Desde Norteamerica

El nuevo continuismo

Por Marcos Antonio Ramos

Mientras el caso de Edward Snowden y el ambiente de  guerra civil en Egipto acaparan la atención internacional, las elecciones regionales en México no han sido ignoradas. La anunciada derrota del PRI (Partido Revolucionario Institucional) en Baja California y el recuento de los votos han sido discutidos.  A pesar de la alternancia en la Presidencia desde el 2000, la política mexicana sigue girando en torno al viejo partido de Plutarco Elías Calles y Lázaro Cárdenas. El centro derechista PAN (Partido Acción Nacional) ha logrado algunos avances luego de su abrumadora derrota del 2012, pero todavía necesita, como en su aparente triunfo en Baja California, unir sus fuerzas con el izquierdista PRD (Partido de la Revolución Democrática) para lograr, a pesar de  diferencias ideológicas, anotarse algunas victorias. Lo logrado en ese estado mexicano es simplemente mantener a la oposición en control de un gobierno estatal que ya estaba en sus manos. Arrebatarle un estado al PRI no es fácil, aunque se ha logrado en varios casos. Por cierto, el PRI logró victorias en contiendas municipales importantes, arrebatándole el municipio de Cancún a la oposición.

El PRI no conoce realmente estar fuera del poder. Basta echar un vistazo al Senado y la Cámara de Diputados, a nivel federal, así como a las gobernaciones, asambleas legislativas y gobiernos municipales, para comprender como el PRI, aun sin controlar la Presidencia del 2000 al 2012, ha permanecido como la principal fuerza política del país. Y ni siquiera hemos abierto la gaveta en cuanto a los sindicatos y otras organizaciones donde sigue ejerciendo su influencia el histórico partido, el cual, con todos sus defectos contribuyó por mucho tiempo a estabilizar el país después de la Revolución Mexicana. Con el tiempo surgieron otras circunstancias y condiciones que han afectado la gran tarea de mantener el orden. Se trata de una situación que no se limita a México, pero nos ofrece en ese gran país un ejemplo casi clásico.

El modelo mexicano, el de una reelección casi permanente, no es demasiado diferente a los proyectos políticos que dominan ahora la política en Venezuela, Nicaragua, Ecuador, Argentina, Bolivia y por supuesto Cuba, el de mayor duración continental, sin olvidar al Paraguay del viejo Partido Colorado a pesar de un brevísimo interregno. Curiosamente, en países tan democráticos como Costa Rica, generalmente prevalece el mismo partido (Liberación Nacional). En La República Dominicana han gobernado tres partidos desde los años sesenta. Pero las señales que se advierten por doquiera no son siempre las más seguras.  Es más, en Estados Unidos gobiernan dos partidos que sólo se diferencian en aspectos específicos, pero sostienen el mismo sistema sin cambios apreciables. La política exterior sigue siendo básicamente la misma a pesar de los discursos electorales.

En otras regiones del planeta, como en el mundo árabe de las dinastías de Arabia Saudita, Jordania, etc., y el Irán de los ayatolas, con una etnia diferente, pero también de religión musulmana se ha logrado un grado más alto de continuismo pues no hay alternancia en el poder, ni siquiera por unos años como ha sucedido recientemente en el país que gobernó Porfirio Díaz y en el fundado por el doctor Francia.

Así las cosas, es bueno recordar y hasta repetir que el continuismo priísta, el mexicano, tiene sus raíces en las primeras décadas del siglo XX y no se trata de una situación exclusiva. Otros han aprendido de ese y otros ejemplos comparables y parecen encaminarse en esa misma dirección. Con grandes cantidades de dinero para las campañas, frecuente apoyo militar y otros recursos, no necesariamente edificantes, el estilo adoptado consiste en conceder victorias a nivel provincial o local, una limitada participación oposicionista en los parlamentos, pero con control casi ininterrumpido del poder ejecutivo. En Venezuela se utiliza el sistema de acusar de corrupción a los oposicionistas que obtienen cargos públicos en estados y municipios, limitando su capacidad para ascender gradualmente al poder ejecutivo nacional u obtener el control parlamentario.

En el mundo de las ciencias políticas y en el ejercicio de la administración pública van surgiendo modelos, a veces variaciones de un mismo temo, pero con ocasionales demostraciones de cierta originalidad.  En Egipto se ha logrado limitar a unos meses el triunfo de la oposición al gobierno militar. Los que reemplazaron a los institutos armados y sus partidos aliados lo hicieron tan mal que ahora permiten al ejército gobernar con caras más aceptables, como las de un alto funcionario judicial en la Presidencia y un diplomático con prestigio como vicepresidente a cargo de asuntos internacionales. En forma juiciosa se escogió a un economista opuesto al depuesto presidente Hosni Mubarak como primer ministro.

Es casi imposible predecir, en medio de las manifestaciones y protestas de los islamistas, si el modelo que ha regresado a Egipto podrá permanecer indefinidamente. No sería muy diferente al viejo modelo turco: ejército en control, cierto grado de democracia y estado secular.  Ese sistema, construido sobre un modelo laico, pudiera regresar a Turquía, donde no ha desaparecido por completo.

Finalmente, si retomamos a América Latina, regresa con nueva vestimenta, más democrática si podemos verlo así, quizás con menor influencia militar, el continuismo instaurado por largos períodos después de la Independencia y en el relativamente lejano tiempo de los espadones. Como se puede ver fácilmente, el continuismo en el gobierno no será siempre del mismo tipo, pero, para bien o para mal, el deseo de ejercer el poder, como el de intentar seguir viviendo, forma parte de la condición humana, independientemente de etnias y regiones.

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