PARA RESUMIR la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos en una sola palabra: kitsch.

Para resumir la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos en dos palabras: maravillosamente kitsch.

UNA REVELACIÓN sincera: yo soy un anglófilo

A la edad de 15 años, empecé a trabajar para un abogado educado en Oxford. En la oficina sólo se hablaba inglés. Así que tuve que aprenderlo, y de inmediato me enamoré perdidamente del idioma Inglés y de la cultura británica, en general.

Algunos pueden sorprenderse con esto, puesto que al mismo tiempo me uní a una organización terrorista cuyo objetivo era luchar contra los británicos y expulsarlos de Palestina

Poco después de mi cumpleaños número 15 enfrenté al panel de admisión del Irgún. Me preguntaron si odiaba a los británicos. Frente a la luz de un potente proyector, les respondí: No. Al detectar la consternación del otro lado de la luz cegadora, agregué que quería liberar a nuestro país, y que para hacerlo no tenía por qué odiar a los británicos.

En realidad, creo que los combatientes del Irgún se sentían así mismo. El comandante en jefe nominal, Vladimir (Zeev) Jabotinsky, era un anglófilo ardiente y una vez escribió que el inglés en las colonias era un opresor brutal, pero que el inglés en su hogar era un hombre decente y agradable. Cuando Gran Bretaña le declaró la guerra a la Alemania nazi, Jabotinsky ordenó el cese inmediato del Irgún. El comandante militar del Irgún, David Raziel, fue asesinado por una bomba nazi mientras ayudaba a los británicos en Irak.

Su sucesor, Menahem Begin, llegó a Palestina con el ejército polaco exilado, en el que sirvió como intérprete polaco-inglés. En esta función, él, con frecuencia, estaba en contacto con las autoridades británicas. En una ocasión me contó cómo les trajo documentación a los oficiales británicos al hotel Rey David, el edificio que más tarde -como comandante del Irgan- ordenó bombardear. Años más tarde, la Reina lo recibió amablemente como Primer Ministro de Israel.

Todos teníamos la sensación de que éramos afortunados por estar en lucha contra los británicos, y no, digamos, contra un régimen de ocupación francés o estadounidense (por no hablar de israelí).

DESPUÉS DE esta confesión, aquí viene otra: Yo no soy un entusiasta de los deportes. En realidad, no tengo ningún sentido para el deporte.

Aun siendo niño, fui el peor en la clase de educación física. Un buen libro siempre me atrajo a más que un emocionante juego de fútbol. Mi padre se refería a los deportes como “Goyim Naches” -Placer para los goyim-. (“Naches” en yiddish se deriva de la palabra hebrea “Nakhat”, que significa “placer” o “satisfacción”.

PERO VOLVAMOS a los Juegos Olímpicos. En el verano de su descontento, los británicos produjeron algo único: original, emocionante, sorprendente y con buen humor. Me reí cuando Su Majestad saltó del helicóptero, y estuve a punto de derramar una lágrima cuando los niños discapacitados cantaron “God Save The Queen”.

Vayamos más allá de la pompa y la circunstancia. ¿Tienen los Juegos Olímpicos un significado más profundo? Yo creo que sí.

Konrad Lorenz, el profesor austríaco que investigó el comportamiento de los animales, como base para entender el comportamiento humano, afirmó que el deporte es un sustituto de la guerra.

La naturaleza ha equipado a los seres humanos con instintos agresivos. Eran una herramienta para la supervivencia. Cuando los recursos escaseaban en el planeta, los seres humanos, al igual que los demás animales tuvieron que luchar contra los intrusos con el fin de seguir con vida.

Esta agresividad está tan profundamente arraigada en nuestra herencia biológica que es inútil tratar de eliminarla. En cambio, pensaba Lorenz, tenemos que encontrar salidas inocuas para ese fin. Y el deporte es una respuesta.

Y en verdad, mirando a las diversas manifestaciones de este pasatiempo humano, uno no puede evitar notar las similitudes con la guerra. Las banderas nacionales son llevadas en alza a todas partes por las multitudes enloquecidas por la victoria. Los derrotados se sienten y se comportan como ejércitos que han perdido una batalla.

En la antigüedad, las guerras, en ocasiones, se resolvieron mediante los duelos. Cada ejército enviaba a un campeón, y el combate mortal entre los dos decidía el resultado. Así fue la legendaria lucha entre David y Goliat. En el deporte de hoy en día, un solo campeón a menudo combate por su nación en la cancha de tenis, el tatami de judo o en la piscina olímpica.

Un equipo nacional de fútbol de veras va a la batalla por el honor de su país apoyado en las ondas del patriotismo. Cada jugador está profundamente consciente de la enorme responsabilidad que lleva sobre sus hombros (o en sus piernas). Un equipo vencido, a veces se parece a los restos lastimeros del Gran Ejército de Napoleón en la retirada de Rusia.

