El suicidio, la más incomprensible de las conductas humanas, a través de la historia ha sido motivo de estudio, análisis, rechazo, persecución, interpretación y hasta legislación, reflejando en cada civilización la actitud del hombre hacia la muerte; la ajena, en este caso, pero sin dudas, también la individual. Entre las diferentes manifestaciones del arte, ese espejo del existir humano, la literatura fue pionera en abordar el suicidio; en la pintura, curiosamente, éste aparece muy raramente. Lè Suicidè, un óleo del francés Edouard Manet completado en las postrimerías de los 1800, a mi juicio, representa una inusual y poderosa iconografía ilustradora del dilema del suicidio; de su naturaleza desconcertante, trágica y misteriosa –porque los vivos jamás sabremos qué se siente en ese momento último–.

La escena revelada en esta obra ilustra un hombre de elegante vestimenta que yace inerte, postrado en una cama pistola en mano, con expresión facial de agonía y pecho ensangrentado; se observa además un charco de sangre en el piso de una habitación de rasgos simples, de aspecto lúgubre y desolado que a primera vista no permite al observador identificar las circunstancias ni la identidad de la víctima. Parecería que a Manet le interesaba únicamente plasmar el asombro de ese momento final, atrapar el hálito de vida agonizante con intención de provocarnos, de despertar en el interlocutor una dosis de espanto, tristeza, angustia y desolación ante la muerte auto-infligida. Porque el protagonista del acto suicida es el sujeto mismo, mas el entorno social, nosotros, los sobrevivientes, lo protagonizamos también a través de las reacciones que adoptamos ante él. ¿Cuáles han sido entonces las posturas del hombre frente a tal hecho a través de la historia? A fin de explorarles partamos de una reciente noticia aparecida en la prensa estadounidense que a mi modo de ver, aporta valiosísimas pistas sobre la visión posmoderna del suicidio en las sociedades aventajadas de Occidente.

John Romero, residente del estado de Arizona, al parecer robó un auto a mano armada motivando con ello una persecución policial a alta velocidad en una autopista local difundida en vivo por la cadena Fox News; el aparataje televisivo que hoy día es utilizado a fin de “informar” al público las noticias en primicia –que no los hechos– frecuentemente se vale de la alta tecnología para lograrlo. Como tal, la persecución de Romero fue difundida gracias a las cámaras que desde un helicóptero, al estilo O.J. Simpson, hicieron del evento todo un espectáculo. Por más de 100 kilómetros de carreteras mostradas en pantalla los reporteros comentaban los detalles del suceso, cómo el fugitivo había disparado a los policías y cómo éstos reaccionaron; de pronto ocurrió un hecho inesperado: el conductor abandonó la autopista en dirección a un camino adyacente y a pocos metros desocupó el vehículo lanzándose hacia unos arbustos bajo el fuego de las autoridades. Para sorpresa de todos, John Romero extrajo un revólver de su bolsillo, y, disparándose en la sien, cae mortalmente herido en plena televisión matutina. Obviamente el programa fue interrumpido por pedido de los reporteros, mas ya era muy tarde: millones de personas habían visto cómo un hombre terminaba con su vida en vivo y en pantalla. Los ejecutivos de Fox News expresaron de inmediato su pesar ante el “error técnico” que permitió la transmisión de la escena; argumentaron que el acostumbrado retraso electrónico de 5 segundos inserto en los reportajes en vivo, en esta ocasión, falló gracias a un error humano.

El suicido a través de la historia

Cuentan las reseñas de la antigüedad que el primer suicidio documentado fue el del griego Periandro, segundo tirano de Corinto en el siglo VI a.C. quien, atormentado por la posibilidad de ser descuartizado tras su muerte, contrata varios jóvenes a fin de que luego de asesinarle le entierren en un lugar desconocido. Tanto en la vieja Grecia como en la cutura de los celtas, germánicos y vikingos, el suicidio era un acto “razonable” en casos de vejez o sufrimiento grave y doloroso o si perseguía evitar una muerte deshonrosa. Llegado el final de la antigüedad clásica, la filosofía neoplatónica lo rechaza por representar el abandono del lugar asignado por Dios al hombre. Con el arribo del cristianismo temprano y gracias a San Agustín, el suicidio es designado hecho pecaminoso ya que su frecuencia, paradójicamente, había aumentado como resultado de los mismos preceptos cristianos que desvalorizaban la vida terrenal, lecho del sufrimiento dictado por Jesús y simple camino hacia la otra vida, la verdadera. Los romanos, por su parte, para quienes la vida no era considerada un regalo de Dios, permitieron el suicidio entre sus ciudadanos con la excepción de los esclavos (porque constituían una importante inversión monetaria) y los soldados (por su sagrada función de defender la patria). Posterior al establecimiento de la República tal tolerancia desaparece gracias a Lucio Tarquinio el Soberbio quien impone la práctica de crucificar el suicida exponiéndolo a la merced de las aves rapaces también con el propósito de reducir su ocurrencia.

