Opinión

El sonido del silencio

Por Pedro Conde Sturla

La película comienza con la efigie de un jovencísimo Dustin Hoffman en un avión y luego en una pasarela de aeropuerto en El Graduado, creo que su primera película, por la cual recibió veinte mil dólares y un Oscar. Entra entonces la gloriosa melodía  de Paul Simón,  The Sound of Silence, El Sonido del silencio:

Hello darkness, my old friend; / I've come to talk with you again, / because a vision / softly creeping, / left its seeds while I was sleeping, / and the vision that was planted in / my brain / still remains / within The Sound of Silence.

La traducción es mediocre:

Hola, obscuridad, mi vieja amiga; / he venido a hablar contigo otra vez / porque una visión, deslizándose suavemente, / dejó sus gérmenes mientras estaba durmiendo / y la visión sembrada en mi cerebro aún continúa / dentro del sonido del silencio.

El graduado del College, no de la universidad, tiene la vida por delante pero todo en su vida es incertidumbre, no se ha encontrado a sí mismo y no sabe que hacer con su vida. Lo reciben  sus padres ricachones  y amigos ricachones de sus padres, gente sin ideales cuyas aspiraciones remiten al dinero y solo al dinero en una fiesta donde no hay amigos de su edad. El Graduado no tiene amigos de su edad, en toda la película no aparecerá un amigo de su edad. Hasta que no aparece  la gloriosa, la preciosa Katharine Ross.

La hermosa señora Robinson, madre de Katharine en el film, la esposa de uno de los amigos dilectos de sus padres, Anne Bancroft  (la italianísima Anna Maria Louisa Italiano, casada hasta la muerte con  el director Mel Brooks) le pide  que la lleve a su casa y se le entrega desnuda en pelotas.

El graduado se  aterroriza y escapa al galope cuando siente que llega el esposo en su carro.

Iniciará después una relación adulterina, hasta que llega la hija, Katharine Ross, de la cual se enamora perdidamente. Poco dura la relación.  La madre le dice que él la violó, la mandan a la universidad y la comprometen en matrimonio  con un amigo nariz parada, el Graduado  la persigue y  aclara el  drama.  No obstante, la familia persiste en el matrimonio de conveniencia y el graduado se aparece en la iglesia después  que los novios  han realizado el rito matrimonial y se han besado.  Aúlla  el graduado  dolorido y la recién casada corre hacia él, tratan de detenerla, y el graduado toma un crucifijo y golpea a cuantos se le oponen,  luego tranca la puerta con el crucifico, salen corriendo y se montan en un autobús al fondo. La escena final recoge a dos amantes que no saben a dónde ir.

La dirección  de Mike Nichols presagiaba una película fuera de serie. Todo es sacrílego y provocador,  Rompió allí todos esquemas cinematográficos. En la fiesta de recibimiento del graduado usó unos primeros planos  apilados para captar  como se sentía abrumado el graduado. Saltar desde la escena en que el graduado  subía  de la amante  a la escena en que  subía  al salvadidas en la piscina, a la escena en que la madre le pregunta qué está haciendo es genial.

Pocas veces la columna sonora no es  un adorno, llena todo los espacios. Es el engarce de una joya preciosa.

“Paul Frederic Simon y Arthur Garfunkel

Dentro de la evolución del rock, Simon & Garfunkel representan un aspecto hondamente lírico, donde una letras cuidadosamente elaboradas se integran en una mística repleta de matices, reflejo y diagnóstico de la realidad norteamericana en su vertiente más crítica.

Los elementos poéticos potenciados por las canciones del dúo han llegado a calar profundamente en un amplio espectro de gentes de todas las edades y sensibilidades, rebasando las fronteras limitadoras de lo estrictamente pop.

Paul Simon tocó fondo con El sonido del silencio, terminándola el 19 de febrero de 1964, consiguiendo una obra maestra. Su personalidad como compositor era ya un hecho indiscutible. La letra, cuidadosamente trabajada, rezuma un fuerte sabor literario, pero extrañamente atractivo. A pesar de la densidad de las metáforas, hay en ellas una especie de escalofrío eléctrico y urbano, una luz fría e implacable, que cala hasta el fondo de las gentes en su actos cotidianos, clamando por unas relaciones más cálidas entre quienes se ignoran en la gran ciudad e interponen esas murallas de silencio en torno a ellos. La atmósfera, a medio camino entre la ficción y la más cruda realidad, entre lo onírico y el hiperrealismo, capta con pavorosa receptividad el panorama que ofrecen unas docenas de personas apretujadas físicamente en los vagones del subterráneo, pero tan lejos y acorazados en su soledad. Sólo rompen este mutismo los graffiti que esmaltan la monotonía de los anuncios y de los ladrillos, luchando contra el silencio que va creciendo como un cáncer; graffiti que terminan siendo epitafios, sonidos de silencio garabateados en las paredes del metro.

Musicalmente presenta toda la poderosa osamenta de un standard, esto es, que la melodía tiene una cadencia lo suficientemente cerrada como para que el oído la acepte a la primera de choque, y lo suficientemente abierta para haber soportado sobre sus raíces originarias más de cien versiones. (Sólo Simon & Garfunkel han hecho de ella seis versiones diferentes, y la fuerza de su melodía ha permitido todos los tratamientos, desde el rock hasta el gospel). Nada tiene de sorprendente que fuese la canción que, al ser regrabada en versión electrificada, diese el triunfo a Simon & Garfunkel.

Sus éxitos son innumerables, como Scarborough fair/Canticle y Mrs. Robinson (película El graduado), Puente sobre aguas turbulentas, Ella vendrá en abril, Cecilia, su versión a El cóndor pasa, pero destaca, sobre todos ellos, sin duda, El sonido del silencio.”(http://www.youtube.com/watch?v=H04uSR3U8w8).

Vi por primera vez la película en Winsord,  Cánada, 1968, una ciudad donde hacía y hace un frío soviético y a pesar de toda la poesía que emana  del film  y de la melodía  de Simón y Garfunkel se me congelaban poéticamente las bolsas. La he visto una vez y otra vez y todavía me deslumbra.

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