¿Se imaginan a todos los mandatarios latinoamericanos y caribeños sentados en torno a una mesa presidencial? En junio o julio próximo, digamos. Con sonrisas amistosas o diplomáticas. Sí, los 33. Hablo de López Obrador, Iván Duque, Nicolás Maduro, Lenín Moreno, Daniel Ortega, Sebastián Piñera, Miguel Díaz-Canel, Jair Bolsonaro, Alberto Fernández y todos los demás. Sin ausencia alguna. Sentados en ese orden, si quieren, y guardando respetuosa distancia entre sí solo por el coronavirus latente. ¿Tema de conversación? Negociarían esa integración regional que menciona la directora de la CEPAL, Alicia Bárcena, como salida necesaria para la crisis económica que seguirá a la crisis sanitaria de la Covid-19. Haría falta.

La depresión económica en marcha anticipa proporciones que dejan pequeña la recesión de 2008-2009. El shock económico que llegó a cuestas del nuevo coronavirus tiene raíces más profundas y alcances globales a los que no escapa ningún país. Los expertos se inclinan por referencias históricas más dramáticas. Paul Krugman, Vicenç Navarro y Nouriel Roubini –de escuelas económicas bien diferentes- no son los únicos que ven en la actual crisis escalas comparables con la Gran Depresión de 1929, que había quedado registrada como la más larga en el tiempo, la más profunda y con mayor cantidad de países desfondados.

El Fondo Monetario Internacional, por lo general cauto en sus estimaciones, se suma a ese enfoque. Prevé un retroceso de -3 por ciento en la economía mundial en 2020 y afirma que será la mayor contracción económica desde la Gran Depresión.

El horizonte se torna más sombrío de semana en semana. Si a mediados de marzo, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) preveía una caída de -1,8 por ciento en el PIB regional este año, sin descartar hasta -4 por ciento por posibilidades de mayor dramatismo, el 21 de abril hizo público un ajuste mucho más amargo en sus cuentas. Ahora vaticina una baja de -5,3 por ciento en el PIB de América Latina y el Caribe en 2020.

“La pandemia llevará a la mayor contracción de la actividad económica en la historia de la región”, afirma el nuevo informe de la CEPAL. “Para encontrar una contracción de magnitud comparable hace falta retroceder hasta la Gran Depresión de 1930 (-5 por ciento) o más aún hasta 1914 (-4,9 por ciento)”.

En el área, todos los sectores y actividades económicas registran daños sensibles ya. La renuencia histórica del capital latinoamericano a desplegar más innovadora y nacionalistamente su abanico de alternativas de desarrollo hace más punzante el daño.

Los países dependientes de exportaciones de productos básicos observan con el ceño fruncido la caída en picada de precios en el mercado mundial hasta límites inéditos. El 20 de abril quedará en las antologías bursátiles, con el barril de petróleo buceando por debajo de cero, con un mínimo récord de -37,63 dólares. Se desplomó por contracciones de la demanda a cuenta de la pandemia, en un contexto de conflictos profundos del mercado y con un acuerdo entre la OPEP y Rusia que llegó tarde. El impacto estremece a economías petroleras como las de Venezuela, México, Colombia y Brasil.

También se han hundido los precios de metales y minerales. La soya, el maíz y otros alimentos han bajado en menor medida. Los mayores daños en este frente se los anotan Chile, Bolivia, Perú, Argentina y otras naciones suramericanas. Las economías de Centroamérica y el Caribe, más importadoras que exportadoras, sufren por la anulación casi total del turismo y la contracción de las remesas, sostenes principales de los ingresos de esta área.

La CEPAL teme fuertes caídas del PIB en 2020 en la totalidad de los países, con casos sensibles para la región como Venezuela (-18 por ciento), Argentina (-6,5 por ciento), México (-6,5 por ciento) y Brasil (-5,2 por ciento). A Cuba le anticipa una pérdida del PIB de -3,7 por ciento este año.

Como en los recesivos años 30 del siglo XX, las economías latinoamericanas quedaron colgadas de la brocha, sin protección, al crisparse de golpe el comercio global. Con los colapsos productivos de China, Estados Unidos y Europa, las cadenas de valor que signaron a los años de globalización se esfumaron por artes de pandemia. La Organización Mundial de Comercio (OMC) anticipa una reducción del intercambio en el planeta este año entre -13 y -32 por ciento.

