En el último tramo de este año, el señor José F. Ramírez dedicó dos columnas -y algunos espacios más- a algo que parece un juicio contra Juan Bosch. Los dichos del señor Ramírez le han valido respuestas de otros columnistas y comentarios de lectores, entre los cuales se llega a exaltar a este autor como un “patriota” y un ciudadano ejemplar, amén de sus artículos.
El mérito se lo da señalar a Bosch como un “cobarde”, “desleal”, autoritario, vanidoso y autoasignarse la “condición de semidiós y árbitro indiscutible de la vida política dominicana”. Ahora le toca a los lectores -especialmente a los jóvenes- hacerse de elementos válidos para dictaminar si esto es realmente un aporte patriótico y ciudadano, o más bien un daño a la conciencia nacional.
Todo el esfuerzo del señor Ramírez se dedica a sostener lo que en lógica se llama “silogismo”: un juicio deducido a partir de dos premisas. Su propuesta es más o menos la siguiente: Bosch fue un cobarde, desleal y endiosado caudillo; el PLD fue fundado por él y adolece de muchos defectos; conclusión: el PLD es el producto de las deformaciones y defectos de Juan Bosch. El ex presidente es el blanco de todas sus acusaciones, y por tanto se puede decir que lo que llama “la canalla que nos gobierna” sólo está ahí para dar sentido de oportunidad y hasta heroísmo a su querella.
El problema es que para hacerlo el señor Ramírez tiene que incurrir en al menos cuatro malas artes que socavan la validez y seriedad de sus premisas respecto a Bosch: tergiversa y falsea fechas, datos y hechos; enjuicia a Bosch con incoherencias, exigiéndole cumpla lo que parecen son sus deseos o frustraciones personales; da una versión caricaturesca de la historia; y recupera artes políticas de la peor raíz trujillista.
Los jóvenes lectores no lo saben, pero nada de lo dicho por el señor Ramírez contra Bosch es creación suya, sino de Trujillo, Bonillita Aybar, Balaguer, Viriato Fiallo y sucedáneos, Víctor Gómez Bergés, José Báez Guerrero y cierta izquierda fanática cuyo oportunismo ha quedado demostrado históricamente
Falsea datos y acomoda hechos, como cuando sitúa en el año incorrecto el regreso de Bosch al país o altera la historia de la fundación del PRD. Inventa frases de Bosch sobre Stalin. Toma al pie de la letra la interpretación de Balaguer y las cúpulas de la prensa conservadora sobre el discurso de Bosch en las elecciones de 1966. Hace lo que quiere respecto de las relaciones entre el ex presidente y Caamaño, cuyo vínculo antes y durante de 1973 está testimoniado en numerosos documentos que evidentemente no ha revisado. En definitiva, critica discursos que no ha leído, enjuicia acontecimientos que no ha investigado, y para peor, usa a lo más oscuro de la política dominicana para hacerse sus “propias” conclusiones.
Es incomprensible su juicio sobre las tácticas y estrategias de Bosch. Quisiera que tuviera el discurso de la oligarquía, pero también el del catorcismo. Lo critica por no apoyar la vía armada de 1973 pero luego quiere que apoye la vía electoral de 1978. Le reclama que debió haber respaldado al PRD electoral pero a la vez legitimado la poblada de 1984, que se sublevó contra ese régimen. En fin, todo lo que Bosch hace mal es aquello que no hizo como le gustaría al señor Ramírez, sin quedar clara cuál es la coherencia entre sus extrañas preferencias. En realidad, el señor Ramírez debió haber sido el protagonista de la Historia, quizás con las cosas mucho más claras y correctas que Bosch. Aunque queda por saber qué habría hecho diferente; por algún motivo no fue mártir en ninguna de las escenas sobre las cuales pontifica.
Promueve una interpretación de la historia que, además de falaz, es caricaturesca. Para él, la dominicana es una historia de película de vaqueros. No hay complejidades ni matices que vayan más allá de una balacera en las lomas o la ciudad, o de las elecciones contra Balaguer. Todo se reduce a una especie de duelo entre “cobardes” y “valientes”, superhéroes (los que él favorece y no se sabe quiénes son) y villanos. Gente con cojones y gente sin ellos. No levanta ninguna tesis propia sobre las posibilidades reales de la lucha armada o las elecciones contra el balaguerato, por sólo decir un aspecto. Pintar la historia así, simple e infantilmente, le evita tener que dar mayores explicaciones. Pero sirve para desacreditar.
Por último, en ese salcocho de falsedades, incoherencias teóricas y trivialidades de historietas, se vislumbran las peores prácticas del trujillismo, régimen en el cual se llegó a extremos nunca vistos el chisme como instrumento de lucha. Los jóvenes lectores no lo saben, pero nada de lo dicho por el señor Ramírez contra Bosch es creación suya, sino de Trujillo, Bonillita Aybar, Balaguer, Viriato Fiallo y sucedáneos, Víctor Gómez Bergés, José Báez Guerrero y cierta izquierda fanática cuyo oportunismo ha quedado demostrado históricamente. ¿Curiosa mezcla, no? Sus columnas, por tanto, tienen todos los atributos para haber sido publicados en el “Foro Público” de la Era. Sólo que le faltó decir que Bosch traficaba chinos por la frontera, había nacido en Haití y que su papá era proxeneta.
Sobre esta base, nada de lo hecho por el señor Ramírez perjudica a Juan Bosch, quien no es ni quiso ser un “patricio”. Por el contrario, ninguna jerarquía lo ha “tragado” y se ganó su lugar de honor teniendo en contra a los poderes más grandes de la Tierra, con el respeto de luchadores como un Fernández Domínguez, un Caamaño y un Pedro Mir en lo dominicano, hasta un Pablo Neruda, un Ernesto Cardenal, Julio Cortázar, Fidel Castro y Laura Allende más allá de las fronteras.
Más bien, la creación de “patricios” y “santos” fue la especialidad de las maquinarias intelectuales del balaguerato y el trujillato, que enseñaron cómo crear mitos y también cómo difamar, calumniar y destruir ejemplos.
A partir de estas cuatro malas artes (falsedades, incoherencias, caricaturas y prácticas de trágicos antecedentes), el señor Ramírez intenta ser un nuevo profeta contra Juan Bosch, pero en realidad su silogismo no tiene validez, no descubre nada, ni brinda ninguna harina de su propio costal. Tampoco hay heroísmo ni gallardía en su actuación, de esa que tanto el exige a los demás. Al constatar las artes del señor Ramírez, queda pendiente que los lectores se respondan:
¿Qué permite callar y silenciar el deporte periódico de enlodar tanto a Juan Bosch, aún a diez años de fallecido? ¿Qué finalidad hay detrás de estas acciones, en este momento del país y del mundo? ¿Por qué trastocar así la conciencia nacional? ¿Quiénes en verdad son los “cobardes” y “desleales”? ¿Quiénes en verdad sen creen “semi-dioses”?