“Otro paisaje poético fue el que pude contemplar cuando me empiné en la cima de una altura de no muy abruptas laderas. Desde aquella cima se contempla casi todo el valle de Neyba; también se contempla el gran lago Enriquillo, lago que guarda la deslumbrante poesía”.
Quizás por los mismos años que Lupo Hernández Rueda (1930-2017) se fuera con su padre en aquel camión viajero por los casi intransitables caminos sureños sin asfaltar, que le motivaron aquel libro “Crónicas del Sur” de 1964, que le dio temprana fama, región que después cantara Freddy Gatón Arce (1920-1994) hablando de Quita Coraza el pueblito de un personaje típico real que conocimos: “Magino Quezada”, 1966, y en “Trece veces el sur”, 1970, ya desde Neyba, en una época cuando no había carreteras, tres caballeros y una delicada mujer, en los años cuarenta, amén de otros de esa región, nos fueron maravillando en la revista Páginas Banilejas (1941-1975) fundada por Ángel María Peña Castillo (1903-1972) que tanto se preocupó por los escritores de provincias, a quienes entonces les era difícil publicar en los suplementos de los periódicos capitaleños y santiagueros.
De sábado en sábados iremos ofreciendo muestras de Luz Grecia Sosa Leyba (1923-2008); la recordada Pinina; de su hermano Armando Sosa Leyba (1928-1972); el inolvidable Armandito; de Norvo Antonio Pérez (1925-2002), y del más famoso de todos, el damero (nació en Las Damas, Duvergé), adoptado neybero para la historia: Ángel Hernández Acosta (1922-1995) cuyo nombre de pila era una contradicción: Ángel Atila, conocido por el apodo de Quinito, nuestro viejo y querido amigo, por quien esa ciudad se nos puso cerca para ir a visitarlo, a él y a los jóvenes de entonces, para disfrutar de charlas literarias y de poemas en las mesas de la bohemia pueblerina, como narramos en nuestros Turismos Literarios en diversos periódicos nacionales del pasado siglo.
Además, ofreceremos, más adelante, muestras de otros escritores del Sur, especialmente de Azua, San Cristóbal, y San José de Ocoa.
Por cortesía pusimos primero a Luz Grecia, por ese hermoso nombre modernista; empero, en honor a la verdad, por ser el mayor, iniciaremos con Quinito, y seguiremos con ella, por asuntos de sexo y edad.

El poeta fue abogado, y ocupó altos cargos. Entre otras obras publicó “Coctel de espumas”, 1948; “Tierra Blanca”, 1957; “Otra vez la noche”, 1972 y “Carnavá”, 1979, su obra cumbre, que fuera traducida al italiano. Luego ganaría el premio anual de cuentos con un libro que nunca fue publicado.
Aunque algunos de sus cuentos y poemas aparecieron en diversos medios, como en la citada revista banileja, el país tuvo conciencia de su importancia poética cuando Pedro René Contín Aybar (1907-1981) en los “Cuadernos Dominicanos de Cultura”, en los números 78/79 de febrero/marzo 1950, lo presentó junto a otros “Poetas jóvenes dominicanos”, compañeros de la Generación del 48: Rafael Lara Cintrón (1931-2015), Máximo Avilés Blonda (1931-1988), Víctor Villegas (1924-2011), Rafael González Tirado (1931), Abel Fernández Mejía (1930-1998), Juan Alberto Peña Lebrón (1930), Rafael Valera Benítez (1924-2002), y el citado Lupo Hernández Rueda.
Curiosamente, en esa revista, que era editada por el Partido Dominicano en plena Era, y después de la Expedición de Luperón de 1949, encabezado por Horacio Julio Ornes Coiscou (1922-1991), Pedro René Contín Aybar, uno de sus directores, se atrevió a hablar de aquellos jóvenes, refiriéndose al tema social en la introducción, por unos poemas que hoy nos parecerían abiertamente contra el régimen, especialmente desde el título: “Aniversario del silencio”, de Juan Alberto Peña Lebrón, que cumplía año dicha expedición llegada por Estero Hondo, su predio natal, entre otras cosas que eran tabú en la Era:
“No puede negarse que todo hombre es reflejo de su ambiente.
Para existir realmente, uno debe situarse en su justo medio. Y si el poeta —el artista– es “un resonador de la naturaleza”, no cabe duda hasta qué punto necesita vivir su época para darle a su poesía todo el espíritu, para traducir en ella, no el escarceo ingenuo del artificio literario, sino valerse de este artificio para expresar, expresándose, su vida, la vida”.
Dicho esto, pasamos al primero de una serie de prosemas (prosas con sentido), de autores de la región, iniciando con los de las no tan ásperas tierras sureñas según el poeta, con nuestro invitado de esta semana, el siguiente prosema publicado en Páginas Banilejas No. 19 del mes julio, 1942, P. No. 14.

Viaje por la Sierra de Neyba
Por Ángel Atila Hernández Acosta
No hay paisaje más hermoso que el que se contempla en un bello atardecer en la gran Sierra de Neyba. Esta sierra, que al Norte de la ciudad de Neyba, forma como una ensoñadora diadema de esmeraldas, tiene muchas cosas que encantan al viajero, cosas que inspiran al poeta, cosas que hacen mover la pluma del escritor.
En una tarde primaveral viajé por aquella Sierra, y todo me encantó, tanto sus poéticos paisajes como sus riquezas naturales.
Sus ríos son muy caudalosos, sus aguas cristalinas incitan al baño. Encontré rocas enormes que merecen cierto estudio, porque en ellos parece que hay algún secreto, tal vez del Supremo Hacedor.
En esa Sierra todo es un encanto. Allí se oyen las palomas arrullarse en sus nidos, al jilguero que le canta a su enamorada, al ruiseñor que canta y conquista las almas, a los hombres que cantan mientras trabajan, y se ven hermosas doncellas tendidas en alfombras de césped, y las aguas de los ríos deslizarse por las abruptas laderas de las alturas como si fuesen diáfanas lágrimas de la Virgen María.
Durante aquel viaje pude encontrar muchos árboles de maderas preciosas, árboles frutales, plantas tintóreas, plantas cítricas. Partes de aquella Sierra puede contemplar cubiertas de pastos naturales, otras de verdes maizales, otras de frescos platanales, todo esto que facilita la vida de los que habitan aquella fértil región, donde aún puede encontrarse personas en estado de salvajismo.
Otro paisaje poético fue el que pude contemplar cuando me empiné en la cima de una altura de no muy abruptas laderas. Desde aquella cima se contempla casi todo el valle de Neyba; también se contempla el gran lago Enriquillo, lago que guarda la deslumbrante poesía; todas las casas de la Ciudad de Neyba como blancas palomitas reunidas en un ramo de laurel; y varios arroyuelos cristalinos que dibujan una esperanza.
En fin, todos aquellos paisajes los he grabado en mi vida, porque ellos son una cadena de poemas.