los periódicos cuando editaban como folletines las novelas más famosas del dicho siglo y a principios del XX, algunos capítulos breves de esas dos, como hice con los fragmentos que copié, para ilustrar a los lectores de algunos pormenores que, a nuestro juicio, fueron el motivo de la acusación de que eran defectos míos esos personajes cultos.

Por ahora, con Goeíza, creo haber justificado el título de esta segunda entrega: ¿Cómo debe el escritor manifestar su cultura en su obra?, por la forma explicada que se entiende mejor con esta aseveración: ¡Cómo por circunstancias especiales un autor convierte un texto corriente en uno más culto para despistar un jurado, como me ocurrió con dicha novela, abriéndome el apetito de seguir haciéndolo!