El estudio comparado de naciones supone la clasificación de países acorde a distintos factores. Entre los que se utilizan con mayor frecuencia están la dimensión territorial, el tamaño de la economía y de la población y las condiciones climáticas.

Una de las categorías de países creada por los expertos del desarrollo es la de los Estados pequeños insulares en vías de desarrollo, también conocida por su nombre en inglés Small Island Developing States (SIDS). Por lo general, los SIDS presentan poblaciones relativamente pequeñas, aunque en constante crecimiento. Sus economías tienden a ser abiertas y por lo tanto dependientes del comercio internacional para su sostenibilidad. No menos importante, suponen un alto grado de aislamiento frente al resto del mundo (PNUD, 2014).

El aislamiento, sin embargo, no se manifiesta de manera absoluta. Desde la óptica económica, por ejemplo, nuestra política comercial es bastante generosa. El país ha logrado hacer uso de la globalización y del “free” trade para beneficiar a sus ciudadanos con toda la riqueza material para la cual ellos tienen poder de compra y un poco más. Lamentablemente para nosotros, no podríamos decir lo mismo en materia de respeto por los derechos humanos.

Según la teoría denominada World Polity, también conocida como Stanford School of Global Analysis, los Estados están sujetos a cambios en las normas y los patrones de orden global. Muchas de las particularidades de los Estados, a primera vista originarias de los propios Estados, son en realidad el resultado de la propagación de una cultura global.  Dicho de otra forma, los Estados están expuestos a un manto de influencia de fuerzas culturales de orden superior.

“¿Qué pasaría de nosotros descubrir una nueva sociedad en una isla nunca antes vista?” preguntan los autores de la teoría Meyer [1], Boli [2], Thomas [3] y Ramírez [4] (1997) a modo de ilustración. Su respuesta: “Se constituiría un Gobierno. Dicho Gobierno se asemejaría a un Estado moderno con ministerios y direcciones nacionales. Se incorporaría al sistema de las Naciones Unidas…” “Así de exacto es el grado de predicción de nuestra teoría sobre la evolución de las estructuras nacionales en torno a ese patrón global,” asegurarían ellos.

En ese orden de eventos, un ejemplo comúnmente utilizado para fines de comprobación de la teoría es la rápida expansión de una cultura global de derechos humanos. Los mismos autores, pero sobre todo Ramírez (2005), presentan numerosas evidencias de esa expansión mediante la presencia del idioma de los derechos humanos en los libros de textos escolares de un sinnúmero de países.

Pero a pesar de las afirmaciones, entiendo razonable concluir que la cultura global del respeto por los derechos humanos no ha tocado la puerta a nuestro país. ¿Se equivocaron Meyer, Boli, Thomas y Ramírez? No. Precisamente eso define a un pequeño Estado insular. Si bien la teoría describe un comportamiento generalizado, sus conclusiones no son absolutas. Los países insulares, incluida la República Dominicana, siempre buscan la manera de “blindarse” de las corrientes y de los patrones del mundo.

¿Cómo se blinda la República Dominicana? Se blinda a través de su liderazgo político, que es autoritario, unidimensional, sencillamente corrupto. Fíjense que el aislamiento es en gran medida discrecional. Sus manifestaciones son producto de decisiones políticas. El desarrollo es a fin de cuentas el resultado de las decisiones que toman las élites nacionales. Por un lado, decidimos ser un país económicamente abierto y globalizado; empero logramos que la tercera ola democrática rompiera mucho antes de arribar a costas dominicanas. "Las democracias no son creaciones de las causas, sino de los causantes," decía Samuel P. Huntington.

Deshacernos del actual liderazgo político, que es el mismo de los últimos 20 años; sustituir a los funcionarios y representantes corruptos por hombres y mujeres comprometidos con los mejores intereses del pueblo dominicano: ese es nuestro desafío.

Frente a un legado histórico de gobiernos dictatoriales y totalitarios, unos más que otros, distintos en sus formas, pero idénticos en sus objetivos, cabe destacar el surgimiento de nuevas alternativas políticas democráticas. Su participación en el próximo proceso electoral demostrará ser vital para el posible cambio de rumbo de nuestro país.

Una vez dijo el fallecido mandatario coreano Kim Dae Jung (Foreign Affairs, 1994) que “el mayor obstáculo [que tenía la Asia] no era su legado cultural, sino la resistencia de los gobernantes autoritarios y sus apologistas…” “La cultura no necesariamente es nuestro destino,” recordaba Jung. “La democracia sí lo es.”

En la República Dominicana el legado cultural tampoco será nuestro destino, si así nos lo proponemos quienes más queremos a estas dos terceras partes de la isla… porque el rol de la política en un pequeño Estado insular, sea el de seguir aislándolo del mundo, o por el contrario, enrumbarlo por una senda menos autoritaria, es decisión de sus demócratas.

 

[1] John W. Meyer es Profesor (Emérito) de Sociología y de Educación en la Universidad de Stanford.

[2] John Boli es Profesor de Sociología en la Universidad de Emory.

[3] George M. Thomas es Profesor de Sociología en la Universidad Estatal de Arizona.

[4] Francisco O. Ramírez es Profesor de Educación y de Sociología en la Universidad de Stanford.