El preso que más jode (2)

Distinguido Señor Luis Álvarez Renta:

En respuesta a su atenta misiva, en torno a mis previas consideraciones sobre la situación de las cárceles dominicanas y su singular desenvolvimiento dentro (y sobre todo fuera) de una de las mismas, me permito aclararle lo que le confunde, comentar sus acotaciones y puntualizar lo que olvidó abordar.

No podré hacerlo en un solo capítulo, lo que me trastorna un poco, porque detesto las series. Pero no quiero abusar de la tolerancia de los lectores con entregas más largas de las que habitualmente hago, y que desde ya, yo misma considero que tienen una longitud que duplican la que debía ser y no deseo dejar el tema a medio talle.

Mi interés no es de carácter particular. Quizás justamente por eso es que no alcanza usted a verlo, ni consigue identificarlo. Responde a simples y gratuitas  inquietudes sobre las ignominiosas, inhumanas y terribles condiciones en que viven los infelices presos depauperados en esos chiqueros que son las cárceles dominicanas, en contraste con las flexibles condiciones, tan excepcionalmente confortables y benévolas,  que disfrutan personas como usted, responsables de delitos con impactos sociales catastróficos, cuyas consecuencias abarcan desde dramáticos descensos en los índices nacionales de bienestar público, hasta la silenciosa pérdida de vidas humanas que los aumentos  de la miseria conllevan.

Es viendo esos patéticos despojos humanos y conociendo algunos de los episodios sobrecogedores que los afectan, que se percibe la verdadera naturaleza del gobierno y del vacuo simulador hipócrita que lo preside

Sí, efectivamente, el haber trabajado en numerosos periódicos de prestigio nacional me ha mostrado cuán necesarios son los buenos fundamentos para escribir, pero en esas cuestiones de experiencias acumuladas, a veces, los periodistas se parecen demasiado a los banqueros y expertos en finanzas, que cuando exhiben un pedigrí muy rimbombante, lo más aconsejable es ser precavido y no confiado. Así es que no se lleve mucho de mis credenciales, aunque viéndolas bien, la sobria modestia de las mismas, les confieran una definitiva aura de robusta credibilidad.

Yo no me tomo en serio las suyas, al menos en lo referente  a tópicos tan exóticos y escurridizos como los de la integridad y la honestidad profesional, aunque reconozco que de seguro acabará siendo usted una autoridad en esas materias, después que cumpla su condena por haberlas violado.

Sé que la descripción que hago de las cárceles dominicanas es justa, aunque temo que las palabras nunca consigan plasmar todo el horror de las vivencias, pero le agradezco la cortesía de confirmar mi informe, desde su posición de esporádico y privilegiado observador.

Las calumnias, que de ninguna forma han conseguido trancarlo en la celda que le corresponde, Señor Álvarez Renta, no son las mías, sino las consignadas como “Hechos Probados” en la sentencia No. 350-2007, dictada por el Primer Tribunal Colegiado de la Cámara Penal del Juzgado de Primera Instancia del Distrito Nacional, el 21 de octubre del 2007 y que no citaré en detalles porque usted conoce el texto, todo el mundo le dio seguimiento al juicio y no quiero agredir y espantar a la gente con la pesadez plomiza del indigerible lenguaje judicial.

De todas maneras, le puedo enviar una copia de la sentencia donde se consigna que se probó que usted era un lavador de activos y que  a través de sus manos, con su conocimiento, con su participación y con  su firma, se trasegaron irregularmente millones de dólares en fondos  para financiar otros proyectos empresariales y gastos personales, que luego fueron sacados de las costillas del pueblo dominicano, como usted recordará.

También, si le parece, puedo mandarle copias de las resoluciones finales de la Corte de Apelación de los Estados Unidos para el Décimo Primer Circuito, donde se confirmó su condena en el caso civil que se siguió en La Florida, por sus actuaciones al frente del Bankinvest y mediante la que usted fue sentenciado a la devolución de unos 177 millones de dólares, en abono a los que, hasta el momento, lo único que usted ha entregado ha sido un par de zapatos y un reloj de dudoso abolengo, a pesar de que dinero no es lo que le falta, a juzgar por la corte de  sirvientes en que usted ha convertido a quienes debían ser sus vigilantes y por las instalaciones y servicios que tiene a su disposición, incluyendo su exquisita selección de vinos.

