Algo que me ha causado una gran satisfacción es que Solange Alvarado haya decidido volver a escribir por este medio. Cada colaboración suya me llenaba de alegría y sé que al igual que a mí, a mucha gente.

Muchos se preguntarán por qué tanta algarabía, pero tengo sobradas razones.

Primero contaré que el 25 de octubre del pasado año, le escribí un uasá –no me critiquen los jóvenes y entendidos, pero así es que yo digo- a una persona muy cercana pidiéndole una cita pues necesitaba una opinión para actuar sobre algo. Es mayo, todavía estoy esperando una contestación.

Como la Navidad es una época tan especial para mí, con tiempo voy preparando todo lo que voy a utilizar en mi decoración. En ese mes, iba a mandar a hacer un tapiz con un azul intenso simulando una noche estrellada, para ponerlo de fondo en mi nacimiento o belén, que toma unos cuantos metros. Cuando pasé por casualidad frente a la institución que dirige Solange decidí entrar donde ella. No estaba presente todavía y le dije a la secretaria que le iba a dejar una notita.

Al otro día sentada en mi casa, temprano en la mañana, conversando con mi nuera, le dije muy ofendida,  “ eso sí, si la Solange no me llama, le voy a dejar otra notita poniéndola en su puesto”, en ese mismo instante sonó el teléfono, era ella, me decía si podía pasar por su oficina. Como vivo en la zona, en menos de diez minutos estaba  allí.

Muchos se preguntarán el por qué ponerla en su puesto, es como cuando uno le pide algo a un hijo y éste se queda totalmente indiferente.

Es que a Solange no la veo con la edad que ella con tanto orgullo dice tener, tal como apareció un comentario el día de su retorno. Para mí es la niña encantadora de nueve años, con su uniforme entallado, halándose constantemente el talle, como ajustándose y con una cola de caballo que le llegaba a la cintura.

Siempre, desde pequeña fue despierta, inteligente y responsable, yo fui su maestra de tercero de primaria, por eso me creía con el derecho de llamarle la atención si no respondía a mi llamado. Es que con cada grupo de alumnas a las que me tocó darle clases a lo largo de mis años como maestra, creaba un vínculo irrompible y que con el tiempo perdura, salvo pocas excepciones. De su grupo puedo citar el nombre de cada niña y no se me quedaría ninguna, pues fue un grupo muy especial para mí.

Por ejemplo, todos los viernes, como yo era una maestra tan joven y me gustaba cantar, cerrábamos las puertas y ventanas del curso para no molestar y de manera espontánea salían a cantar. Solange era una que nunca se quedaba. Pero había una en particular de todas que con mucho afán levantaba las manos, yo la dejaba casi para último, porque me causaba mucha risa, cantaba muy lindo, pero durante todo un año escolar, cantó siempre la misma canción, “Un canto a Galicia”. Por casualidad, mi hermana y yo vivíamos en una pensión cuya dueña era tía abuela de esta niña,  Quisqueya Díaz. Ella le decía a Doña Argelia, “ tía, yo quiero mucho a Elsita, aunque es verdad que ella se burla de mí cuando canto”.  No era burla, era que me causaba tanta gracia el escuchar semana tras semana la misma canción, además, hacía los ademanes de una soprano profesional.

Solange luego fue mi compañera de trabajo y siempre que pasaba por su oficina con algún problemita, por simple que fuera,  me prestaba la ayuda y la atención que necesitara. Incluso, cuando enfrenté problemas en mi matrimonio, ella estuvo ahí. Es posible que ni lo recuerde.

Ponerla en su puesto, hubiera sido como darle una pela al muchacho, porque la sigo viendo como esa niña de sonrisa franca, de dulce mirada, con la paciencia de escuchar y de brindar una mano cuando se le solicita.

Creo que ha sido la persona idónea para ocupar el cargo actual que es el dar apoyo a las mujeres víctimas de violencia.

Feliz Solange con tu retorno, lo tomo como un regalo para mí.