Vivencias

El circo de la realidad

Por Rafael Alvarez de los Santos

Convertir un hecho real en un circo es una práctica que ha ido cobrando fuerza en una sociedad movida por el vacío y el sin sentido. Lo irreal se basta a sí mismo para ser un circo, pero lo real provoca tristeza cuando se convierte en circo.

Estamos en unos tiempos en que a los medios de comunicación les importa poco la realidad y la convierten en circo porque les genera  más audiencia. Se pelean por tener la exclusiva de la información y a veces falsean datos movidos por la ansiedad de ser los primeros.

El circo ha ocupado un sitial tan importante que hasta se han creado programas con la única intención de promoverlo, programas sin ninguna relevancia ni contenido importante, su única función es convertir en circo los hechos matizados por la levedad de las ideas y el contenido sin importancia, sólo así se convierte en  noticia que los artistas estén utilizando dientes de oro o que alguno haya tropezado al caminar por las calles.

Si ocurre un hecho fatal, como por ejemplo un accidente, los muertos o heridos serán presentados con la crudeza del momento sin importar los destinatarios de la información. Será noticia el llanto de una madre ante el hijo muerto por la injusticia y cobra más importancia las lágrimas que el hecho porque de eso se trata, de explotar el morbo, el sentimentalismo y el sensacionalismo.

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Un circo es que los diputados podrían llamar al director de ética del poder ejecutivo para que aclare su declaración jurada de bienes.

El problema aquí radica en que ya nos hemos acostumbrado tanto al circo que la realidad nos importa poco, perdemos el interés ante las cosas serias o desestimamos cualquier intento por resolver un hecho porque sabemos que es una teatralidad del circo de la realidad.

Conscientes de la tendencia al circo de esta sociedad de la nada diferentes actores sociales aprovechan el efecto placebo que produce el circo para montar sus shows porque saben que nadie, posiblemente, esté atento a la realidad.

Un circo es que los diputados podrían llamar al director de ética del poder ejecutivo para que aclare su declaración jurada de bienes. Pero la realidad es que no pasará de un titular de algún medio informativo y aunque se le cite y acuda será un eslabón más en el circo de la realidad.

Otro circo es que el procurador afirme que en materia de corrupción no habrá vaca sagrada, pero la realidad es que mientras se produce esta afirmación por otro lado se ordenan archivar expedientes.

Un circo es decir que somos el país de América Latina con mayor crecimiento económico de los últimos cincuenta años. Esa afirmación contrasta fuertemente con la realidad porque al mismo tiempo somos uno de los países de América Latina con los índices más altos de pobreza, embarazo en adolescentes y desempleo juvenil.

Cuando se monta el circo se produce un efecto mediático y envía un mensaje de que se quiere trabajar o hacer lo correcto, pero una vez pasa el efecto se impone la realidad de siempre, o sea lo que siempre se ha hecho. Eso ha provocado que esta sociedad se haya convertido en indiferente e incrédula porque saben que al final será buche y pluma na má, más la sal que el chivo, mucha espuma y poco chocolate. Es la fea costumbre de amagar y no dar.

El circo es esa frontera entre lo real y lo posible que ha terminado superando la capacidad de indignación y de asombro del pueblo dominicano.

Tan acostumbrados estamos al circo que el día en que la verdad se convierta en estandarte pasará como el amor con que soñé y que esfumó la eterna espera.

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