Menos mal que la tarde se ha hecho menos fría y a veces el sol, aguado, ilumina esta terracita en el Bronx mientras le cuento, a veces con Onetti, amable lector, que llegué de Bonao a Santo Domingo a los 17 años. Nunca había estado lejos de mi familia; no sabía lo que era depender solo de mí. Poco a poco la ropa se fue acumulando en una pila en un rincón hasta que mi habitación empezó a oler a cueva donde dormía un perezoso no tan sucio.

Yo vivía en una pensión de la calle Las Damas, la pensión de Doña Niña, una vieja que alquilaba habitaciones sin firmar contratos ni preguntar mucho, muy amable si no te atrasabas más de 3 meses con la renta. Yo me pasaba el día entero palomeando en la UASD, no quería regresar a ese hábitat sin ventana, esa camita sándwich sin sábanas, esa estufita eléctrica de una hornilla, ese degonzao abanico de mesa. Salía cuando cerraban la biblioteca, caminaba lentamente los cortos kilómetros toda la Independencia, subía uno a uno los 87 escalones, abría la puerta cogiendo mucha lucha con la llave, hervía un plátano, si había luz, picaba un tomatico barceló, me acostaba con los ojos abiertos a pensar disparates fantásticos.

Sábado en zona colonial. El loco residente al que llamaban Papote estaba dando su show en el parque Colón donde la atracción principal era verlo comerse un ratón; la segunda verlo beber pintura roja. A los transeúntes, los muy bestias que no trabajan y viven en la calle, les encanta pararse a ver vainas desagradables. Me senté en un banco oteando a los viejos con boinas echar migajas de pan a las palomas de porra que preferían el maíz de los recién casados. Ahí hablé con Elbelga por primera vez.

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Esbjerg

¿Quién fue el dominicano que lo bautizó Elbelga? Él era de Dinamarca, no de Bélgica. Así somos los dominicanos, prontos al boche cuando nos confunden con un boricua y, sin embargo, seguimos llamando Cánada a un alemán que repite 'Yo alemán'; llamamos chino a cualquier asiático, que yo tengo un pana japonés que bien joven hizo la paz con ser llamado El Chinojaponé; a los haitianos los llamamos… Muy bien podrían haberlo llamado Eldané, tan cerca de queso y perro, pero todomundo le decía Elbelga y ninguna fuerza de este mundo, o de otro, puede cambiar un apodo cuando los muy bestias se acostumbran, especialmente si al dueño le importa un coño.

Elbelga también tenía una habitación en la pensión de Doña Niña, tres puertas más parallá. Como a todos los europeos que se quedan en RD, viviendo sórdidamente y sin irse para la playa, lo rodeaba un silencio. Cuando no estaba en el parque leyendo las Eddas estaba en el malecón viendo el Mar Caribe; cuando no estaba en el malecón viendo el Mar Caribe estaba en su habitación pintando un mar vikingo.

Algunas noches, cuando se emborrachaba, Elbelga hablaba en su idioma; por sus gestos agresivos yo deducía que eran los equivalentes de coño, coñazo, maldita vida u otras malas palabras; pero cuando miraba el nunca acabado cuadro se calmaba, su voz contagiaba las ganas de llorar: "Esbjerg er naerved kystten", repetía, y en su parco español describía un lugar de vacas comunes, de bicicletas compartidas, de puertas abiertas; un lugar donde la primavera salta de golpe rompiendo la nieve.

Elbelga fue el primer extranjero que conocí, es decir, sin contar a los haitianos que de vez en cuando pasaban por Bonao a comerse los niños malcriados, según amenazas de madres y padres muy bestias. Fue mi primer amigo adulto que me trató como a un adulto. Nos pasábamos las noches hablando de todo menos de confidencias, de las kenningars "Casa del mar es barco", que él llevaba en la sangre y que yo conocí gracias a Borges; el melancólico año saturniano igual a 30 años terrestres; la crueldad del hombre hacia los animales; lo insípido del vegetarianismo. Yo escribía versos sinceros: 'Las palomas del parque Colón son unas inútiles, no quieren trabajar para la paz, no quieren trabajar para el correo, no quieren trabajar para la magia'. Elbelga pintaba una y otra vez las mismas hojas de algún árbol de su infancia, borraba y coloreaba una y otra vez la misma gaviota. Pensé que así como Penélope no quería terminar de bordar el manoseado lienzo, Elbelga no quería terminar de pintar el garabateado cuadro.

Semana Santa en Bonao.
Ay nooo ayyyyy ayyyyyy nooo ayyyy mi niño sí ta flaco ay nooo ayyyyy ayyyyyy nooo ayyyy come come come…
Ay nooo ayyyyy ayyyyyy nooo ayyyy mi niño se me va ay nooo ayyyyy ayyyyyy nooo ayyyy come come come…

No bien entré fui abordado por Doña Niña, mirando el piso, por suerte sin dar detalles, me entregó el cuadro, terminado y sin firmar, musitando varias veces varios eufemismos sugiriendo que Elbelga estaba en un mejor lugar que esa pensión, esa ciudad, ese país, ese Caribe, este planeta.

Y, más o menos, amable lector, esto es todo. Por último le cuento que pasé esa terrible madrugada mirando, bajo la luz de velas, ese cuadro que no presentaba gran calidad artística, árboles verdeclaros y arena color avena tocando un mar pálido que de alguna manera se me antojaba gélido. Al amanecer comprendí que no aguantaría verlo otra vez, daba demasiadas ganas de llorar, tenía que destruir ipso facto ese dilatado perro de la desdicha. Asi que como un autómata agarré una tijerita bota, mientras con mucha lucha lo cortaba en pedacitos, el joven hombre que yo era prometió a sotto voce algo que el hombre viejo que yo soy no cumplirá a menos que me saque la Loto, algún día visitar Esbjerg, en la costa.