Opinión

¿El mejor de los mundos posibles?

No hay otras opciones disponibles y no hay razones de sobra para tanto alborozo.

Por Rafael P. Rodríguez

Todavía pendiente de que haya otros viables, a Leibniz se le ocurrió, en un momento de increíble euforia, decir que este es “el mejor de los mundos posibles”.

La frase luciría atendible si fuera al menos, manejable. ¿De dónde sacó él esa información?

¿Acaso hay mundos imposibles o de los que no sabemos si son felices o desdichados? Talvez hubiera sido más entendible decir que este es, por ahora, el único mundo que conocemos aunque la obviedad de la frase lo hubiera maltratado.

Responder a estas interrogantes depende de muchos factores que incluyen la inocencia, la ingenuidad y el momento, además del estado de conciencia que se y la información tenga en el momento. Pero es que no hay nada todavía para confirmar o no la información que da el pensador.

Este mundo de tragedias altamente predecibles no puede ser el mejor de los mundos posibles aunque no tiene tampoco que ser el peor.

La mayoría de los del sistema solar son inhabitables y los otros, lejanos, están por ser descubiertos.

Este es hasta nuevo aviso, el único mundo habitable y ya hay ganancias en ello.

Pero de que sea el mejor un mundo de una indudable falibilidad lo aleja bastante de ser el mejor.

Si por ejemplo, usted se aleja, no sin una lucha enorme consigo mismo, de todos los factores adversos que lo signan- muerte, hechos sangrientos, violencia, hambre, desigualdad, rebeldía peligrosa de la naturaleza- es posible que tenga un ligero acercamiento a esa felicidad que exuda Leibniz de manera precipitada.

Pero para que sea el mejor de los mundos posibles se necesita simplemente que no sea este, que es, por ahora, el único habitable- a la espera de qué va a para en Marte- y el único reconocidamente habitado.

No hay otras opciones disponibles y no hay razones de sobra para tanto alborozo.

Se pueden lograr estados de conciencia que disminuyan sensiblemente el sufrimiento pero no el dolor que, de algún modo es necesario como sistema de alarma ante los peligros crecientes de un mundo en constante convulsión.

El mundo es lucha, ilusiones, (muchas de ellas perdidas) e inútiles, locuras, insensateces, gravitación del “mal” y alejamiento del bien, glorias efímeras e infiernos cuasi permanentes, triunfos olvidados, predominio del más fuerte.

El mejor de los mundos posibles ni siquiera es predecible en el difícil e irreconocible porvenir. Una frase dicha a la ligera nos expone a serios cuestionamientos, por no decir al ridículo

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