El ataúd de la cultura es la tarima. La nuestra, nuestra cultura, que coquetea con el suicidio aparenta buscar el gran público. Solo es apariencia.
Suele asumirse al hablar de "cultura" el lindo logo del ministerio, la mujer que baila con el traje "típico" dominicano (que por extrañas razones toma los colores de la bandera).
Esto no es cultura, es el tierno espectáculo que les brindamos a los turistas-camioneros que populan en nuestras playas privadas.
Este es el evento que va a la tarima. Su razón es que en algún momento el perico ripiao fue un hecho cultural puro. La cultura se esconde tras bambalinas en el salami con fritos del bolsillo del guachiman.
Caso contrario son los gestores culturales. Esos mismos que también olvidan, a conveniencia y por pretenderse una condición social, los fenómenos sociales que no se cuentan.
Desde el apelativo uno siente como embarga el ego. Dejarse nombrar "gestor cultural" es reconocerse (por redundancia porque todos lo somos) superior ante la sociedad. "Yo soy, yo recreo, yo tengo la cultura agarrada por el mango" parecen decir algunos.
Pero el super ego es una condición del artista. No es que un gestor es un artista, aunque suelen confundirse por conveniencia. El ego de un artista es infinito, tanto que a veces no baja a los mortales para no ensuciarse. Lo único mayor es el ego de los que se creen (y necesitan hacer creer) artistas.
Es graciosisimo ver a ambos (los pseudoartistas y los gestores culturales) bailando en busca de tarimas para amortajar los que suponen que es cultura.
Es lindo verlos actuar desde una vitrina como a veces pasa en la Tertulia de los Lunes.
Las tertulias de los lunes ( de Alejandro Aguilar en casa de teatro) son un hecho cultural para sibaritas. Esa extensión y perfeccionamiento del fin de semana cumplió un año (fue una pena lo del aniversario).