Mala idea enfrentar a difamadores en los tribunales. Para empezar, la misma justicia se define lenta y, a pesar de ser un servicio público gratuito, costosa por los recursos que consume a los litigantes. En consecuencia, las cortes son para los que se sientan difamados y cuenten con poder para acelerar procesos y liquidez para solventar gastos. Es un bien de lujo. No está al alcance de aquellos que no pueden acomodar en su presupuesto la contratación de abogados o flexibilizar su jornada laboral para asistir a audiencias.
Como en ese grupo cae la mayoría de la población dominicana, es injusto que la percepción de la honra individual dependa de presentar una querella y esperar la decisión de un juez. "Si no fuera verdad lo que dijeron, hubiera demandado" es una situación que favorece al difamador profesional. Conoce las restricciones presupuestarias de sus potenciales víctimas para defenderse por la vía legal, ataca sin piedad por los medios a su alcance y se presenta como un valiente que asume los riesgos de una condena en los tribunales. Consecuencia natural de esta situación, es la propuesta que algunos hacen de retirar la amenaza de difamar a cambio de alguna ventaja económica, extorsión que en ocasiones termina aceptando la persona o empresa blanco del ataque.
Si no estamos contentos como la justicia funciona contra agresiones violentas a la integridad física de las personas y sus propiedades, por qué abrumarla con casos de ofensas verbales o escritas a cosas etéreas como la reputación, la imagen o el buen nombre. Mi reputación es algo que no existe en singular y tampoco es mía. No hay una. Hay tantas reputaciones sobre mi persona, como existan seres humanos que se tomen el tiempo de formarse una idea sobre algún aspecto de lo que soy. Como depende de lo que el otro piense, el adjetivo posesivo no se puede interpretar literalmente y es absurdo utilizar para su defensa las vías naturales que se deben reservar contra la agresión a la vida y la propiedad privada de bienes reales. En esto es mejor responder, cuando lo amerite, artículo con artículo, comentario con comentario o blog con blog.
El difamador y el lisonjero son, simplemente, los dos extremos de la distribución normal de una opinión pública que debe tener plena libertad de expresión. Hay que convivir con los desacreditadores y aduladores y defender que se expresen, sin restricciones, en medios que son de su propiedad o que administran temporalmente por acuerdos contractuales. Noten el peligro de sobredimensionar el peligro de la difamación en esta histérica ofensiva: revivir la aspiración de exigir una certificación y pertenecer a un gremio para opinar en los periódicos y la televisión. Como ven, nos conviene a todos dejar que los extremistas diligencien sus espacios. En definitiva, tenemos el privilegio de ignorarlos, cambiar dial o canal, cancelar subscripción, bloquear la página y otros medios pacíficos de inocular venenos.