Posada del Valle- Picos de Europa- Asturias
-¿Qué vais a coméi?
-Tráenos una longanicita con unos tostoncitos tiernos.
-¡Ja-ja-ja-ja!- la camarerita se destornilla de la risa.
Nos encontramos en el penthouse de Asturias, la antesala del cielo antes de entrar al paraíso.
-Si no hay longaniza, tráenos un sancochito con mucho picante.
-¡Ja-ja-ja-ja!-vuelve a trinar la camarera.
Tiene una cinturita de hormiga, toda ella hecha de caoba pura.
-¿Podrías traernos entonces un puerquito a la puya?
-¡Ja-ja-ja-ja! ¡Qué ocurrente e usté!- me dice en puro dominicano- parece de Haina.
-Bueno, a tres horas de aquí, camino a Santander, hay un Haina, un pueblín del mismo nombre pero sin la “h”. Aina peláo. A lo mejor fue por eso que le pusieron Haina al “aina” dominicano. En el de aquí todos son coloraítos pero los de allá son más quemaítos que el jaláo.
-¡Ja-ja-ja-ja!- la muchacha se ríe a borbotones, como una calandria y nos responde en puro cibaéño:
– Ahí afuera hay una neblina dei diablazo, peói que la de Constanza.
-Pero bueno, ¿no fue aquí donde el diablo pegó los tres gritos y Lola lo imitó antes de que se la llevaran a las dos de la madrugada?- le pregunto.
– ¡Ja-ja-ja-ja!-trina la calandria.
– Mi nombre es Ana, nací en Constanza y crecí en Pueito Plata- nos informa en puro cibaeño sin que se lo preguntáramos.
-Ah, entonces eres del sur de la Florida, de Silver Harbor. No lo confundas con Silver Mountain (Monte Plata).
-¡Ja-ja-ja-ja!- estalla la muchacha.
-¿Creciste en la loma de Isabel de Torres o en la Damajagua? No lo confundas con la Demajagua, la finca de Carlos Manuel de Céspedes, el Padre de la Patria cubana. La dominicana es una catarata del Niágara en miniatura.
-¡Ei diache! Uté sabe má que un lápi! –trina la calandria como si estuviera encaramada en una palma real y fuera una siguita palmera.
-¡Ja-ja-ja-ja!- parece que se va a partir por la mitad de las carcajadas.
– Se ve que usted es dominicano. Hacía tiempo que no me reía tanto- nos dice con los ojos llenos de lágrimas. Por su mente desfilan de repente las imágenes de su infancia bajo aquel sol quisqueyano que quema el alma.
-Nuestro sol derretiría a toda la nieve de estas jodías montañas-nos dice.
-Entonces, tráenos carne de jabalí a la brasa- dice mi amigo Docitéo, quien me había ido a buscar en su flamante Fiat a la entrada de Villaviciosa, a casi tres horas de donde nos encontrábamos.
– Ei jabalí se nos acabó esta mañana. Es el plato preferido en estas montañas.
-Bueno, entonces tráenos unas tapas de jamón ibérico, del que no tiene colesterol porque a los cerditos los alimentan con bellotas. ¡Debiera de ser con tayotas!
-¡Ja-ja-ja-ja!- vuelve a soltar otra gran carcajada.
De repente me imagino la angustia que una muchacha tan típicamente antillana tiene que haber sufrido tan lejos de su patria, encaramada en esta escalera del cielo.
-¿Con dos chatas (dos copas de vino tinto) o dos vasinos de sidra?-trina
en asturiano
-¡Vaya! ¡Te has convertido en una paisanina de estos picos del carajo!
-¡Ja-ja-ja-ja!
Hace apenas un año que vine, solicitada por mi madre, casada con un asturiano. Ellos son los dueños de este paraje. Todavía me baño tiritando todos los días con jabón de cuaba, como si aún viviera en Pueito Plata. Así no se me va la costumbre, aunque pasé los primeros cuatro meses llorando, acordándome de Santo Domingo.
-Con esta temperatura aquí nos bañamos una vez por semana- dice Dociteo.
-¡Ay Dio mío!- exclama Ana.
– No te preocupes, a lo mejor encuentras un asturianito come-fabas que se case contigo cuando menos lo esperes.
-¡Ofrécome a la Vigen de Aitagracia!- contesta en puro cibaéño- Tengo a mi novio esperándome allá en Cabarete. Me hace má faita que ei aire que repiro.
Cuando Ana se excusa para ir a la cocina en busca del vino y de las tapas, Dociteo me susurra al oído:
-Todas estas dominicanitas tienen fama aquí en España de “lo que ya tú sabes”.
-No, yo no sé nada-riposté ofendido, como si Ana hubiera sido mi hermana.
En eso se escucha un rugido a nuestras espaldas:
-¿Sois dominicanos?
Al volvernos vemos a un gigante rozagante junto a una mujer hecha de caoba, frondosa como una estatua del roble milenario de la Cordillera Central.
-No, los únicos dominicanos aquí somos Ana y yo- le contesto arrogante.
-Pues se equivoca, truena el gigante-ella también es dominicana- dice, señalando a su mujer, parada a su izquierda como otra hermosa Anacaona. El mismo le ha enseñado los secretos culinarios de estos lares y ella funge ahora como la cocinera oficial del paraje.
-Os invito a brindar por la República Dominicana y por España con un trago de Orujo (bebida alcohólica asturiana hecha de yerbas del campo).
-Sentíos como en vuestra propia casa-nos dice el gigante sonriendo, después de quemarnos las tripas con el orujo asturiano.
-Tenemos un cordero de lamerse los dedos. ¿Queréis probarlo?
-No, gracias. Tenemos que marcharnos antes de que la niebla se apodere de estos picos-contesta Dociteo solícito.
Cuando Ana retorna con las tapas, balanceándose como una azucena del Yaque, yo ya he perdido el apetito.
Tres horas después del silencio de la carretera, pues no nos dirigimos la palabra ante la majestad solemne de aquellas laderas y el terror de derricarnos por sus abismos, Dociteo atina a decirme:
-No quise ofenderte. Vosotros los dominicanos os ofendéis por nada.
Al entrar en la Villa me decido a hacerle una pregunta:
-Por favor, Dociteo, ¿sabes el significado de tu nombre en griego?
-No tengo la más puta idea-me contesta el asturiano.
– Significa “el que aprende de Dios” y tú no has aprendido de Dios nada.
Cuando me deja en la calle Cavernillas, vuelvo a preguntarle.
-¿Sabes lo que los dominicanos pensamos de ustedes los españoles?
-¿Qué pensáis de nosotros?
-Bueno, “lo que tú muy bien ya sabes”.
Y ahí me las desquité todas juntas.
