Desde que las antiguas civilizaciones se adueñaron del subconsciente del hombre, se puso de moda profundizar su conocimiento, volver a estudiarlas, plasmarlas en obras de arte, libros y revistas cargados de ilustraciones, así como películas y otros medios. Se mejoraron, sustancialmente, las vías de comunicación, y una gran parte de la humanidad se avocó a llegar hasta ellas, con fines de satisfacer su curiosidad o incrementar su cultura. Algunos países, depositarios de esas antiguedades, se lanzaron a aprovechar este movimiento para incluir en sus programas turísticos ese nuevo producto.

Desde la antigüedad clásica los monumentos y obras de arte han atraído la atención de los viajeros. Homero y Herodoto encabezan una interminable lista que da cuenta de ello. Este interés por las culturas antiguas alcanza su máximo esplendor durante la época helénica. Conocida es la "Descripción de Grecia", del eminente geógrafo e historiador Pausanias, que fuera narrada en el Siglo II.

Aún cuando en la Edad Media se aminora, considerablemente, ese interés por la antigüedad, algunos acontecimientos trascendentales como las Cruzadas, y las peregrinaciones a Roma y Santiago, dan lugar al trasiego de ideas y culturas, escribiéndose entonces  el famoso "Codex Calíxtinum", manuscrito iluminado del Siglo XII, considerado la primera guía semi religiosa, semi turística de Europa Occidental.

Con el Renacimiento se vuelve a la restauración monumental, y al copiado de las mismas, en gran escala, y toda la vida cultural y artística gira en torno a una profunda vinculación con el pasado. En los Siglos XVII y XVIII, especialmente en el último, se favorece la tendencia erudita, no limitándose ésta ya solo a Grecia y Roma, sino que se extiende hasta el Lejano Oriente. En el Siglo XIX, la expedición de Napoleón a Egipto valora el arte de este país, recogido en la "Descripción de Egipto", lamentablemente perdido en el fuego de 2011, que afectó el Instituto Egipcio. Esta preocupación por la antigüedad ha llegado hasta nuestros días, iniciándose una verdadera cruzada mundial por su conocimiento, ya no tanto erudito, sino más superficial.

Los viajes de placer, no se circunscribían a las frívolas excursiones de los poderosos y pertenecientes a las clases altas, económicamente hablando. Se empezaban a organizar viajes combinando la frivolidad con la cultura. Se dio inicio a la construcción de enormes establecimientos hoteleros en los centros históricos, o cercanos a ellos, o a los grandes monumentos. Con estos nuevos recintos de alojamiento masivo se dio pábulo a la creación de nuevos restaurantes, tiendas de artículos varios, entre los que se conocen como souvenir o recuerdo, y con ello la proliferación de la artesanía. Con todo este montaje se dio inicio a las nuevas formas de acceso, y de un transporte, cada vez más rápido, cómodo y seguro. Es así, como se hizo posible trasladarse de un lugar a otro, hospedarse placenteramente, adquirir objetos de regalo, y desarrollar toda una infinidad de actividades, que no era posible anteriormente.

En los albores del Siglo XX se inicia una nueva modalidad en casi todos los países receptores de turistas que disponen de playas, a los que empiezan a llegar masivamente. Se trata del uso de ese litoral marítimo. Con él se inicia un nuevo estilo de vida, y de recreación colectiva. Es desde entonces cuando el turismo ofrece otro estímulo para viajar, combinando cultura, placer y descanso, sin desmedro de uno por otros.

Trasladándonos a nuestro país, todo lo descrito era casi desconocido. Con excepción de unas cuantas familias, muchas de las cuales estaban formadas por emigrantes extranjeros, al menos en alguno de sus integrantes, no se conocía esta modalidad de lo que hoy llamamos turismo. Lo que primero se implementó, entre los residentes del litoral costero, fue lo de ir a bañarse a una playa cercana o, en casos de los del interior del país, a los ríos, lagos y riachuelos, que se encontraban cerca de sus lugares de residencia. Los más pudientes se alojaban en viejas casonas, sin confort alguno, que hoy nadie lo podría creer. Lo de visitar monumentos y otras particularidades semejantes, de incrementar sus limitados conocimientos y culturas, era impracticable.

Por un lado, era muy poco lo que teníamos en condiciones de exhibir, y lo que había no tenía el atractivo necesario para llamar la atención. Esto así, tanto para los nacionales, como para los extranjeros. Y como ya hemos dicho antes, el término turismo receptivo se circunscribía a poquísimos viajeros, que si venían a nuestro país, lo hacían por visitas de negocios o familiares. En dos palabras, aquí no había turismo.

Como hemos visto, el Turismo Cultural surgió con mucha más antelación de lo que sospechábamos. Solo que hoy las facilidades tecnológicas y de toda índole lo hacen más factible para casi todo el mundo. De ahí los frecuentes viajes de dominicanos a Egipto e Israel, en el Medio Oriente, a España, Italia, Francia, etc., en Europa. Además de los que viajan de compras, o por motivos se salud, casi siempre a Estados Unidos, Puerto Rico, y otros, En cambio, casi nadie viene a nuestro país por razones similares. ¿Por qué? Ya lo hemos dicho antes.