Guenady, el secretario político de la embajada rusa en Managua fue quizás el mejor anfitrión internacional de nuestra estadía en Centro América. La calidad de las reuniones, la información de primera mano sobre la crisis política que se avecinada en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y la gestión vanguardista del presidente Mijail Gorbachov son de leyenda. Asimismo sus agudas preguntas sobre la situación económica y política en El Caribe, fueron vitales. En mi experiencia los encuentros con Guenady sólo se comparan con aquel que realicé con Jossette Bijou, ministra de salud de Haití (2005), el doctor Sabino Báez, también ministro y  Socorro Gross representante de OPS-OMS, quienes en Petion Ville, luego de una sesión de firma de convenio, pasamos horas de tertulia, delicatesen y ron sobre la salud pública de la isla.

Guenady, no preservo en la memoria su apellido, dado que en ambiente de cábalas, arcanos y sigilos no se curiosean detalles de los contertulios. Este ruso se empleó a fondo en analizarme la URSS, en forjar una amistad con mi familia y mi entorno político. Era PhD en ciencias y avizoraba que su país iba a dividirse y retomaría el rumbo del libre mercado, también reflexionaba sobre la alta religiosidad del pueblo ruso. Casi todas sus afirmaciones se cumplieron, incluso llegó a pronosticar la posibilidad de que el empresariado ruso que surgiría en las transformaciones promovidas por la Perestroika, llegaría al Caribe a hacer inversiones en turismo.

En la década de los 80 con la mayoría de embajadores, secretarios políticos y representantes de gobiernos socialistas residentes en Centroamérica aplicamos un “librito diplomático interno”. Este compendio lo habíamos perfilado con el doctor Edmundo Muñiz Patín, capitaleño pero con familia enraizada en el Cibao, a quien sucedí en estas funciones. Edmundo fue el político y profesional que más me ilustró en estas gestiones. Pero también Moisés Blanco Genao, posteriormente consultor del BID para energía y funcionario de la CDE de Joaquín Balaguer; el ingeniero Rafael Báez Pérez, pasado embajador dominicano en la Habana (2000-2004) y Faruk Miguel, actual asistente especial del ex-presidente Hipólito Mejía.

Ese “librito” orientaba varios aspectos que todavía hoy son claves para el desarrollo de mi gestión en el Plan Estratégico. Una regla precisaba que cuando se visite un diplomático por primera vez, estudie y repase la historia y la política, o también los antecedentes de la institución visitada. Asimismo nunca inicie la conversación, espere que el anfitrión entre en materia. Otra regla capital llamaba a ser cuidadoso en el vestir y el hablar. Se exhortaba a no dar señal de necesidades de proyectos o peticiones concretas, hasta que el interlocutor no entendiera la globalidad de una agenda de trabajo o de una situación política. Aparecerse en una embajada u organización internacional con un proyecto debajo del brazo era la peor manera de iniciar una relación.

Se instruía mirar a los ojos a los interlocutores, valorar el contexto y también anunciar que se iba a tomar nota de los puntos clave. Era vital la confianza, ética y moralidad del representante y si se daba idea que había algún beneficio o interés personal se podía prever el fracaso de la relación. La profesión de “doctores en Medicina” que teníamos contribuyó en estas funciones. Edmundo Muñiz, mi iniciador en estas lides, actualmente es investigador principal de una de las empresas farmacológicas más importantes del mercado mundial de medicamentos. En muchos casos, los representantes y secretarios internacionales cuando entraban en confianza, nos pedían opiniones sobre muchos problemas de salud familiares, lo cual significaba un valor añadido a la relación.

Regresando a Guenady, el ruso, atestiguo que este como avezado diplomático, fue el primero en objetar el protocolo culinario dominicano, que todavía impera en Santiago. Decía, ustedes invitan a una cena, y comienzan a ingerir bebidas alcohólicas, y luego como a las 11 de la noche aparece la cena. Reynaldo, apuntaba “si te invitan a cenar es a cenar no a beber ron o vodka”. Parece que compartía con algunos caribeños y ya lo habían “sacrificado” hasta casi la media noche.

La primera vez que lo visitamos en su casa, desde la llegada hasta la despedida, estuvimos degustando por horas con exquisitez y frugalidad, comida rusa. Casi 20 años después mi concuñado, el alemán Andreas Grhuler, residente en Ulm, alto ejecutivo en tecnologías de la empresa automovilística DaimlerChrysler, me confesaba muy satisfecho, Rey dónde aprendiste, a diferencia de muchos dominicanos, que la cena se sirve inmediatamente después que llegan los invitados, y Mechy y yo, para su asombro y perplejidad, le respondimos “en Centroamérica, en la embajada rusa de Nicaragua”. En la otra seguimos.