Este hombre vivía bien.  Para ser extranjero, tenía una posición privilegiada.  Trabajaba de cerca con la máxima autoridad, el mero mero;  y por eso no padecía escases.  Por tanto, bien  pudo haberse quedado allí, disfrutando de los privilegios de su posición e ignorar y hasta no importarle la realidad opuesta que padecía su país de origen.  Después de todo, llevaba viviendo allí más de la mirad de su vida.  Sin embargo, ni los finos vinos, ni las exquisiteces lograron suprimir en él la pena al enterarse de la triste realidad que vivían sus compatriotas.

Tras orar a Dios, arriesgó su vida al plantear su causa ante el Rey del Imperio.  Este bien pudo ignorarlo y hasta eliminarlo, sin embargo le favoreció, de tal manera, que fue enviado con cartas ante otros gobernadores, para que les suplieran de todo cuanto requiriera para reconstruir la ciudad capital de su nación.  Una vez en su destino, no se dio a conocer como el nuevo Gobernador.

Prefirió mantener un bajo perfil y ver por sus propios ojos la gravedad del caso.  Habló con la gente, camino por las calles, evidenció los estragos de las familias, indagó las razones por las que aun las normas legales no se llevaban a cabo.  Escuchó las razones, examinó aun los rumores para sacar sus propias conclusiones.  Y una vez consciente de todo, supo entonces qué hacer.

Se levantó como un líder que tenía una visión, no sólo de reconstruir físicamente las murallas de la ciudad, sino levantar los ánimos y la confianza entre los habitantes.  Les reunió y compartió la visión, repartió responsabilidades y trazó las pautas.  Cada día él era el primero en la obra y el último.  Surgieron las amenazas, se levantaron los opositores, los difamadores y a todos los manejó con tal sabiduría que nunca descuidó su propósito.

En consecuencia, una obra que parecía larga e imposible, comenzó a tener forma rápida y eficientemente.  Cuenta la saga, que los enemigos se levantaron de tal manera, que los trabajadores ejercían la obra alertas, y portando las espadas en sus manos, pues la retaliación podía empezar en cualquier momento, y había que estar preparados.  No importó cuántas veces amenazaron su vida, ni las calumnias que mandaron a decir al rey, este líder mantuvo sus principios intactos y no se preocupó por adquirir popularidad.  Así en menos de dos meses, aun con las rudimentarias técnicas de construcción de la época, terminaron de amurallar la ciudad.  Incluso las enormes puertas que darían acceso en distintos puntos, fueron reconstruidas e instaladas.

Sin embargo la obra más importante estaba aún por hacerse.  Había que trabajar con el estado de la gente.  Se habló de deuda, de esclavitud, de supresión, de apropiación de tierras, maltrato, excesivos impuestos, leyes injustas y como consecuencia, desfallecimiento social.  Afrontar tal descalabro y aportar las soluciones requirió de más oraciones.

Las soluciones planteadas nohacían feliz a la minoría que estaba arriba, pero el Gobernador no había ido allí a comadrear con los pudientes, sino a nivelar las oportunidades e incrementar el bienestar social de la mayoría.  Por tanto estableció lineamientos conforme las Leyes Divinas.  Prefirió temer a Dios que a los hombres, a tal punto que reusó recibir las proporciones de dinero que le correspondían, ni tampoco exigió que se le brindase lo mejor de la comida que se producía, pues decía que el pueblo no podía soportar más cargas.

Sus restauraciones fueron más allá del aspecto político.  Amparado en su fe y consciente de que sus convicciones de obediencia a Dios estaban primero, por años se esmeró en restaurar la adoración real a Jehová, eliminando las costumbres paganas que se habían colado en los años de adversidad.  De ahí que aun el templo físico también fue restaurado.  Los enemigos fueron vencidos y eliminados, a pesar de que quisieron apropiarse de las buenas obras logradas.

Actualmente no abundan los líderes confiables, pues no abundan los que temen y respetan a Dios.  Por el contrario, abundan los que idolatran el dinero y poseen una sed insaciable por ser adorados como a divinidades, por la posición y fortuna que inescrupulosamente alcanzaron.

De hecho, las naciones ponen sus ojos en la nación gigante del norte, en la que brilla el afán por apartar lo gubernamental de lo establecido por el Todopoderoso; y de ahí que sean ya famosos sus descalabros en las escuelas, las dudosas formas en que establecen justicia judicial, el desconcierto ante tanta corrupción y ni hablar de la triste condición económica.  Por más que el mundo se esfuerce en negarlo, bien dice la Biblia que el principio de la sabiduría es el temor de Jehová.  Y no se trata de temor = a miedo.  Sino respeto y obediencia.  No robarás, no codiciarás, no matarás…

En fin, este líder extraordinario se llama Nehemías.  Su saga y logros están descritos en el libro Bíblico que lleva su nombre.  Conociendo un poco la historia, en Norteamérica las grandes decisiones de George Washington y Abraham Lincoln fueron tomadas tras momentos de oración.  Hombres como Juan Pablo Duarte se aferraron a su fe y a sus valores por encima de conveniencias económicas y populares.

Él, Sánchez y Mella dieron la vida por esta tierra nuestra y hoy, hombres y mujeres codiciosos e inescrupulosos, sedientos de poder, se chupan como vampiros la sangre del pueblo, la vida de sus jóvenes y el futuro de nuestros hijos.  Es momento de orar como nación y de actuar como dominicanos.  Es tiempo de pedir que líderes temerosos de Dios sean levantados para que su Sabiduría Divina reconstruya las bases de nuestra sociedad y nos devuelvan la fe en nosotros mismos.

Nehemías 5:14-16Además, desde el día en que el rey me mandó que fuera gobernador en la tierra de Judá, desde el año veinte hasta el año treinta y dos del Rey Artajerjes, doce años, ni yo ni mis hermanos hemos comido del pan del gobernador.  Pero los gobernadores anteriores que me precedieron gravaban al pueblo y tomaban de ellos cuarenta siclos (456 gramos) de plata además del pan y del vino; también sus sirvientes oprimían al pueblo. Pero yo no hice así, a causa del temor de Dios. También yo me dediqué a la obra en esta muralla; y no compramos ningún terreno, y todos mis siervos estaban reunidos allí para la obra.

Dios Bendiga nuestra amada República Dominicana!