Durante la Edad Media el suicidio fue penalizado rígidamente y se convierte en un hecho deshonroso y criminal por el cual las víctimas eran excomulgadas, humilladas públicamente al ser enterradas en las encrucijadas de los caminos, su memoria difamada y sus bienes confiscados; de hecho, no era permitido enterrarles en el camposanto ni celebrar rito funeral alguno. Los reductos pre-modernos de tales prácticas alcanzaron incluso las legislaciones de la Inglaterra anglicana decimonónica, época en que las viudas de los suicidas eran desheredadas. Entrada la modernidad, la muerte deja de ser un hecho público y social en la que el dictado religioso ordenaba su aceptación bajo sufrimiento como mandato divino, y, en consecuencia, pasa a ser un fenómeno estrictamente privado. Uno donde la colectividad se desvincula de ella a toda vez que el sujeto mismo la apropia; así, el fenecido es velado en casa, bajo los términos acordados por él y sus seres queridos y sobre todo, el hombre ya no acepta la muerte lenta y sufrida. En consecuencia, tal como revelan las encuestas, hoy prefiere morir súbitamente y sin dolor alguno.

El suicidio estudiado

Según cifras de la Organización Mundial de la Salud, los actos de suicidio aumentaron en un 60% durante las últimas décadas; más de un millón son reportados en todo el mundo cada año, uno cada 40 segundos, y el número de intentos es 20 veces más frecuente que el suicidio exitoso. Aparentemente los países con la tasa más elevada son Corea del Sur, Escandinavia, Japón y las naciones del desaparecido bloque soviético. De acuerdo a la psiquiatría, la mayoría de las víctimas son individuos afectados de depresión, psicosis, trastornos de ansiedad y adicción. No debe olvidarse sin embargo, que a pesar de ser un hecho individual, el suicidio responde por igual a variados factores de índole social como el desarraigo, la soledad, la ruptura del núcleo íntimo y la crisis impuesta por la profunda transformación de valores que ha acompañado a la posmodernidad.

Se evidencia que la reacción de la colectividad y del allegado ante el suicida ha evolucionado a la par de la forma como el hombre ha enfrentado la muerte a través de las civilizaciones: los sentimientos de traición, rabia, culpa, abandono y desconcierto son predominantes, y la estigmatización del suicidio con frecuencia añade un peso aún mayor a los seres queridos quienes se avergüenzan o son vistos en su entorno con ojos insensibles y acusatorios. En tal proceso, el muerto pasa a un segundo plano para dar cabida al sobreviviente, al círculo de los vivos más interesados en el por qué y en las circunstancias del evento que en la víctima misma.

Colofón

A juicio de algunos críticos aquél cuadro de Manet constituyó un simple accidente de su paleta, una pieza atípica dentro de una obra que pocas veces se enfocó en temas como la muerte; para otros, fue un profundo y elaborado intento de representar la incertidumbre del acto de la muerte auto-infligida. Sea cual sea la interpretación, es indiscutible que el perfil simbólico de este óleo contrasta radicalmente con el evidenciado en el segmento noticioso protagonizado por el desdichado John Romero mientras caía muerto tras darse un balazo en plena televisión. Esta historia nos ha interesado, sin embargo, no tanto por la manera como el suicidio dejó de ser un acto privado exponiéndose hoy a la pornográfica esfera pública del sensacionalismo noticioso; no por lo interesante del contraste implícito entre la pintura mencionada y el “error técnico” del canal televisivo; no tanto por el hecho trágico y el pesar que cualquier muerte nos deba provocar, sino más que nada, por uno de los cínicos comentarios a pie de página aparecidos en la versión de Internet del reportaje de Fox News.

Un anónimo, al parecer residente de Arizona, dejó la siguiente inscripción bajo el artículo que detallaba el suceso: “Un mexicano menos que tenemos que mantener en prisión. ¡Qué buen despojo!” No podemos cesar de meditar ante el significado de expresiones como esta y por ende, preguntarnos ¿A qué límites puede conducir el odio y la xenofobia? ¿Es más criminal un delincuente que se roba un auto y dispara a la policía que aquél que celebra la tragedia ajena? Porque el autor de la nota, en su alegría ante tal hecho, está reflejando la más profunda insensibilidad inmerecida por cualquier ser humano; y no implico con ello la justificación ni el perdón ante un acto delictivo, aclaro. Mas, cabe aquí por lo menos la sorpresa, el silencio, si no la compasión que religiones, humanistas y naciones civilizadas nos inculcaron como seres pensantes.