En Europa, donde la soberanía nacional está perdiendo poco a poco su significado, el fútbol ha ocupado su lugar. Cuando usted ve a una multitud marchando por las calles de cualquier ciudad europea, gritando y agitando la bandera nacional, ebria de orgullo nacional (y de alcohol), usted sabe que se está desarrollando un partido “importante”.

Los muy condenados hooligans (aficionados) del fútbol inglés (nombre tomado de una desenfrenada familia irlandesa en Londres) no están tan lejos del espíritu del juego. El patriotismo, la guerra y la violencia, todos crecen en el mismo árbol.

Para el equipo israelí, la conciencia del deber nacional es más pronunciada. Los deportistas hombres y mujeres de Israel no ganan para ellos, sino “para el pueblo judío”. Cada victoria (escasa) es una victoria nacional; cada derrota (por desgracia, tan frecuentes) es una derrota para Israel. Es así como se representan en nuestros medios de comunicación, y así mismo lo ven los que ganan y los que pierden.

EN CIERTO modo, el deporte no es sólo un sustituto de la guerra, sino también de la religión.

Existe cierto fervor religioso en el deporte. Basta mirar a los rostros de los jugadores de fútbol antes del comienzo de un partido, cuando cantan con devoción el himno nacional, con el fin de tomar conciencia de lo sagrado de la ocasión, aunque un jugador británico puede venir de Jamaica y uno francés, de Argelia.

Incluso en la subestimada ceremonia de apertura británica, fueron evidentes las connotaciones religiosas. La antorcha, la bandera, los sumos sacerdotes. “Onward Christian Soldiers, marching as to war…” (Adelante, soldados cristianos, que marchan como a la guerra…). También los soldados musulmanes. También los soldados judíos, y así sucesivamente.

En Israel, los deportistas judíos de ambos sexos suelen invocar al Todopoderoso en sus partidos. Se aferran a amuletos bendecidos por los rabinos cabalistas, rezan y piden el favor divino. (Lo que debe ser un dolor de cabeza para el Árbitro Divino cuando juegan judíos contra judíos.)

Supongo que en la Grecia antigua, donde empezó todo, los jugadores invocaban a distintos dioses y diosas, pidiendo que ganara el mejor de los dioses. En el Imperio Bizantino de extensa gama, dos colores batallaron entre sí durante varias generaciones.

El deporte, tal como está representado por los Juegos Olímpicos, ahora es un culto que abarca todo el mundo; es menos dañino que la mayoría, sin el galimatías de algunos, que une, en lugar de dividir. En su conjunto, es algo bueno.

EL FACTOR unificador es, quizás, la característica más destacada de este evento.

Cientos de millones, quizás mil millones de seres humanos lo vieron en todo el globo, cada una representado por sus campeones o campeonas nacionales.

Eso es más que una curiosidad. Con suerte, se trata de una imagen del futuro.

Ver la entrada de las delegaciones fue una experiencia edificante. Casi todas las naciones de la tierra estuvieron representadas, sucediéndose rápidamente, ondeando sus banderas llenas de colores. Durante los días siguientes compitieron entre sí, respetándonos unos a otros, todo ello en un espíritu de camaradería. Los deportistas de una nación admiraban los logros de los otros, mezcladas las razas, evaporados los prejuicios.

Es interesante comparar este encuentro internacional con otro sitio donde todas las naciones se encuentran: la Organización de las Naciones Unidas. En el partido entre ambos encuentros, los Juegos Olímpicos ganan cómodamente.

¿Puede alguien imaginar una reunión olímpica, donde algunas naciones poseen un veto formal y lo usan contra otra nación? ¿Se puede comparar la inactividad inherente de la ONU con la hiperactividad de los juegos?

Para mí, esta es la principal atracción del evento. Soy un firme creyente en la gobernabilidad mundial. Creo que es una necesidad absoluta para la supervivencia de la raza humana y del planeta. El cambio climático, la proliferación de armas nucleares, la economía global, las comunicaciones a nivel mundial, todos hacen la cooperación mundial necesaria y posible.

Estoy suficientemente seguro de que para el final del siglo XXI, una especie de gobierno mundial, basado en la democracia mundial, estará funcionando. Los Juegos Olímpicos son un buen ejemplo para esa realidad. Todas las naciones están representadas, todos tienen iguales derechos, y lo más importante es que todos nos atenemos a las mismas reglas. En principio, cada campeón tiene la oportunidad de ganar una medalla de oro como cualquier otro; pertenecer a esta gran o pequeña nación no tiene importancia.

¿No sería genial que si el mundo entero se organizara siguiendo la misma línea?

PARA UN israelí, el desfile de las delegaciones fue una experiencia aleccionadora.

Tendemos a vernos como el centro del mundo, como un poder mucho más allá de nuestras modestas dimensiones. Sin embargo, aquí nuestra delegación estaba marchando, una entre muchas, una de las más pequeñas, sin el glamour que algunos otros poseen, sin un solo campeón reconocido por toda la humanidad.

Es una buena razón para la modestia, una virtud de la cual normalmente no podemos presumir.