La columna maldita

El cerdo

Por Sergio Forcadell

La verdad es que aquel cerdo de pura raza originaria de Norteamérica lucía espléndido. Bien comido, piel brillante, vigoroso, repleto hasta los topes de carne y grasa… se notaba que era un producto elaborado a conciencia, a base programas inteligentes de cría y engorde de aquella granja porcina, considerada modelo entre las de su región.

Era un ejemplar perfecto, de puro concurso, un potencial ganador de medallas, diametralmente opuesto a los puercos caseros o de conuco que sobreviven de las magras sobras de las comidas de sus amos, si es que les sobra algo, y sobre todo, de las basuras que pueden hozar en campos y vertederos.

Aunque no le pusieron nombre cariñoso alguno, tipo Mimí, Fufi, o Boby, como se hace con las mascotas caseras, a este extraordinario ejemplar se le conocía como Oink-Oink, por sus fuertes gruñidos y asociación al sonido onomatopéyico que emiten los individuos de especie de animales.

Así pues, y a pesar de que apenas vio otros lugares más que las chiqueras donde lo criaron, ni a más personas que los rudos empleados que los alimentaban o limpiaban sus porqueras, o los veterinarios que junto a los dueños del negocio inspeccionaban de tanto en tanto su estado de salud y desarrollo, Oink-OinK era un cerdo contento con su suerte, se sentía feliz con su omnívora existencia, pues se dedicaba por con placer y por entero a lo que podría considerarse su oficio, que era el de comer mucho el alimento balanceado y nutritivo que tanto le gustaba, y así crecer lo más rápido posible hasta alcanzar las libras programadas para alcanzar un peso determinado al llegar a su adultez.

Es por ello, que Oink-Oink no tuvo tiempo estudiar ni aprender gran cosa de la vida, ni era de su particular interés el llegar a leer o escribir, así como tampoco conocer las elementales operaciones matemáticas,  y mucho menos otras áreas del saber más refinadas, como la lógica o la filosofía. Ni falta que le hacía, pues Oink-Oink no tenía entre sus objetivos de futuro dedicarse ni a la literatura, ni la ingeniería, ni destacar como un virtuoso de la retórica. Solo aspiraba algún día, más cercano que lejano, a vagar libremente y conocer mundo, del que intuía por lo poco que dejaban ver las puertas de la entrada, debía ser muy amplio, diverso y atractivo.

Un día fue llevado ante una báscula, como lo hacían con otros ejemplares cuando se veían de lo más rollizos, y oyó que con mucha satisfacción que lo alababan y lo ensalzaban porque había alcanzado las 1.000 libras, en el tiempo record de unos cuantos meses, diciendo uno de los encargados que deberían llevarlo a visitar la capital, con lo que Oink-Oink se puso muy contento ya que por fin podría realizarse el sueño de viajar y ampliar su estrecho mundo vital.

Al día siguiente, Oink-Oink, vio llegar un camión que ya lo conocía bien por los  viajes que hacía a la granja cada semana, y junto a una docena de compañeros del corral, también de gran envergadura, los montaron un tanto a la fuerza, con gritos de protesta, tal vez porque no sabían dónde los llevaba esa inesperada excursión.

Pero Oink-Oink , pese a su gran tamaño, subió ágil y rápido por la rampa y se aseguró de colocarse en un lugar preferente, a la derecha del a cama del vehículo, junto a un hueco que permitía contemplar una amplia visión del paisaje, ya que deseaba con mucho anhelo gozar al máximo esta innovadora y excitante aventura.

Por fin, podría descubrir miles de cosas maravillosas que no podía ni imaginarse. Y así fue, durante el recorrido le fascinaron la gran variedad de árboles frondosos, las pequeñas pero coloridas flores, las típicas casas de madera con alegres tonalidades, los caminos serpenteando por entre los verdes y feraces valles, las agrestes e imponentes montañas, las gentes trabajando la tierra, muchos animales diferentes, perros, vacas, caballos, chivos, gallinas…

En una parada para repostar combustible -Oink-Oink estaba muy atento a aquella extraña operación- un bombero aun con la manguera en la mano, volvió a alabarlo diciendo “que ejemplar tan hermoso, lo recibirán con gusto en la ciudad” con lo que se sintió nuevamente alabado y muy reconocido porque, hay que decirlo, Oink-Oink, aunque nunca se había visto en un espejo, se sabía hermoso, superior, y sentía mucho orgullo de sí mismo.

Así las cosas, entre admiraciones y sorpresas fueron llegando a la capital y allí descubrió nuevas e increíbles maravillas, edificios altísimos que casi acariciaban los cielos, monumentos artísticos representando figuras humanas, millares y millares de automóviles y motores de todas clases avanzando desesperadamente por llegar a sus destinos, ríos de gentes caminado presurosamente a sus hogares, o haciendo sus compras.

Llamó fuertemente su atención ver un parque con niños jugando con una pelota, y otros meciéndose en columpios o deslizándose por suaves rampas de toboganes. Era algo maravilloso que existieran cosas así entre los humanos, y que tal vez los cerdos algún día debieran imitar.

Se admiró asimismo, por los altos y hermosos edificios de apartamentos, por las concurridas plazas comerciales, y hasta avistó una importante universidad con muchos estudiantes en su recinto, que por no estar alfabetizado, no pudo saber de qué institución se trataba.

También se sorprendió al divisar unas grandes naves industriales de color gris, perfectamente alineadas, con techos de dos aguas, con unas finas chimeneas de las que salían graciosas volutas de humo. En una de esas naves, el camión, redujo la velocidad, dio un amplio giro, y entró por un gran portón en cuyo frente se leía “MATADERO”. Por suerte, como ya sabemos, Oink-Oink no sabía leer. Ni falta que le hacía.


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