Fervores

Encuentro en el Banco de la Plata y en Samaná

Desde tiempos inmemoriales, vienen de lejanos mares. Huyen del frío. Cada año las recibimos con alegría desde el 15 de enero hasta el 30 de marzo. Nos preparamos para verlas en el profundo azul del mar.

Por León De Moya

Lo descubrí hace casi veinte años: se trata de una novela de Peter Benchely (Jaws, 1974, Doubleday), algo que no podía recordar. Ese libro –y otros, vamos–, lo tenía en mi poder en la “lejana” década de los 90’s. Después de abrirlo, la pregunta que se hacía era entonces una muy específica: en una lucha cuerpo a cuerpo, entre una ballena y un tiburón, quién saldría con la victoria? Era algo así como una competencia marina. Esto entretendría a algunos investigadores.

Un legendario oceanógrafo como Jacques Yves Cousteau, desde su memorable embarcación Calypso, nos daría la información necesaria. Suya es la frase: “La felicidad de la abeja y la del delfín es existir. La del hombre es descubrir esto y maravillarse por ello”. La frase puede ser recordada luego de tiempo de leerla.

En la novela de Herman Melville (también escribió Taipí en 1846), Ahab es el capitán de la embarcación en la que cumplen con el cometido de perseguir a una ballena, la famosa Moby Dick. Con ciertos niveles de temeridad y fantasía –y atizados por los dibujos animados–, la gente quiere encender un fósforo dentro de ellas. Esta escena es legendaria. El libro de Melville siempre es recordado. Como otros, es un libro de escenas emocionantes.

La película “Tiburón” en la década de los setentas (Jeannot Szwarc, 1978), hizo temerosa a la gente sobre este espécimen del mar (y con razón). El tiburón, en la película, ataca a gente en la playa. La gente gritaba en el cine.

El asunto del por qué hay gente tan cerca de las ballenas jorobadas –al menos en las fotos–, es porque se cree que no son peligrosas. Nos responderían: “otro asunto son las orcas asesinas”. Una respuesta inteligente sería que no estamos obligados a ir a verlas. No tienes que bucear alrededor de ellas.

Se narra la historia de un barco hundido por una ballena, el llamado Essex, con una tripulación que sobrevivió en botes en medio del Océano Pacífico. Duraron 80 días en altamar y fueron rescatados luego. Se trataba de la historia que resultó como fermento para la narrativa de Melville, un libro que fue publicado en 1851.

Después de una larga travesía, los turistas son llevados allí. Y el número que va a verlas es proverbial. Todo el proceso está organizado. No tenemos las cifras de los turistas que se esperan en el Santuario Banco de la Plata y la Navidad para este año, pero es de entender que la cantidad disminuya, algo en lo que algunos no querrán estar de acuerdo. Tendremos las cifras cuando la temporada termine. Ya vacunados, podemos estar en el mar para verlas.

Todos los años, entramos en su hábitat y debemos ser cuidadosos. Hay tours que se realizan para verlas. Otros dirían: “esto es un negocio”. Por esta razón, las autoridades lo han regulado. Hay indicaciones en la ley.

El término está bien empleado en el sector turístico: “turismo de ballenas”. Estamos hablando de miles de turistas. Van y ven las ballenas y se sienten impresionados. Tienen historias que contar a sus nietos.

En pequeñas embarcaciones, la gente va a verlas, y retorna segura a la costa. Aunque algunos dirán que hay peligro en ello, otras personas se sienten seguras en todo el viaje. Tienes que entrar en una pequeña yola e ir a lo profundo, como se dice: mar adentro. Y esto es algunas veces temido. Como en una vieja historia de ficción, crees que estás perdido en medio del océano. Piensas que no puedes retornar a la costa. Y algunos pueden sentir que las ballenas pueden atacarlos. Alguno diría: “no te atacan si no las atacas”. Argumentan que no son especímenes peligrosos. Y la gente dice que lo único que tienes que tener para ir a verlas es coraje.

Otros argumentan que en otras regiones del mismo Caribe el número es mayor. Como dicen los datos, es cierto que la actividad mexicana es notoria. De modo que la costa mexicana no solo compite con nosotros en turismo “de playa” sino en “turismo de ballenas”. Podemos decir que tenemos un formato de regulación que es un modelo. No puedes nadar con las ballenas. No puedes pescar alrededor de ellas, por ejemplo.

Transcurridos todos estos años, podemos decir que aquí –en la escena dominicana–, somos profesionales en el tema. Sin embargo, hay mucho que estudiar sobre el comportamiento de estos cetáceos. Las autoridades no intentan descubrir América. Se narra que el viaje es emocionante y quienes las han visto dicen que es inolvidable. No tengo la información sobre si la gente puede tomar fotos cuando están en la pequeña embarcación. Lo que sabemos es que los drones no pueden ser utilizados. La gente quería grabarlas desde el aire.

