La columna Estriada

El Centro Histórico de Santiago

Por Emilio José Brea García

Hay, hace meses, unas ciertas ansias gravitando sobre el centro histórico y monumental de la Hidalga de los 30 Caballeros.  Con el argumento de potenciar visuales hacia el templo que fue -otra vez- restaurado, hay un plan sin proyecto de “limpiar” urbanísticamente un sector que impide que la majestuosa edificación eclesial se pueda ver, sin obstáculos, desde el Puente Hermanos Patiño.

Recuerda aquel acertijo de banalidades puesto en marcha en Santo Domingo, en 1982, para “unir” visualmente la fachada principal del templo mayor del antiguo Convento de Los Dominicos con la estatua de Fray Antón de Montesinos. La repulsa al proyecto incluyó una vertical postura de Fray Vicente Rubio, aquel memorable e insigne historiador de la Orden de los Predicadores que no titubeó en apoyar, públicamente, los planteamientos del sector ciudadano que se oponía a esa “limpieza” cosmética. El diferendo se zanjó salomónicamente. Las 9 casas demolidas, en el subsector que ocupaba el Fuerte San José, dejaron suficiente holgura visual a Montesino, pero no siguieron con el caprichoso método de “liberación” hasta las puertas del templo.

En Santiago, sin que sea más de lo mismo, se ensaya un absurdo vía la ya famosa Oficina de Ingenieros Supervisores de Obras del Estado adscrita directamente a la Presidencia de la República, la cual pretende arrasar con todo lo construido que obstaculice las panorámicas hacia el templo catedralicio de la orgullosa urbe cibaeña. Y lo pretende en desmedro de la memoria histórica de toda la ciudad, y de la documentación en términos edificados. Burla principios urbanísticos de arraigo sectorial y desdeña paisajísticos de interrelación (como son los “efectos ocasionales”)al proponer el desalojo de vida y el traslado de acciones, justo donde han estado desde siempre, porque ahora la escenografía demanda “liberaciones” que se podrían convertir en un efecto negativo al aumentar el telón de fondo, reduciendo perceptualmente la edificación en su ambiente sin diálogo alguno con nada cercano.

Desde 1989, ese efecto reduccionista, lo vemos con la Plaza del Solazo, al considerarse que era todavía angosto el espacio para su apreciación del Palacio Virreinal de la familia Colón o Alcázar, y la cosmética urbanística se llevara el edificio de Correos (Caro Álvarez), para que se viera, mejor y sin obstáculos, el Alcázar.

En Santiago, la intromisión juega al desgaste y poco a poco, invade y penetra. El cercado bochornoso del templo, cercenando una calle, tomó la iniciativa e hizo de ella un estacionamiento privado. En Santo Domingo, la desaparición de la calle Juan Barón, al norte de la Primada de América, le agenció más espacio al Parque Colón.

Ahora en Santiago casi se habla de lo mismo, pero del otro lado, con la injustificable argumental de que el Presidente de la República (que no es Trujillo desde 1961) tendría donde estacionar, con su sequito, y muy cómodamente entrar y salir del templo para los famosos Tedeums una vez al año (16 de agosto).

Un grupo amplio de arquitectos, urbanistas, escritores, abogados e intelectuales, entre los que hay periodistas, están dispuestos en Santiago a mover la sociedad para frenar el intento caprichoso de deshacer la historia a mandarriazos. Otro grupo por igual estará solidario desde Santo Domingo, prestos a pagar el peaje para ir a apoyar las protestas y colaborar con los razonamientos a más de estéticos, documentalistas e históricos que serían borrados si una acción de ese género se fraguara en el Centro Histórico de Santiago.

 

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