Hago el desinteresado ofrecimiento porque si a esta altura de juego usted se atreve a reclamar indicios y pruebas es porque tal vez se le han extraviado sus expedientes, lo que no es inverosímil, dada la amplitud de su complejo residencial en Najayo.

Ciertamente, incurrí en algunas imprecisiones al describir el hábitat de los pocos tutumpotes que hay  en la cárcel, pero no porque exageré, sino porque me quedé corta. No tenía una certeza absoluta de que había computadoras e internet a disposición suya (mientras el ridículo del Presidente Fernández payasea con la prohibición de los teléfonos, medida que a ustedes no les ha hecho ni cosquillas),  pero usted, en particular, tuvo la gentileza de despejar las dudas, al interactuar vía internet con los comentaristas de su carta,  dirigida a mí y publicada en el periódico Acento.com.do

La facilidad de comunicación con el exterior, sin sobresaltos ni enojosas subrepticidades, por si no se ha dado cuenta, Señor Álvarez, es el primer privilegio del que disfrutan ustedes y que no tienen muchos de los demás y que no debían tener ni los demás, ni ustedes, más que bajo ciertos controles, especialmente después de constatarse que muchas llamadas hechas desde las cárceles, han servido para la contratación de sicarios, manejos de puntos de drogas, organización de secuestros y asaltos y quién sabe cuántos delitos y crímenes más.

Tengo entendido que  tiene usted dos computadoras y una televisión plana de 60 pulgadas.  Para no correr riesgos de padecer alguna vez en su vida el inimaginable trauma de un apagón, además del inversor, también tiene  una planta de emergencia. Cuenta con los servicios de una conserje particular que, entre otras labores, debe mantener  impolutos los preciosos pisos de madera de sus habitaciones, en cuyos espacios se incluyen una sala de recepción, área de cocina y de gimnasio, despacho y dormitorio, aparte de sus dos baños.

El contraste entre los privilegios suyos y de algunos más en similar situación y la condición infrahumana en que viven los presos desamparados, marca el justo relieve de la honda y terrible desigualdad e injusticia social que padece la República Dominicana.

¿No se ha preguntado alguna vez cuáles de los lujos suyos se están costeando con las precariedades de los demás? ¿Qué parte de la fracasada delincuencia cochambrosa es consecuencia de la exitosa delincuencia de cuello blanco? ¿Qué parte de la población menesterosa de las cárceles debe asociarse con la crisis bancaria de la que usted fue uno de los protagonistas?

Si no hubiese oído de todos los proyectos filantrópicos en los que estaba involucrado el muy piadoso Pablo Escobar, quizás recibiría con un poco menos de suspicacias las noticias sobre las desbordantes caridades provenientes de sectores que darían muchísimo más si no regalaran nada, pero robaran menos.

Sé que es cierta cualquier cosa que usted cuente sobre la ineptitud, la desidia, la irresponsabilidad, la insensibilidad, el atraso, el desorden, la inclemencia, la brutalidad y el bestial primitivismo con que se manejan los presos pobres en las cárceles dominicanas.

Es viendo esos patéticos despojos humanos y conociendo algunos de los episodios sobrecogedores que los afectan, que se percibe la verdadera naturaleza del gobierno y del vacuo simulador hipócrita que lo preside, que vive baboseando por el mundo, hablando de modernidad, mientras el pobre país que gobierna sufre unas situaciones calamitosas y unos dramas humanos aberrantes, que ameritan intervenciones urgentes y que deben  conmover el corazón de una apisonadora, pero no el de un fantoche verborreico, ni el de toda la infecta clase política que lo acompaña.

Imagine lo que se podría agregar de  la flamante élite social y económica, depredadora insaciable, para quienes  esos políticos, comenzando por los presidentes, no son más que un mugroso grupo de engrasadores de tuercas, al que hay que adular, mimar y darle una ración del botín, mientras ejerza con eficiencia su función de árbitro sobornado.

Continuará…