Es hora de que la sensatez prevalezca y alguien diga basta ya, no podemos seguir así, el país quiere y merece otra cosa. Ahora la única palabra posible es sensatez, sangre fría y que los temas se manejen de manera institucional, pensando en el futuro de nuestra patria, en el compromiso que tenemos con las próximas generaciones y no en intereses mezquinos personales”-Antonio Isa Conde.

La nación dominicana se prepara para iniciar la tercera década del presente siglo. Tiene ya cincuenta y seis años tratando de consolidar su democracia. En esas casi seis décadas tuvimos un fatídico golpe de Estado, presidentes provisionales y de concentración nacional, triunvirato, junta militar, suicidio de un presidente, torneos electorales dudosos y una legítima y heroica revuelta armada que trató de recuperar el orden constitucional perdido en 1963.

La funcionalidad democrática en todos esos años aparece embarrada por asesinatos de Estado, persecución política, corrupción administrativa y clientelismo voraz, grandes jornadas reivindicativas con trágicos desenlaces, alzamientos armados grupales y debilitamiento del orden, la autoridad y el régimen de consecuencias en todas sus aristas fundamentales.

Sin contar los gobiernos provisionales, los dominicanos de mi generación han conocido en ese largo período a diez presidentes, incluido el licenciado Danilo Medina. Como espartanos, asistimos disciplinadamente a las urnas en unas nueve ocasiones. Unas veces esperanzados, otras decepcionados o abrumados de promesas previas incumplidas.

Durante todo ese largo período grandes contingentes de la población votante se quedaron en sus hogares por el temor de “elegir nuevas decepciones” o nuevas estafas a la intención de sus votos, ignorando, a pesar de sus buenas razones, que su indiferencia o “neutralidad” incrementa significativamente la probabilidad de que hombres desalmados, ignorantes y amorales se alcen con el gobierno de la nación y reproduzcan con creces los vicios, los engaños y las prácticas dolosas que pretenden evitar con su peligrosa inercia electoral.

No somos radicales fundamentalistas de oposición, ni muchos menos lisonjeros por encargo. Dicho esto, debemos reconocer que, si bien no hemos logrado enrutar al país por las sendas de un desarrollo responsable, sostenible y competitivo, sin mucho esfuerzo pueden verificarse grandes logros, especialmente los infraestructurales de los últimos años, los sociales en algunos aspectos y los referidos a reformas cruciales en la Administración.

Queramos aceptarlo o no, estos avances podemos atribuirlos a las administraciones de Balaguer (1966-78) en lo que respecta a la construcción de obras fundamentales para el desarrollo e implementación de ciertas medidas de reorganización del Estado, y a las administraciones del PLD en todo lo demás. Los restantes ejercicios de gobierno, exceptuando el luminoso experimento político efímero de Juan Bosch, definen sin dudas los fracasos más colosales de la democracia dominicana de las últimas cinco décadas.

Pero bien. Estamos finalizando el año 2019 y casi pisando los umbrales de la segunda década del siglo. Deberíamos esperar a estas alturas mayor madurez de la llamada clase política gobernante, especialmente de su porción alojada en el PLD.

Los hechos demuestran lo  contrario: pleitos que ya casi alcanzan el desenfreno y vehemencia de los escenificados por el PRD en sus mejores momentos; reafirmación del enfoque descarnadamente utilitarista  de la función pública por parte de conocidos dirigentes; determinación de aplicar la máxima maquiavélica de que “el fin  justifica los medios”; pérdida total de la perspectiva de nación, del bien común y desprendimiento y responsabilidad cívicas; escenas que ponen  al descubierto la “cosa pública” como un mero negocio de grupos insaciables;  interferencias descaradas de la fracción más  poderosa de los empresarios empeñada en asegurar el éxito del proceso de captura del Estado; ningún ánimo de medir la magnitud de las nefastas consecuencias sistémicas para el economía y el orden democrático que pueden derivarse de las acaloradas e irresponsables rebatiñas grupales. En particular, la imagen internacional del país podría resentirse sensiblemente.

Todo parece indicar que “nuestra” clase política debe ser sometida a un proceso de filtración moral y cognitiva de alta tecnología. Ciertamente, se está proyectando como incapaz de conducir a la nación correctamente, buscando la robustez moral, económica y social de la nación, como corresponde. Su génesis la condena y su vergonzoso presente parece inhabilitarla.

¿Están a tiempo de salvar su supervivencia? ¿Pesará más el objetivo de permanecer como grupo político mediante algún sabio mecanismo de reconciliación efectiva, que llevar los pleitos a las últimas consecuencias por la repudiada y ya recurrente vía de las fórmulas ilícitas y antidemocráticas? La sensatez, la prudencia, la racionalidad política y el juicio sereno deben imponerse.