El tiempo que me ha tocado vivir

El cuento de la rana y la olla de agua

Por Isidoro Santana

No sé si será un simple cuento u ocurrió en la vida real. Tampoco sé si se trata de un experimento científico o de un simple curioso. Por eso, lo voy a contar como me lo contaron.

El caso es que alguien metió una rana en una olla de agua fría y murió achicharrada, y después metió otra rana en una olla de agua hirviendo y esta se salvó. Para entender cómo eso pudo ser posible, tenemos que adentrarnos en el “razonamiento instintivo” de las ranas.

En el primer caso la rana se vio en el fondo de una olla, y lo único que le extrañó fue que su nuevo hábitat estuviera en una olla, y no en un estanque como hubiera sido normal. Pero por lo demás, no estaba nada mal. Se sentía cómoda.

En poco tiempo, nuestro curioso o científico experimentador encendió la estufa, pero a fuego lento; mientras tanto, nada le extrañaba a la ranita. Apenas sentía que el agua estuviera tibiecita, pero eso resultaba hasta medio agradable. Lentamente el agua se ponía más caliente, pero la rana podía convivir con eso. A medida que se calentaba más, la rana entendía que eso es lo normal. Es más, ya ni se recordaba de la temperatura normal. “Nada pasará; siempre ha sido así, por qué intentar cambiarlo. Además, ¿quien va a cambiarlo?”

Cuando el agua comenzó a hervir y la rana intentó reaccionar, -de la única forma en que reaccionan esos anfibios, es decir, dando un largo salto-, ya los músculos no tenían fuerza, no le respondían. Al intentar reunir el último aliento descubrió que se ya había muerto sin misa ni extremaunción.

En el segundo caso nuestro curioso experimentador, primero calentó el agua hasta el punto de ebullición, y luego depositó la rana. Al sentir esta extraña sensación, nuestra ranita entendió que eso no podía ser normal, “razonó instintivamente” dando un salto tan largo, y otro, y otros más como despavorida, que todavía nuestro científico o simple curioso la anda buscando.

Este cuento ha sido usado para explicar lo que suele ocurrir en una sociedad cuando la gente y las instituciones se acostumbran a ver como normal algo que no lo es, a convivir con los problemas pequeños hasta que se convierten en grandes.  Es decir, cuando se asume una actitud pasiva frente a los problemas sociales hasta que se hacen insoportables.

Esto aplica a casos como la corrupción, la impunidad, la delincuencia, el mal funcionamiento de los servicios públicos, la evasión de impuestos, lo cual permite generalizar las conductas delictivas y criminales. También aplica a situaciones como la violación de las reglas del tránsito, los accidentes y la acumulación de basura en las calles, cañadas, ríos y playas.

Y cuando estas prácticas se convierten en grandes y se quiere reaccionar, puede haberse hecho tarde. Ya en la República Dominicana tendría que pasar algo muy grande para que se castigue la corrupción, se controle la violencia de género y la delincuencia generalizada.

¡Ah!, y olvidaba decirles que estas dos ranas tienen cada una su nombre. La primera se llama “los descubrimientos de Alicia Ortega”. Y la segunda responde al nombre de “un perrito pintado de azul” en alusión a otro curioso de Azua que decidió pintar de tan bonito color a un perrito, como una especie de conjura para que no tuviera sarna.

La sociedad entendió que esto no podía ser normal, se indignó, se movilizó el vecindario, llegó la policía, reaccionaron airados los medios de comunicación, se hizo viral en las redes sociales, protestaron hasta desde Nueva York, reaccionaron las autoridades de salud, de ganadería, los protectores de los animales, la sociedad de veterinarios le ofreció atención gratuita (al perrito, no al señor), el Ministerio Público dictó coerción, el Poder Judicial dispuso multa y prisión. Todo eso en menos de una semana. Cuánta diferencia.

El perro se salvó porque nadie se quedó pasivo ni indiferente, ningún editorialista o comentarista tenía razones “de peso” para defender al curioso. La autoridad que tenía que actuar actuó. Y ahora a nadie se le ocurrirá seguir pintando perritos excepto con lápices de colores

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