Este 5 de mayo se cumplieron 201 años del nacimiento del filósofo danés Søren Kierkegaard.

Nacido en la ciudad de Copenhague, Kierkegaard suele ser considerado el padre de una de las corrientes filosóficas más relevantes del siglo XX: El existencialismo. Aunque el nombre de este movimiento designa a una variedad de enfoques filosóficos con sus propias especificidades, el término se ha empleado para designar a una concepción filosófica según la cual, la condición humana es un proyecto que se define a sí mismo con sus elecciones y acciones, en vez de entenderla pre-fijada por Dios. En este sentido, el ser humano es libre y responsable de sus elecciones ante sí y ante los demás.

Entre sus distintas obras, Kierkegaard escribió un texto llamado Temor y temblor, donde plantea una interesante contraposición entre lo que denomina el “héroe trágico” y el “caballero de la fe”.

El héroe trágico es ejemplificado por el personaje homérico de Agamenón, el caudillo que, en la Ilíada, guió a los aqueos hacia la guerra contra los troyanos.

Según el mito, antes de iniciar la empresa de partir hacia la ciudad de Troya, los barcos se encuentran detenidos en la playa, porque los dioses no envían los vientos para empujar las velas. Agamenón descubre que la razón de ello es la ira de los dioses,  porque un animal sagrado ha sido sacrificado por hombres de Agamenón. Ante esta situación, los dioses exigen, en pago, el sacrificio de la hija del caudillo: Ifigenia.

Agamenón se encuentra entonces, ante una situación límite: ser un buen padre, pero no cumplir la voluntad de los dioses, convirtiéndose en un mal líder ante el pueblo que le reclama ir a la guerra. Por otra parte, hacer el sacrificio y ser un gran líder, pero convertirse con ello, en un mal padre, en el asesino de su hija. Todos podemos entender la situación trágica de Agamenón, compartir su ansiedad. Al final, el caudillo decide hacer el sacrificio y, de acuerdo con Kierkegaard, actúa dentro de la esfera de lo ético, se ha regido por el orden moral de la comunidad a la que pertenece y allí encuentra un refugio.

Opuesto a esta figura, Kierkegaard contrapone el personaje bíblico de Abraham. Conocemos la historia. Un día, el patriarca recibe el llamado de Dios y es sometido a una prueba de lealtad, ordenándosele que sacrifique a su único hijo, Isaac.

A diferencia de lo que acontece con Agamenón, Abraham se encuentra solo, porque no puede comunicar su angustia, su horror psicológico, su crisis espiritual. Su acción no tiene justificación en el orden moral de su comunidad. Desde la perspectiva de Kierkegaard, rebasa la esfera de lo ético. No puede aferrarse a una tradición moral o a los convencionalismos sociales, tiene que buscar en lo profundo de su propia subjetividad y en esa búsqueda se encuentra a sí mismo y a la inevitabilidad de su elección. Es libre, pero también, responsable.

Estas ideas fueron radicalizadas por el existencialismo ateo del siglo XX, que describe al ser humano solo ante el vacío del universo, obligado a elegir y a actuar. Es libre y responsable ante los demás de sus actos y no hay referentes trascendentales que le proporcionen refugio.

Søren Kierkegaard murió el 9 de agosto de 1838, pero su legado permanece, como el de todos los grandes pensadores. En esta era de bullicio, caracterizada por el intento de escapar de la responsabilidad de elegir mediante la banalidad, la chismografía, el consumo y el hedonismo, su obra nos recuerda que la existencia auténtica tiene una dimensión dramática, heróica, silenciosa y solitaria.