En cierta oportunidad en que yo trabajaba fue al colegio un sicólogo, que hoy es colaborador de este medio, a darnos una especie de taller que duró todo el día. Luego de almorzar -como dice un amigo de mi hijo menor, porque nosotros decimos comer- tuvimos un momento de conversación en el salón, que nos sirvió de sobre mesa. El sicólogo fue preguntando que de  manera espontánea fuéramos diciendo si habíamos sido felices en la vida. Me llegó el turno y en la medida en que iba hablando, las compañeras que de verdad me conocían iban asintiendo con la cabeza.

Dije que en cada época de mi vida había sido plenamente feliz.

Recuerdo de mi niñez acompañar a mi papá al río Camú, cuando era río, e ir a pescar. Buscar lombrices para ponerlas como carnada en el anzuelo y luego de coger algún pez, engancharlo por las agallas, en unas ramas que crecían a orillas del río y que parecían paragüitas. Algo que aprendí después de vieja y que le dijeron a mi hijo mayor es que “peje” son los que están en el agua y “pecao” son los que se han atrapado, esto se lo enseñó un compañero de trabajo muy aficionado a la pesca.

Me monté mucho en yagüací, difícilmente sepan a lo que me refiero, pero  es coger una yagua de palma y “jondearse” por una pendiente, como diría la joven que viene a ayudarme en los quehaceres de la casa. Quien no haya hecho esto, no ha sido niño.

En mi pre adolescencia tuve dos grandes amigas, Elsa María Rodríguez, nieta de Juancito Rodríguez y Amelia Ricart Calventi, ambas fallecidas. La primera en un accidente de tránsito, cuando iba para Santiago en donde estaba estudiando agronomía en el ISA y la segunda baleada en una protesta frente al Palacio Nacional, luego de haberse mudado a la capital. Las tres formábamos un gran equipo, pues nadábamos en la piscina que había en la casa de Elsa. Los domingos íbamos de paseo a la finca de los Rodríguez, en Barranca, en donde aprendí a montar caballo, aunque ya esto lo había practicado en un caballito que teníamos en una pequeña finquita en un campo de La Vega y mi papá solía darme mis vueltas tal como he hecho con mis hijos y hoy en día con mis nietos y mis sobrinos nietos en la Feria Ganadera.

En mi adolescencia fui sumamente feliz, iba a todas las fiestas, bailaba mucho y pertenecí a un grupo juvenil católico llamado “Cursillos de Vida”, similar a los Cursillos de Cristiandad. Ahí tenía dos grandes amigas, Olga Cosme y Aurita Gómez. También formé parte de una rondalla que creamos un grupo que estudiábamos aquí en la capital y que íbamos de vacaciones para las fiestas patronales, en el mes de agosto. Entre ellos, Jule Concepción, Frank Díaz,  mi hermana Cristobalina y yo, que tocábamos guitarra. Danilito Monción, tocaba el violín, Francis Moya, tocaba contrabajo y su hermano William Moya, el bandoneón.

En mi juventud, me encantaba ir al cine, pero sola, no me gusta que me hablen mientras veo una película. Era capaz de ver tres películas en una tarde en el Cine Triple. También me gustaba ir a los restaurantes acompañada por mi amiga Maribel y visitábamos juntas las zapaterías de la calle El Conde, nos medíamos todos los zapatos, pero sin comprar, lo disfrutábamos como pocas cosas en la vida.

Aún siendo joven me enamoré, me casé, tuve mis hijos, me divorcié, pero siempre feliz.

Como mi hijo mayor es profesor en la UASD, en la sede central y en tres pueblos diferentes, cuando le tocó ir a Nagua los sábados, yo me le pegué, pues me daba miedo que se fuera solo por esa carretera y tan temprano. Me encantaba ir, disfrutaba del hermoso paisaje que nos brinda la carretera, sobre todo, la parte que pertenece a los Haitises. Aprovechaba para ir conversando por el camino, me servía de descanso, pues no tenía que estar pendiente de oficios y lo mejor de todo era que me pasaba las primeras tres horas de la mañana sentada en un pasillo de la universidad, observando a todo el que entraba o pasaba por mi frente, veía los peinados de las y los jóvenes, (no me ha gustado esta separación de género para referirnos a hembras y varones, prefiero usar el masculino para todo, será que estoy vieja y no he evolucionado), ahí  veía el vestuario, los zapatos, la camaradería de los estudiantes, las personas mayores que estudiaban, los profesores con su “aquel” y todo cuanto llamara mi atención, era uno de los momentos que actualmente puedo decir  disfrutaba más plenamente, pero, “me bajaron de la guagua”.  Al día de hoy, estoy esperando una explicación a tal decisión. 

En días pasados en que mi hijo menor me acompañó al médico, de “atrevío” le dijo que lo que yo tenía era que mi otro hijo se había casado y eso me tenía enferma desde hace cinco años. El médico sonrió y me dio mi “rapapolvo”.

Hoy mi vida es completamente diferente, me llegó la tristeza, ya no puedo decir que soy feliz. No voy al cine desde hace cinco años, no me gusta salir y mucho menos compartir. No me preparé para ver el nido vacío.

Tremendo error.