“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios.” Así empieza el evangelio según San Juan, con una afirmación contundente sobre el poder de la palabra, en cuanto esta nos permite aprehender y transformar la realidad. Y, según me enseñó un colega en este mismo año 2021, dentro y fuera de la religión, muchas personas tuvieron la misma convicción que el apóstol fallecido hace tantos siglos.
Unos quinientos años antes, el filósofo Confucio manifestaba que es necesario administrar bien la palabra para poder administrar una sociedad. Mucho después, Antonio de Nebrija, autor de la primera gramática castellana presentó su documento afirmando que era a través de él que se podría administrar un imperio y es muy probable que haya tenido razón, porque a la persona que se la entregó fue a la reina Isabel la Católica, cuyos descendientes pudieron llegar a afirmar que bajo sus dominios no se ponía el sol.
Con menores ambiciones, de nuestros días tenemos un ejemplo muy hermoso de vidas transformadas por un intercambio epistolar que inició como un trabajo solicitado por la escuela. En el año 1997 a la clase de Caitlyn Alfirenka, estudiante de 12 años en Pensilvania, en los Estados Unidos le fue asignado el conocer personas más allá de sus fronteras, en la época en que la correspondencia podía ser marítima y aérea, incluía sellos y varios días de espera entre los envíos (en estos días pos-pandemia la correspondencia física se ha puesto más lenta que hace treinta años). Y desde antes de iniciar el intercambio hubo un provecho en términos de geografía. La familia de Caitlyn conocía el país de destino, Zimbabue, bajo su nombre colonial, Rodesia.
Martin Ganda, de su parte, era el mejor estudiante de su curso y, cuando la escuela recibió las cartas provenientes del extranjero, a él le tocó la primera. La perseverancia y la gentileza de ambos transformó una asignación con fecha límite en una relación de varios años. Liz Welch, una reportera especializada en literatura para jóvenes, le proveyó ambientación a estos textos y los proyectó como producto final: “I will always write back: how one letter changed two lives”, que cuenta con versión en español. El libro tuvo una enorme acogida y hoy, más de veinte años después, el joven que tenía pocas perspectivas de llevar una vida productiva fuera de su país natal, es un inversionista basado en Nueva York que ofrece orientación para personas interesadas en el continente africano. En cierto sentido, su trabajo es el mismo, solo que ahora le sacan provecho más personas y, en el ínterin, hubo una clase práctica de geografía que llegó a más personas que los implicados y sus familiares cercanos. El poder de la palabra.