Admirable la actitud de Javier Marías, la de rechazar el Premio Naciona de Narrativa en España. Coincido con Thomas Bernhard en eso de que lo único valioso de los premios es el dinero que se gana.

Luego… luego…. qué penoso nuestro país… Si pienso en toda gente que estuvo mendigándole que le pusieran su nombre a una calle en la Era Lantigua en el Ministerio de Cultura; si pienso en todos esos escritores que han estado forzando de manera titánica para que les den un Premio Nacional, si sigo pensando en todo aquel jodido afán de diplomas, reconocimientos, beneficiencias, ayudas, y dame mi placa, y coge tu placa, sin tener el menor verso brillante o idea honesta, entonces vuelvo a mi escritorio de 1932, a estas calles donde alguien deja caer agua porque está regando flores y que la lluvia siga.

Me imagino si el libro volviese a su dignidad -y no tuviese que estar precedido por bachateros-, si el autor volviera a su dignidiad, y no tuviera que estar precedido por la voz engolosa del locutor de turno: si las imágenes fuesen más refrescantes y no ese reguero de funcionarios atosigados por sus sacos o peor aún, mostrándote que ellos pueden ser caribeños sacando de la despensa sus chacabanas…

Hay muy indignidad en el mundo literario, y no solo eso, lo peor: hay mucha mediocridad. Lo bueno de las ferias del libro es encontrar un par de caras amigas -aunque sólo sea un tres por ciento del paquete de gentes que vea-, y un par de libros también refrescante, y las casetas raras que siempre aparecerán. Lo malo: esos egos incólumes, la sensación de estar "avanzando entre cadáveres", como decía René en uno de sus cuentos. Al menos la actitud de Javier Marías nos recuerda que también hay dignidad en algún lado.

Ahora pienso en una parte muy sensible de la mejor creatividad: esa que ha tenido que irse porque de alguna manera la estuvieron "yendo" de alguna manera. Pienso en un poeta al que con frecuencia leo, a Norberto James Rawlings, tal vez el escritor dominicano vivo más injustamente olvidado y para mí el más brillante de los poetas vivos nacionales. Pero así somos: miserables.