Hay unos cuantos por ahí, que vienen preguntándose de donde he salido yo con los artículos sobre patrimonio y turismo, que han venido apareciendo en ACENTO, de un tiempo a esta parte. Que a que se ha debido, o se debe, esta inspiración tardía. Otros dicen, que si de lo que se trata es de andar en busca de lo que no se me ha perdido. Y así, sucesivamente, pareciera como si las alcantarillas se volvieran a rebosar, por la abundancia de ciertas materias orgánicas, propias de las reacciones que causa la envidia, y de la angustia que les provoca a los inquietos muchachos del patio las "argucias" que el arquitecto Del Monte Urraca ha venido demostrando desde que se posicionó, allá por el no tan lejano 1967.

Para muchos de estos simpáticos individuos, el tiempo no les ha pasado por encima, y continúan actuando cual chicos malos de épocas superadas, y al estar vivos, todavía, no se les olvidan ni me perdonan aquellos años triunfales, durante los cuales Dios me permitiera realizar, aunque no como me hubiera gustado, lo que hice en favor del patrimonio cultural, sin que para ello tuviera la necesidad de hacer lo que fuera. Sí, eso mismo que están pensando algunos de los lectores de estas inspiraciones tardías.

Pues a estos, y no sabemos a cuantos más, les diremos, que no obstante pensar que nunca es tarde para aportar cuantas ideas le vienen a uno a la mente, siempre que sean para sumar, no restar, como les pasa a muchos mediocres, que se las pasan predicando, pero sin haber podido practicar lo que predican.

Yo, en cambio, desde que empecé a tener uso de razón, he tratado de poner en practica lo que he predicado, dejando de lado las funestas inquietudes de los que me han perseguido, tratando de poner en acción los planes que he concebido o, cuando menos, dejarlos planteados, para los que tengan la dicha de intentar realizarlos.

Hace algún tiempo decidí apartarme, definitivamente, del quehacer diario al que estuve apegado por muchos años, y observar, tranquila y prudentemente desde las gradas, las acciones de los que se las arreglan para componer el Mundo o, cuando menos, tratar. Pude ver, con suficiente claridad, que la cancha no se estaba prestando para que pudiera desenvolverme como era mi deseo y, en vez de seguir insistiendo, dejársela libre a otros. En otras palabras, me di cuenta, a tiempo, que las galletas no estaban hechas para mi horno. Y un día, pasadas las angustias del quebranto que hube de vencer, decidí ponerme en las manos del Creador, para que me deparara otro camino menos estresante.

Llegado el momento preciso, me dispuse a enviar los artículos que tantas inquietudes han creado, al gran amigo, director de este exitoso medio, quien haciendo memoria de lo que había escrito en la desaparecida revista RUMBO, le pareció correcto y oportuno que expresara lo que deseaba. Particularmente, en momentos en que se avecinan tiempos borrascosos, tanto en la política vernácula, como en el área que me ha concernido desde hace tanto tiempo. Después de pasar por una inercia voluntaria, descubrí que las autoridades competentes, llámense como se llamen, han decidido reanudar los trabajos de rescate de la vapuleada Ciudad Colonial, actividad a la que no puedo negar mi profunda preocupación.

Es una verdadera lástima, que una característica del ser humano tan común entre los hijos de esta hermosa tierra sea la de dedicarse a  obstaculizar la realización de lo bueno o lo malo que aporten los demás, sin poder hacerlo ellos. Y la pena que da es ver la indiferencia con que las mayorías ciudadanas aceptan tales designios, sin darse cuenta del daño que les causa a ellos mismos.

Recuerdo, que cuando empecé a poner en práctica las ideas que traía al país al regresar del exilio (1967), afortunadamente apoyadas por quien entonces tenía el poder de decisión, algunos llegaron a considerarme desubicado, incapaz, sin la preparación requerida para ello. Entendí, que estos pelafustanes desconocían la realidad que vivía el mundo exterior, que no eran más que prisioneros lastimosos de un país secuestrado, y fieles creyentes de que todo seguiría igual. De ahí, que sin desmayar en lo más mínimo proseguí mi camino, no obstante la ausencia temporal del país. Pero como en su momento logré imponer mis ideas, no hice otra cosa que seguir practicándolas, hasta encontrarme con el freno impuesto por la politiquería vernácula, que tanto daño le sigue haciendo a la Nación.

A la Comisión Rectora de la Ciudad Colonial, al Banco Interamericano de Desarrollo (BID), y a las instancias superiores, solo me permito decirles, con todo respeto, que tengan mucho cuidado con lo que se proponen hacer. Que como vivimos en un país sumamente politizado, recuerden lo cerca que estamos del 20 de mayo próximo. Que si ya se ha perdido tanto tiempo, por que tener que desesperarse ahora.