¡En esta esquina...!

El PLD no puede seguir gobernando

Por Manuel Salazar

Sería como pedir peras al olmo solicitarle  al PLD que no compita por el poder en las próximas elecciones. Aunque si fuéramos un país con madurez democrática y con instituciones sólidas y funcionales, pedir aquello sería algo consecuente y simple.

Pero dadas nuestras circunstancias,  si,  es necesario  disuadirlo a que no "fuerce el mingo",  que compita, sin apelar a los recursos y presiones del poder ni  a ningún recurso de mala ley, cuáles sean;  para imponer su voluntad.

Porque  contravendría la voluntad popular,  que se expresa en calles y plazas públicas; en restaurantes y residenciales; en púlpitos y encuestas; en cátedras y artículos de opinión.   En todos estos escenarios y medios  se grita al PLD que juegue limpio y  respete el principio democrático de la alternabilidad del poder.

Muchos de sus candidatos son acosados en barrios populares y residenciales  al grito de  "Se van, se van". Algunos de sus dirigentes y relacionados no pueden ir a un  lugar público, sin que reciban la repulsa popular.  Se ha visto en las plazas del país y hasta del extranjero;  en lugares de residencia de la clase media y hasta en el entorno vecino a la vivienda del presidente de la República,  áreas donde vive la gente que antes apoyó al PLD  y de la cual este se hizo proyecto de sociedad.

No se había visto repulsa de tal envergadura en un proceso electoral.

Es palmariamente claro que el 75% de la ciudadanía no quiere seguir siendo gobernada por ese partido, y quiere un cambio en la dirección del Estado.

Si no fuera porque el grueso de las personas, y las mismas clases dominantes,  asimilan que la vía electoral es todavía de momento  la manera más a manos para quitar y poner gobiernos,  en el país estaríamos frente a  elementos de una revolución,  o de una salida extra institucional de facto, dado que observamos una situación de crisis política clásica, sintetizada por Vladimir Ilich- Lenin- , en la que "los de abajo no quieren seguir gobernados como antes, ni los de arriba pueden seguir gobernando como antes".

El PLD no cuenta en este momento con simpatías electorales suficientes para ganar en buena lid unas elecciones. Sólo dispone de mucho dinero y de los estamentos del Estado para subvertir la voluntad popular que lo impugna de diversas maneras.

Y si hiciera esto último, seria un gobierno de demasiado minoría, de escasa base social; tendría que imponerse a las malas, y cercenar  el exiguo espacio de libertades públicas y derechos democráticos conquistado con duras luchas a partir de 1978. Y ese sería un derrotero que el pueblo dominicano jamás aceptaría tranquilo.

El PLD quebró.   No puede comunicarse con el pueblo, porque este ya no cree que nada de lo que diga y haga vaya a mejorar algo.  Perdió la confianza que antes le tenía la clase medía y gran parte del empresariado. Muy pocos creen que va a castigar la corrupción y poner fin a la impunidad.  Para remate, se ha dividido orgánicamente, y con frecuencia aparece alguien de su dirección, e incluso grupos de los niveles medios y de base, renunciando a sus filas.

En este momento, su  gobierno no cumple con ninguno de los parámetros del "buen gobierno", y de gobernanza;  como serían la transparencia en la gestión pública; castigo a la corrupción; garantizar al pueblo servicios públicos  como la educación, salud, seguridad ciudadana,  con eficiencia y de calidad; escuchar y corresponder a los reclamos sociales, de equidad de género,  entre otros,  universalmente asumidos desde los años de 1990 por  instituciones promotoras de la democracia representativa.

Cuando un  jugador de pelota entra en un "slump", lo  mandan a la banca para que se recupere,  y se considera una irresponsabilidad mantenerlo en el juego más allá de lo  prudente.

Es lo que pasa y debe hacerse con el PLD, un jugador importante de este sistema político que tiene en la alternabilidad del poder uno de sus componentes esenciales.

Si por fraude, extorsión a los votantes, o cualquier otro recurso mal habido, desde el poder se violenta esa regla de oro de la democracia representativa, es de prever  que las plazas públicas continúen con más fe sus reclamos de cambio. Como menos

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