Alicia Bárcena juzga la ruptura de estas cadenas globales de valor con China como uno de los canales de transmisión de la crisis económica hacia América Latina y el Caribe. “Casi todo el mundo estaba importando partes y bienes intermedios de China”, observa en entrevista a la BBC. “Volver a rearmar estas cadenas va a ser muy difícil”. Propone retomar, entonces, una vieja bandera cepalina, la integración regional.

Ante la perspectiva de cambios en las relaciones y estructuras comerciales internacionales, la directora de la CEPAL apuesta “a reconstituir una economía distinta, más integrada hacia lo local, buscando también pautas de autosuficiencia, por ejemplo, alimentaria”.

La meta se torna más difícil para esta región, una de las que ha corrido con peor paso en la carrera de obstáculos hacia la integración. Europeos y asiáticos trotan mejor por esa pista, sin contar dones proteccionistas que se han acelerado en años recientes. Indicadores globales acreditan que los flujos comerciales son menores entre los propios países latinoamericanos que cuando negocian con Asia o Europa –por no mencionar la tradicional sujeción a EEUU-. En contraste, esos otros continentes prefieren comerciar puertas adentro y manejan sus finanzas con mejor rédito.

El coronavirus sorprendió a la región latinoamericana atada mayoritariamente a un endeudamiento externo insostenible. Este estado de cosas –bastante parecido, por cierto, al de la región cuando comenzó la Gran Depresión- ahoga las capacidades financieras para seguir trillos fiscales y monetarios como los que han tomado otros países. La deuda externa promete convertirse de nuevo en campo de batalla, pero probablemente sea necesaria la reacción de las organizaciones políticas, sociales y sindicales de nuestros países, ante la tradicional pereza de los políticos y del empresariado latinoamericano para retar al capital global.

En el artículo Cómo aplanar la curva de la pandemia y de la recesión, Pierre-Olivier Gourinchas, recomendó políticas de protección laboral, y maniobras monetarias y fiscales muy debatidas en estos días. Pero el economista francés también dibujó otra idea de aliento renacentista: “Ante un sobresalto común, la teoría económica más elemental sugiere que debe haber una respuesta común”. ¿Lo entenderán los políticos latinoamericanos alguna vez? ¿Se inmutarán ante el agravamiento de las condiciones de vida en sus países, por una epidemia que no ha enseñado aún todas sus pezuñas?

Como en el resto del mundo, en la región amenaza con dispararse el desempleo y el número de pobres. La CEPAL prevé que las personas que viven en pobreza aumenten de 186 millones a 215 millones. Sería más de un tercio de la población latinoamericana y caribeña.

Con el deterioro económico y social, aumentarán las personas sin acceso a los servicios de salud, por más que los gobiernos locales hablan de medidas económicas para auxiliar a los sectores vulnerables o desfavorecidos. La deuda social es grande. Mientras la Organización Panamericana de la Salud (OPS) advierte que el 30 por ciento de la población latinoamericana carece de acceso a los servicios de salud, otros indicadores muestran que estos seres se concentran en las franjas de menos recursos económicos. Según la CEPAL, el 57,3 por ciento de las personas empleadas tiene cobertura de salud en América Latina y el Caribe, pero en los niveles de pobreza extrema cuenta con esa garantía solo el 34 por ciento.

Uno de los caldos de cultivo de la epidemia de Covid-19 ha sido la reducción de capacidades en los sistemas de salud por las teorías neoliberales. El maleficio hizo mella en el mundo desarrollado –los datos de contagiados en EEUU y en países europeos lo confirman-. También en América Latina. Si con la recesión económica crece la población sin acceso a hospitales y servicios de salud, es previsible una ampliación de los riesgos de expansión de un coronavirus cuyo fin definitivo, de estar sujeto a una vacuna, parece que no llegará antes del próximo año.

En una suerte de círculo vicioso, la crisis económica y social amenaza con agravar la crisis sanitaria que le dio origen.