Educación y Democracia

El voto preferencial: la fiebre no está en la sábana

Por Francisco Alvarez Valdez

(Uno de dos)

Como ocurrió con la separación de las elecciones para evitar el arrastre, que sucumbió ante la incapacidad del organismo electoral de aplicar la ley (v. gr.  limitando en el tiempo la campaña electoral),  el voto preferencial sigue una suerte similar ante la ausencia de voluntad política de aquellos que pueden rodearlo de las garantías necesarias para alcanzar su objetivo, que no es otro que hacer realidad lo dispuesto por el artículo 208 de la Constitución cuando señala que “el voto es personal, libre, directo y secreto.”

Para que el voto sea verdaderamente libre y directo debe permitirse que quien elija entre los candidatos de una lista en la boleta de votación,  sea el elector y no el líder de un partido.  Tal vez un miembro de un partido esté de acuerdo en que su líder elija por él, pero los que no somos miembros de partido tenemos derecho a ejercer el sufragio con la mayor libertad posible.

Para enterrar el voto preferencial como hicieron con las elecciones separadas, se ha denunciado un largo listado de acusaciones. Se trata de un verdadero juicio al voto preferencial en el que probablemente se confirme la condena a su desaparición ya decretada por la Junta Central Electoral (JCE) y tengamos nuevamente que votar por el partido y no por el mejor candidato que presenten todos los partidos.

Veamos cuáles son los pecados cometidos por el voto preferencial, que lo han  llevado al banquillo.

1. Favorece el clientelismo.

¿No les parece que en vez de eliminar el voto preferencial por esta causa, debería atacarse la causa misma? ¿Es que no se dan cuenta que bajo este argumento habría que eliminar el sistema electoral dominicano completo, corroído por todas partes por el clientelismo?

El voto preferencial se aplicaba solamente para elegir a los diputados, pero es un hecho no discutido que el clientelismo arropa también las elecciones municipales, pero sobre todo las presidenciales. Entonces, el esfuerzo no debe dirigirse a eliminar el voto preferencial, como ha hecho la JCE, sino a eliminar el clientelismo.

2. El que tiene más dinero o está en la posición y desea reelegirse,  lleva ventaja cuando las elecciones se hacen a través del voto preferencial.

Esta acusación tiene una relación directa con la anterior. Si usted tiene más dinero, podrá utilizarlo haciendo favores (sistema clientelista). También podrá utilizarlo para tener más publicidad en los medios, para pagar a los asistentes a los mítines. Si pretende reelegirse, podrá emplear personas en posiciones públicas (de nuevo el sistema clientelista) y así obtener el favor de su voto.

Todo esto es cierto, pero afecta por igual a las elecciones con voto preferencial o sin él. Lo vemos en las campañas presidenciales, como también en las municipales.

Lo cierto es que la solución debe venir con la aprobación de una ley que desarrolle el mandato constitucional del artículo 211 que establece que las elecciones deben realizarse en equidad. Eso significa que no importa que usted sea millonario, deberá tener un tope en su gasto de campaña que haga más equitativa la campaña electoral. De esta manera se deben  limitar múltiples aspectos de una campaña electoral, como por ejemplo la publicidad, no solo en los medios sino en las paredes y espacios públicos o privados.

Es ingenuo pensar que la equidad se logrará eliminado el voto preferencial, que no es el responsable de la enorme falta de equidad que siempre han tenido nuestras elecciones, mucho antes de que se pusiera en práctica un voto preferencial muy limitado, como el que teníamos.

3. Genera una lucha encarnizada entre candidatos de un mismo partido.

Es cierto que fue muy lamentable que durante las elecciones congresuales del 2010 la campaña sucia contra la candidata a diputada Minou Tavarez Mirabal proviniera de un candidato a la misma posición y circunscripción de su mismo partido. Pero la culpa de la indisciplina o de las actuaciones incorrectas no la tiene el voto preferencial sino el candidato que incurre en ella y sobre todo la JCE y el partido al que pertenece, que conocen de estas prácticas y nada hacen al respecto para que haya respeto y disciplina.

Se alega que si ya los candidatos tuvieron que someterse al escrutinio de los miembros de sus respectivos partidos en las primarias en las que fueron escogidos como candidatos, no habría necesidad de hacerlo nuevamente en las elecciones. Quienes así piensan se olvidan de que una parte muy importante de la población no está inscrita en partido alguno, no participa en las primarias,  y es en el momento de las elecciones que debe convencérsele por quién votar.  En la medida en que el sistema electoral favorezca el voto por el partido, está marginando a los que no pertenecemos a ninguno.

El debate de los candidatos frente a los votantes, aún sean de un mismo partido, solo puede ayudar a un voto más libre, más consciente, más racional. Lo que deben los partidos y la JCE es asegurarse que el debate se haga bajo determinadas reglas que impidan la campaña sucia, que propicien el respeto y el debate de las ideas.

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