A mi querido hermano, Alfredo Pérez

y a mi gran amigo Panchón.

Si me preguntaran cual es la imagen más remota que tengo sobre el significado de la felicidad, solo podría pensar en un escenario cargado de un aroma a cangrejo, donde un grupo de amigos en el barrio de Villa Juana se reunían alrededor de una lata grande de metal que en su momento contenía aceite y que ahora estaba cargada de cangrejos hirviendo. Alrededor de ese fogón improvisado sobre piedras, se escuchaba un buen tema del trio Matamoros, cantantes cubanos que marcaron toda una época interpretando el son. Allí se conversaba, se recitaba al Indio Duarte y el alcohol era protagonista indiscutible de la tarde. Entonces la vida era más lenta y placentera, el centro no se disputaba, todos ocupaban con igual derecho el espacio de convivencia fraternal que les unía.


Un árbol de almendro frondoso les cobijaba de aquel sol abrasador, una mesa de juego de domino compartido intentaba distraer la impaciencia, mientras se esperaba el ablandamiento de los cangrejos junto a los plátanos que hervían entre las patas y las muelas de esos animales. La música como si fuera el decorado flotando sobre el aire hacia el ambiente mágico. Escuchar a Los Compadres era un deleite indescriptible. Aprendí muy temprano aquellas letras que hoy son parte fundamental de mi acervo cultural. Cómo no disfrutar al escuchar "La mujer de Antonio camina así" o “Baja y tapa la olla: Vamos a cocinar temprano porque me huele a visita, recuerda que en el almuerzo se apareció Conchita…¨

Eran otros tiempos, la vida era absolutamente hermosa, yo un simple muchacho y para mí todos ellos héroes dentro de mi fantasía de niño. Volver al pasado tiene su encanto, recordar hechos, nombres y situaciones de antaño puede ser embriagador. Puedo ver sin mucho esfuerzo a Paniagua, a Quique, Caracol, Chiquitica, El Cobi, a José y a Malín escuchando un pegajoso son. Es increíble cómo se fija en la memoria lo dulce, lo agradable. Revitaliza lo mejor que llevamos dentro. Puedo considerarme una persona dichosa, pues tengo un pasado al que vuelvo con los brazos abiertos.

De aquel entonces hay una persona a la que guardo un inmenso cariño. Vivía frente a mi casa y se llamaba Panchón. Era un señor fornido y de suaves modales, un hombre decente que compartía su casa con Bernalda, una mujer de complexión menuda. Ella se levantaba temprano en la mañana y barría su acera de modo casi obsesivo. La limpieza era para ella fundamental. Nunca vi el piso de una casa tan reluciente como el de mis vecinos. Él jugaba mucho conmigo. Le gustaba agarrarme la barriga y apretarla hasta verme vencido de dolor. Yo disfrutaba enormemente de nuestras conversaciones, le creía un ser distinto. Tengo entendido que trabajaba para una empresa extranjera como carpintero de primera línea. Abandonaba durante un tiempo el barrio y regresaba pasadas varias semanas. A su vuelta se sentaba en la galería de su casa sin camisa y yo iba a importunarle y a jugar con él. Lo que más me llamaba la atención era que a pesar de ser un hombre tan metódico y disciplinado, sacara tiempo para todo. Era una persona vital y yo disfrutaba al verlo bailar con su gran amiga Malín, casi tanto como me emocionaba observar a mi hermano mayor, Alfredo, marcarse una seductora salsa de Pete Conde Rodríguez, junto a su pareja de entonces. En aquel instante se paraban las aguas, la cadencia de los cuerpos tomaba forma y la sensualidad era un solo movimiento de serpiente. Me quedaba embelesado ante aquel maravilloso espectáculo. No creo haber visto a nadie bailar con tanta elegancia como a mi hermano ni  armonizar todas las facetas de la vida como a Panchón.

Sabía que al mudarse mi familia del barrio hacia otra zona residencial, dejaba atrás un tesoro afectivo, un cariño hacia alguien que me trataba como si fuera uno de sus hijos. Yo regresaba cada cierto tiempo a Villa Juana y seguía intercambiando impresiones con él. Había crecido pero el afecto y el trato seguían siendo idénticos. Desde el momento en el que me veía sus ojos se encandilaban e intentaba agarrarme la barriga como en los viejos tiempos. Me preguntaba por mis estudios y en qué empleaba mi vida.

Una de esas últimas tardes prometí regalarle una cassette de son. Quería escuchar su opinión sobre la recopilación musical de un álbum titulado ¨En son de  felicidad¨. La voz de Víctor Víctor y Francis Santana se conjugaban para escribir la historia de ese tipo de música de la manera más bella que conozco. Panchón esperaba con impaciencia que le llevara esa cinta y yo prometí hacerlo en las siguientes semanas. En esta ocasión le había sentido, con gran pesar, sin la vitalidad de los años anteriores. Cuando volví a aparecer con la música por su casa, como siempre jugué con él. Al entregarle su regalo con mi estilo característico de tratarle, le dije: ¨cuidado si desapareces sin comentarme este álbum¨ Le intuí de repente tan cansado que tenía el temor de que no cumpliera su promesa de decirme qué le había parecido mi entrega. Pasé varios días ocupado en otras distracciones olvidando momentáneamente a mi amigo  y una tarde de manera inesperada llegó la fatídica noticia, Panchón había muerto. Se llevó consigo lo único que le pedí, la alegría, que estoy seguro, le produjo escucharla. Realmente no le perdono haberse ido sin avisarme, sin darme la satisfacción de mantener un último diálogo con él sobre algo que corría por sus venas, el son.