Caleidoscopio

El remedio para el PLD

Por Pablo Gómez Borbón

El poder enferma. No se trata de una metáfora: el poder enferma de verdad. La enfermedad del poder tiene un nombre: el Síndrome de Hubris. Y Danilo Medina, sus ministros, sus senadores, sus alcaldes y sus seguidores sufren un caso agudo de esta enfermedad. Es necesario que los ayudemos a sanarse.

El síndrome de Hubris es un trastorno de personalidad cuyos síntomas pueden observarse en quienes ostentan el poder. Entre los principales síntomas de esta enfermedad pueden citarse:

  • Tendencia al narcisismo.
  • Preocupación desmedida por la propia imagen.
  • Mesianismo. Delirios de omnipotencia.
  • Identificación con la nación. El afectado por esta enfermedad considera sus intereses y sus puntos de vista idénticos a los de sus gobernados.
  • Excesiva confianza en su propio juicio. Desprecio por las opiniones, los consejos o las críticas de los demás.
  • Pérdida de contacto con la realidad.

Es evidente que los miembros del PLD, no importa qué cargos ocupan, están afectados por este síndrome.

Los peledeistas están enamorados de su falsa imagen. En verdad se creen los únicos políticos honestos. Si dilapidan en bocinas millones de pesos del erario, es para defender con uñas y dientes este espejismo.

Los peledeístas se creen dioses. Con el dinero de todos, todo lo pueden. Con el DNI, todo lo saben. Con yipetas y helicópteros, están en todas partes. Y así como Jesucristo multiplicó los panes y los peces, los peledeistas multiplican los salamis, los picapollos y los potes de ron.

Para los peledeístas, no hay dominicano que no lo sea. Para ellos, si no eres peledeísta, no eres dominicano, eres un caballo de troya, un peón de Maduro, un traidor. Los peledeístas son los únicos que saben lo que conviene a este país, es decir, lo que les conviene a ellos mismos. Nada más natural, entonces, que ignoren lo que anhelamos el resto de los dominicanos.

Pero la demostración principal de que los peledeístas sufren del Síndrome de Hubris, la constituyen su incapacidad para aceptar consejos y críticas, así como su pérdida de contacto con la realidad. Permítanme compartir una vivencia personal.

Existe en el Comité Político un dirigente al cual consideré, durante mucho tiempo, la reserva moral del PLD, una perla rara sumergida en una pocilga, una manzana sana en un cesto de manzanas podridas. Pero cuando le escuché defender a un corrupto confeso como Temístocles Montás y a afirmar que Jean Alain Rodríguez es el mejor procurador de toda nuestra historia, cuando me acusó de perremeísta por el simple hecho de que le externé consejos absolutamente desinteresados, cuando me pintó el cuadro apocalíptico que provocaría la derrota del PLD, constaté, apenado, que hasta él se había enfermado.

El Síndrome de Hubris no es una enfermedad crónica, por suerte. Si los consejos no dan resultados, es preciso recurrir a un tratamiento más fuerte. No hay que temer que el mismo provoque un choc en el paciente. Se dará duro con la realidad, pero es lo mejor para él.

La enfermedad del PLD se cura con un tratamiento intensivo de votos en su contra. Se precisan dos tomas: una en marzo y la otra en mayo, precedidas por concentraciones cívicas diarias y conciertos de cacerolazos, tres veces al día.

La sabiduría popular dice que la fiebre no está en la sábana. Pero el Síndrome de Hubris sí está en la ñoña.

Despojémoslos de la ñoña: no es ético ver a un enfermo y no curarlo, si la cura está en nuestras manos.

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