La edad de la razón

Encomio de la sabiduría

Por Fidel Munnigh

1

Cuanto más vivimos, menos sabemos vivir. Esta verdad salta a la vista, muy a pesar de nuestras presunciones de sabiduría. Nos creemos más sabios que nuestros antecesores del siglo pasado, más sabios y más buenos y más justos. Pero esta creencia es otra ilusión más que sólo sirve para alimentar nuestra infinita vanidad.

2

Nuestros errores son innumerables, al igual que nuestras presuntas verdades, del todo refutables. Cometemos el error de confundir sabiduría con erudición y el arte de vivir con el arte de tener o de saber. Cualquier oriental instruido sabe esto mejor que nosotros. Algunos de los antiguos filósofos paganos fueron maestros del arte de vivir: Epicuro, Gorgias, Diógenes, Marco Aurelio, Confucio. Su sabiduría no tenía nada que ver con la acumulación de conocimientos, ni con la posesión de bienes materiales. Probablemente sabían menos y de seguro tenían menos cosas que nosotros, y no por ello dejaban de ser sabios.  Cualquier adolescente listo de hoy quizá tiene en su cabeza más informaciones y conocimientos del mundo que todos los que Aristóteles acumuló durante toda su vida. Y, sin embargo, eso no le impide ser un necio (necedad y adolescencia son, dolorosamente, compañeras de viaje).

El Búho. Obra del artista gráfico José Pelletier

3

Perdemos el tiempo tratando con fanáticos. En realidad, no es posible tratar con alguien que se cree dueño de una verdad absoluta o una fe verdadera y que cuando nos habla lo hace siempre desde su inamovible certeza. Por eso un buen amigo dice que, cumplidos los treinta años, no hay nada que discutir, ni de política ni de religión. Tampoco de sexo, agrego. De sexo habría que hablarles sólo a los jóvenes y adolescentes, que gustan del tema. En cuanto a nosotros, aburridos adultos, deberíamos ser creativos y gozar más del sexo en lugar de hablar de él. Porque, bien considerado, a quién le importa o debería importarle realmente la intimidad, las aventuras, los agarres o los enredos de sábanas de otro? En fin, que hay muy pocos temas válidos de discusión y tal vez sólo quepa discutir de arte o de deporte. Pero ni siquiera sobre estos tópicos estamos seguros de poder evitar fanatizarnos. Discutamos entonces de metafísica.

4

Los antagonismos y las contradicciones rigen nuestras vidas. Oscilamos entre el deseo de armonía y la tendencia al caos. Deseamos el equilibrio, un orden que se remonta al tiempo mítico fundacional, lo buscamos con afán y desespero, mientras vivimos desordenadamente. Pues hay en nosotros un viejo sueño de armonía universal, de unidad y totalidad, de reconciliación consigo mismo, con los otros hombres y con el cosmos, y, al mismo tiempo, una desconcertante voluntad de destrucción y aniquilamiento.

5

La duda y la sospecha se cuentan ente las formas de subversión más radicales que pueda haber. Son radicalmente subversivas, no sólo del orden social y político, sino incluso del orden del mundo y de la vida misma. Penetran más allá de cualquier ciencia, de cualquier verdad, de cualquier certeza; las corroen por dentro hasta llegar al fondo último de nuestras creencias, a nuestra necesidad de creer en algo o en alguien; terminan reduciendo a polvo cualquier mistificación de la vida. Debidamente ejercida, la duda nos conduce a una especie de sabiduría. Sin proponérselo, pero también sin poder evitarlo, nos hace más sabios. (Entre nosotros, es buena señal de sabiduría dudar de las ofertas del momento político y de sus promesas de redención social).

6

Dostoyevski quería amar la vida más que el sentido de la vida. El arte de vivir no se puede enseñar, lo mismo que la angustia no se puede transferir de un ser a otro. No se enseña sino que se aprende solo, sobre la marcha, a fuerza de vivir. El presente, que es azar y miseria, nos brinda esa ocasión única para ejercer la sabiduría, el arte de saber vivir. Carece de plenitud, y aun así no existe otro tiempo para vivir y ser feliz. La verdadera sabiduría es aquella que se ejerce a partir de momentos únicos, de experiencias terribles: el temor al envejecimiento y la muerte, el dolor, el deseo, el amor, la soledad… Sólo ante lo terrible o lo irremediable podemos aprender a ser sabios.

7

A partir de ese momento único y revelador en que me atrevo a ponerlo todo en duda (los valores, las verdades, las certezas) puedo despertar del sueño de la razón. Los monstruos que ella engendró desaparecen. Remedo torpe del Alighieri, desciendo a los abismos de la Nada sólo para emerger luego iluminado, clarividente. Constato la futilidad de todo y declaro inútil toda pasión, todo saber, todo conocimiento. Entonces se me revela, serena y callada, esta certeza indubitable: “Nada importa”. Puedo seguir viviendo y ejecutando los mismos actos que los demás, puedo continuar afanándome y desviviéndome y concediéndole a las cosas una importancia que no merecen, pero igual ya nada importa. Porque ya no pongo fe ni entusiasmo en los actos, ya no creo en las palabras ni en las cosas. Ahora evito ilusionarme, ser deslumbrado por las luces del mundo; procuro cultivar un desencanto sabio, que no amargo, y estar siempre despierto, atento, despejado. Intento des-fascinarme después de haber sucumbido al hechizo del mundo. Y, no obstante, sé bien que el precio de estar siempre despierto es un insomnio agobiante y una clarividencia sin emociones.

8

Erasmo de Rotterdam definía la felicidad como el estado en que se llega a ser lo que se quiere ser. Ser feliz –o, lo mismo, saber vivir- es la sola cuestión filosófica verdaderamente importante. La sabiduría favorece la vida, la afirma y la posibilita. El arte de vivir es el supremo arte. Todo lo demás se reduce a tonto juego de necios u ocupación vana

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