De acuerdo a algunos expertos, los taínos no tuvieron una “cultura de ballenas” porque no tenían los instrumentos para ello. En las crónicas históricas, se sabe que tenían grandes canoas pero la pesca de estos enormes ejemplares no es tan sencilla.

Donde hoy hay barcos balleneros –Japón, Islandia, Alaska, Rusia, Noruega, por ejemplo–, se aprovecha la carne y el aceite del espécimen. Se obtiene el ámbar gris, que es un fijador para la industria de la perfumería, y el “espermaceti”, usado en los cosméticos.

Desde tiempos inmemoriales, vienen de lejanos mares. Huyen del frío. Cada año las recibimos con alegría desde el 15 de enero hasta el 30 de marzo. Nos preparamos para verlas en el profundo azul del mar. Hay zonas donde puedes verlas con binoculares.

Como puede ser visto en la costa, los pescadores nativos tienen cierto respeto por los ejemplares. Esperaríamos grandes leyendas que puedan contarnos en la orilla del mar, alrededor de una fogata. Es algo como material para un libro de aventuras. Recuerdo a Jack London que dijo –en un prólogo–, que el era “una fuerza movida por las fuerzas de la naturaleza”. Estos pescadores, con la imaginación y una buena bebida, pueden tener historias sobre ellas.

Hasta este momento, no conocemos el caso de pescadores habituales que se hayan transformado en diligentes manejadores de yolas que van a ver las ballenas en su habitat natural. Sería una “mutación profesional”. Por lo general, las yolas que van a verlas tienen un guía que da mucha información y seguridad al viaje. Hasta hoy, asumimos que estos guías están entrenados o hiperentrenados. Los turistas pueden sentirse protegidos por ellos. Puedes preguntarle lo que quieras en medio del viaje.

Para estas fechas, los grupos de ballenas vienen de las aguas frías de Alaska y como dije anteriormente, les damos la bienvenida cada año para esta temporada hasta marzo. Se aparean aquí y tienen sus crías. Lo que le importa a las ballenas es la calidez de nuestro mar. Hemos recibido la noticia de ballenas que han muerto aquí, aunque no tenemos fotos de esos especímenes en la costa.

Con las redes sociales de hoy veríamos inmediatamente una ballena varada como ocurrió cuando, hace unos años, una fragata de la Marina de Guerra encontró encallada a una ballena en el malecón de Puerto Plata, entre los arrecifes. Si alguna muere aquí es normal que tengamos sus fotos en las redes sociales. Sería una información retuiteada por una considerable multitud de internautas.

En un tiempo de conciencia ecológica, es normal que esa noticia fuera dramática para la gente. Otra foto interesante –o video–, sería tomada cuando hacen la cópula: lanzan un grito y saltan, posteriormente de estar en formación paralela. No hay dudas: es un espectáculo de la naturaleza. Y los viajeros sienten que han pagado bien su dinero.

Cada día, los pescadores de la costa salen a hacer su trabajo temprano en la mañana. Pero eso son ellos. Tampoco –hasta donde se sabe–, hay noticia de pescadores atacados por las ballenas. Por lo menos, en nuestras costas, nadie ha declarado un ataque en el mar. Hay una larga discusión sobre la peligrosidad de estos especímenes. Y como dijimos antes, son diferentes a las orcas.

En México –por ejemplo–, hay una gran cantidad de avistamientos, y también los usan para fines turísticos, como nosotros aquí en el Banco de la Plata y en la costa de Samaná, en Cayo Levantado. Hay una estructura que vive de esto. Las actuales autoridades han tomado esto en cuenta al momento de emitir disposiciones, así como las anteriores autoridades de Medio Ambiente. Las regulaciones para ver las ballenas en tiempo de Covid-19 también han sido expresadas, y aclaradas. Todo aquel que vaya a verlas tiene que respetarlas. La temporada ha comenzado hace unos pocos días. Y la gente se prepara para ir a verlas.

En días recientes, con motivo de la llegada de los especímenes, se ha emitido un documento que leímos en Internet que habla de todas las especificaciones para verlas, el protocolo. Con la pandemia, los humanos somos expertos en seguirlos. Como estará de acuerdo el lector, un ejemplo es ese punto que dice que no se pueden utilizar drones, o que no pueden perseguirlas y molestarlas, algo que irá por cuenta del que maneja la yola

Noticias relacionadas

Por

Noticias relacionadas

Comentarios
Seguir leyendo

Lo más leído

Más noticias

Síguenos en nuestras redes