Por un fugaz momento, luego de conocerse los resultados de nuestras más recientes elecciones presidenciales, se pudo pensar que el más antiguo partido dominicano había renovado sus fuerzas. Un 46.95% de los votos en una primera vuelta son suficientes para levantar cabeza y hacer oposición. Pero nuestra oposición tropical es un chasco.

El conflicto interno del PRD está hoy en ebullición. Parece evidente que las condiciones para el mismo se cocinaban a fuego lento hace un cierto tiempo.

Milagros Ortiz Bosch tiene razón al recordar la actitud de Miguel Vargas Maldonado al querer promover su "Nuevo PRD" centrado sobre su figura y sostenido por los jóvenes. Miguel Vargas intentó venderse como aquél capaz de relanzar el partido de la oposición, después de un penoso desempeño político desde el año 2004. Luego del proceso electoral del 2008, el  ingeniero y empresario se sintió con el aval popular necesario para tomar control de la organización, alejando aquellos que, a su parecer, no le dieron el debido apoyo.

El "Nuevo PRD" se apropió de la organización política e intentó desvincularse del liderazgo tradicional, al cual juzgó finalmente acabado cuando en las primarias del año 2007 derrotó a Milagros Ortiz Bosch. Dirigentes históricos del partido blanco, que contaban aún con arraigo dentro de la organización, se vieron así marginados, y esto así a favor de individuos tan notables como Víctor Gómez Casanova, recién llegado del PRSC. Los gritos de figuras emblemáticas del partido sobre el camino que tomaba la dirección fueron no fueron escuchados. Aquí ya se encontraba el germen de una organización desgarrada.

Vargas Maldonado no supo ver que su liderazgo dentro del partido era mucho más coyuntural que natural. Muy pronto su imagen se desgastó. La percepción de que el Presidente del partido pactaba unilateralmente con el Presidente de la República primó a la vez que Vargas dejaba ver sus debilidades políticas. Vargas nunca conectó con las masas, descuidó las relaciones internacionales del partido y mostró poco respeto por la democracia a lo interno del PRD, a esto se le suma la actitud displicente, y hasta altanera, Presidente de la organización hacia los demás sectores del partido.

El "Nuevo PRD" representaba un relevo meramente generacional. No hubo, sin embargo, relevo de liderazgo, en gran medida por la desconexión con las masas, como no hubo relevo ideológico.  Éstas son algunas de las razones que permitieron, autorizado por el "Pacto de las corbatas azules", el renacer de Hipólito Mejía. Un hombre que, defectos aparte, sí consigue conectar con las masas. La candidatura de Hipólito Mejía representó, para los dirigentes marginados, una oportunidad para volver al centro de la vida política dominicana, además de una verdadera opción de poder.

Los resultados de la Convención del PRD fueron sorprendentes, y Miguel contribuyó a socavar aún más su propia popularidad al intentar desconocer los resultados, decidir arbitrariamente la expulsión del ya emblemático dirigente Esquea Guerrero y deshacer una Comisión organizadora elegida por consenso, pero que estaba repentinamente parcializada.

La actitud del Presidente de la organización y sus colaboradores durante el proceso de campaña exacerbaron la situación. Vargas apostó a la derrota del candidato de su partido. Importantes colaboradores de Vargas pasaron a apoyar al grupo de Mejía en la campaña y en el reclamo de sanciones contra Vargas. Entre ellos altos dirigentes del PRD, como el Secretario General del partido y la Secretaria de Organización. El grupo que se ha aglutinado alrededor del ex-Presidente Mejía no quiere dejar dormir su momento político, y el grupo de Vargas actúa como quien cree tener una red de seguridad.

El partido blanco aparece como históricamente incapaz de optar por respuestas sensatas o de dirimir sus conflictos a lo interno. Hoy lo es aún más, viendo que los pocos perredeístas con que cuenta  el PRD se han sumado a la locura colectiva.

No hay espacio para la mesura. ¿Cómo esperar las elecciones internas cuando no faltan más que meses, o siquiera adelantarlas?

No. Llegados a este punto de la batalla campal entre el "Nuevo PRD" (el "Institucional") y el "PRD de los votos",  convocar a los organismos del partido cumpliendo con los estatutos y las leyes es un sinsentido. Acatar órdenes de las "Altas Cortes" la sinrazón. Y sin embargo, el conflicto termina inevitablemente en el Tribunal Superior Electoral. Ése tribunal al cual todos miran con recelo.

Tal parece que desde el pasado mes de mayo ya no hay dictadura constitucional en nuestro país, lo que importa es el partido. Tal vez, ése hombre, de quien se dice controla todas las cortes, ya no es tan pudibundo. De lo contrario, no se explica por qué los dirigentes del PRD han permitido que el destino del conflicto caiga en manos de tan terrible adversario.

El PRD salió engrandecido de la contienda electoral. Vargas y Mejía se autoproclamaron líderes de la oposición. El grupo de Mejía se encontraba a todas luces mejor posicionado. Sin embargo, el deseo de castigar a Vargas ahora, de cualquier forma y a cualquier precio, puede resultar muy caro. La batalla por el título de líder de la oposición se ha convertido en la lucha por la Presidencia de la organización. Lucha absurda e innecesaria que podría tener consecuencias graves para los intereses de la agrupación de Mejía.

¿Por qué el grupo de Mejía pone en manos del TSE el devenir de su momento político?  ¿Por qué confundir el liderazgo con un cargo? ¿Por qué arriesgar la escisión?

Decir que al PRD le faltan perredeístas es tan válido como decir que a nuestra democracia le faltan demócratas.

Ahora resulta que esta crisis no es más que una trama urdida por el avezado e inescrupuloso Leonel Fernández para destruir al PRD. Que el accionar errático y desaprensivo del partido blanco es culpa del Presidente de la República. Como si no se supiera ya que el PRD es el mayor aliado del partido oficialista, siempre ayudándole a superar situaciones adversas. El PRD desgajado, en la vorágine. Ese PRD desvencijado, siempre presto a ser víctima de la intriga, a sucumbir a las pasiones y al espectáculo.

Como de costumbre, pierde la democracia, y pierde el pueblo.