La diversidad ha sido una marcada característica del movimiento evangélico, desde el lanzamiento de la Reforma Protestante en 1517. Por siglos, las distintas denominaciones habían coexistido bajo un mismo predicamento: las Escrituras como única fuente de autoridad.
Esa unidad dentro de la diversidad se manifestó en nuestro país a través del discurso socio-político de los evangélicos. Durante más de treinta años, éste se caracterizó por una crítica constante a los amplios privilegios que el Estado Dominicano le otorga al catolicismo romano desde 1954.
Sin embargo, en la última década este discurso ha cambiado. Una gran mayoría de los líderes ha echado al zafacón su discurso histórico y presiona al Estado en procura de los mismos beneficios que éste le otorga a la iglesia católica romana. ¿Qué ha pasado?
En Antonio Cruz, autor español, encontramos la respuesta: “…la estética del universo cristiano evangélico está siendo destruida por una carcoma sectaria, personalista y engreída. Ciertos telepredicadores “made in America” que rompen los pedazos de la estructura doctrinal básica y ponen en peligro toda la composición, jugando con los sentimientos y la buena fe de los creyentes… Estamos asistiendo también al surgimiento de una nueva tendencia religiosa dentro del protestantismo que vuelve a contemplar la riqueza material y la prosperidad económica como una consecuencia más de la auténtica fidelidad cristiana… Semejante sarta de herejías encadenadas conduce inevitablemente a la conclusión de que la pobreza es un pecado, puesto que sería consecuencia del fracaso espiritual, mientras que la riqueza material habría que entenderla siempre como el reflejo de una vida espiritualmente abundante. De la misma manera se interpreta la enfermedad y la salud.”
Mientras la comunidad evangélica dominicana se enfocó únicamente en la enseñanza de la Biblia, se logró cohesionar un discurso que golpeaba sensiblemente el estatus de casta privilegiada que mantienen los ministros católicos en el país. Tanto caló en la sociedad el pronunciamiento evangélico que a principios de la década de 1990, el Cardenal López Rodríguez, en un comportamiento intransigente e intolerante, totalmente divorciado de las conclusiones del Concilio Vaticano II, llamó al pueblo dominicano “a no creer en esos sectarios”
Es a partir de la acogida por la mayoría de las iglesias evangélicas dominicanas del “evangelio de la prosperidad”, que Antonio Cruz muy bien describe en la cita anteriormente expuesta, que el discurso socio-político evangélico comenzó a cambiar. Al comprar esta mentira, no se hace necesario criticar los beneficios que deriva la iglesia católica del Concordato. El nuevo método de lucha consiste en presionar al Estado para que le otorgue a los grupos protestantes los mismos privilegios inconstitucionales.
El auge del “evangelio de la prosperidad” ha coincido con la introducción de técnicas publicitarias en el contexto de las iglesias que han convertido a los pastores, evangelistas y maestros en celebridades faranduleras, desplazando al Señor Jesucristo de su lugar protagónico y colocando en él a hombres falibles. Esa es otra razón de por qué muchos pastores quieren que el Estado les otorgue rangos militares, capellanías, escoltas armados y exenciones arancelarias para importar vehículos de lujo.
Ante este cuadro desalentador, los miembros de la comunidad cristiana evangélica que todavía creemos y sustentamos la autoridad exclusiva de la Biblia sobre nuestras vidas debemos apoyar los esfuerzos de grupos de iglesias y pastores para que la comunidad completa retorne a las enseñanzas fundamentales de la Biblia y se reconecte con su memoria histórica. Sólo así, la iglesia cristiana evangélica recuperará su credibilidad ante la sociedad secular y podrá ser instrumento de cambio social, despejando así la falsa concepción de que las creencias religiosas existen para profesarlas sólo dentro de sus lugares de reunión.