¿Por qué ser auténticos si basta con aparentarlo?¿Por qué fastidiarse la vida imponiéndose pesadas reglas morales si portar una careta cara es suficiente? ¿Qué importa que nos engañemos, si embaucamos a los demás?
Seguid el ejemplo del nuevo Yago, de la simulación maestro entre maestros.
Reflexionad: ¿Para qué leer a Shakespeare de cabo a rabo si Otelo está resumido en Wikipedia?¿Para qué leer las obras completas de Víctor Hugo si basta Google para encontrar sus citas?¿Qué importa que estas sean apócrifas?¿Qué importa que aquel fuera moro y no moreno? Pasaréis por intelectuales. Vuestra pedantería pasará por erudición. Casi nadie lamentará vuestro argot de burócrata desabrido. Casi nadie percibirá vuestros yerros. Y los insensatos que lo hagan recibirán su escarmiento: constatar que la maldad y la piel oscura son, como ha decretado vincho (así, en minúsculas), de un cuervo las dos alas.
Viajad con dinero ajeno, gritad a los cuatro vientos vuestro amor por el Progreso, las Conceptualizaciones, la Democracia, la Globalización, la Educación… (así, en mayúsculas). Al mismo tiempo, regalad nuestro oro o derrochadlo en obras inútiles, violad leyes, indultad corruptos, repartid millones, corromped almas, comprad conciencias, destruid instituciones, sembrad cizañas entre vuestros opositores… Que vuestros quehaceres sean decimonónicos y vuestros discursos monotemáticos: hablad solamente del siglo XXI.
Sobre todo hablad. Llenad los oídos de quienes os escuchan de vocablos abstractos e incomprensibles. Construid con palabras un muro que os resguarde de la plebe. Reacia a admitir su ignorancia, mantenida a distancia por vuestras jerigonzas, esta no tendrá más remedio que adoraros como a ídolos. Pero decid sólo lo que queráis. No respondáis a periodistas necios, prometed hacerlo en otro momento (jamás). No acudáis a debates. No rindáis cuentas de ningún tipo, nunca, a nadie. No acudáis a tribunales a probar vuestra honestidad: os bastará con jactaros de ella. En definitiva, no converséis: el diálogo no es cosa de ídolos.
Dejad a otros responder las críticas de mezquinos y resentidos. Que vuestros lacayos llamen a vuestra cobardía dignidad; a vuestra altanería, solemnidad; a vuestra miopía, lucidez; a vuestro egoísmo, liderazgo; a vuestra indolencia, desprendimiento…
Seguid el ejemplo del nuevo Yago, de la simulación maestro entre maestros.
¿Qué importa que algunos indiscretos descubran vuestro horribles rostros tras vuestras máscaras solemnes?¿Qué importa que algunos necios os juzguen por vuestros hechos y no por vuestras apariencias? ¿No sería el descalabro de la nación un precio despreciable por la corona de oropel de la gloria pasajera que orne vuestras preclaras cabezas?
No temáis la soledad, siempre contaréis con el apoyo de los que se beneficiarán de vuestros crímenes, con el de los cobardes, altaneros, miopes, egoístas, indolentes y, sobre todo, con el enjambre de indigentes cuyas hambres anhelen picapollos.
No temáis: cada día se llenan las calles de pendejos.