La mayoría de la gente se ha acostumbrado a ver la estabilidad cambiaria como algo positivo y un logro del gobierno. Y no deja de tener razón.

Sin embargo, eso ha tenido sus costos, que pocos toman en cuenta, por lo que analizaremos algunos de ellos. En primer lugar, el Banco Central, para mantener un fuerte control del circulante, ha llevado la emisión de certificados de participación a unos RD$230,000 millones, casi tres veces más que la deuda recibida en el 2004 por la crisis bancaria.

En segundo lugar, ha subido las tasas de interés en el 2011 a niveles muy altos, duplicando la que existía hace un año, con lo que contrae la economía y el consumo para reducir las presiones cambiarias y la inflación.

En tercer lugar, se ha nutrido de las divisas necesarias para sostener su anclaje cambiario a base de un fuerte endeudamiento externo y depósitos en dólares de los bancos comerciales. Ese endeudamiento externo se ha triplicado respecto al 2004 y la deuda pública total, interna y externa ya alcanza los US$23,000 millones o el 43% del PIB, donde hay muchas deudas ocultas no registradas en Hacienda.

En cuarto lugar, esa estabilidad en el tipo de cambio ha llevado el déficit de la cuenta corriente a un nivel histórico de US$5,000 millones o el 10% del PIB y el balance comercial (exportaciones menos importaciones) se encuentra en otro nivel histórico de US$9,000 millones, lo que nos conduce hacia una economía que suple casi todas sus necesidades de las importaciones. Esos déficits externos se han cubierto mayormente con endeudamiento ya que las remesas se han caído y las inversiones netas externas también.

En sexto lugar, la industria nacional ha perdido competitividad y muchas sobreviven a base de ofrecer un producto de baja calidad con menor precio que el importado. No es posible competir pagando una energía cuyo costo duplica el que existe en Centroamérica y bajo un régimen cambiario que no se ha flexibilizado de acuerdo a las condiciones del mercado, beneficiando las importaciones y castigando al exportador dominicano.

En séptimo lugar, ese régimen cambiario fijo ha forzado a las autoridades monetarias usar consistentemente reservas del Banco Central para neutralizar las presiones sobre el peso y ha nutrido esas reservas con depósitos en dólares de la banca local.

En octavo lugar, para contrarrestar el fuerte déficit fiscal, las autoridades monetarias han flexibilizado los créditos dándole facilidades de liquidez a la banca para que el gobierno se endeude localmente y pueda colocar sus bonos en el sector financiero privado. Gran parte de esos bonos descansan hoy en manos de los bancos y terminan en el BC.

Como vemos, el anclaje cambiario, llamado estabilidad macroeconómica, ha tenido su costo, pero nadie piensa en eso, mientras nos hundimos en un océano de endeudamiento, déficits y perdida acelerada de la competitividad.

Pero los empresarios que defienden la competitividad se callan para evitar exponerse a críticas del gobierno o crear divisiones en el seno empresarial si alguien sugiere una flexibilización del régimen cambiario, como ha planteado el FMI reiteradamente. Los defensores de ese anclaje cambiario dicen que devaluar encarece el pago de la deuda externa, el precio de los bienes importados y también de los bienes locales que se producen con materia prima importada.

Sin embargo, nadie explica claramente los beneficios de ser más competitivos, reduciendo el endeudamiento y los déficits externo, eliminando la mafia que existe con los permisos de importación, que han destruido la producción nacional y el efecto mortal que esta política anti exportadora tiene en el empleo y el ingreso.

Lamentablemente, aquí se hacen muchos diagnósticos, como dice el CONEP, pero muy pocos ejercicios cuantitativos para demostrar con números quién tiene la razón. El gobierno simplemente impone su modelo y nadie lo hace entrar en razón, lo cual es entendible ante la creencia generalizada de que estabilidad cambiaria es sinónimo de estabilidad macroeconómica. Algo totalmente antiacadémico.