Botas del pantano

El arriero salvador

El miércoles 20 de diciembre de 1972, pintaba con ser un día idéntico a los otros en la vida de Sergio Catalán que, montado en su alazán, arriaba bestias por la cordillera andina; en el lado chileno. Sin embargo, al acercarse a un arroyo (el caballo andaba sediento) se percató que del otro lado, un par de jóvenes barbudos le hacía señas desesperadamente. No hizo caso, pues creyó que serían unos excursionistas pasados de copas o con ganas de bromear, pero al volverlos a ver a la mañana siguiente, algo presintió. A falta de palomas mensajeras, amarró un lápiz a una piedra y como pudo, lo hizo llegar a la otra orilla. La respuesta era aterradora:

«Vengo desde un avión que cayó en las montañas. Soy uruguayo. Hace diez días estamos caminando. Tengo un amigo herido arriba. En el avión quedan 14 personas heridas. Tenemos que salir rápido de aquí. No sabemos cómo. No tenemos comida. Estamos débiles...».

En efecto, Fernando Parrado y Roberto Canessa, llevaban demasiado tiempo dando tumbos entre las veredas de los cerros, en busca de ayuda. El avión en el que debían llegar a Santiago de Chile se había estrellado contra un pico nevado hacía ya más de setenta días: un fatídico viernes trece de octubre de aquel 1972. En ese Fairchild de la Fuerza Aérea Uruguaya viajaba el equipo de rugby Old Christians Club y la felicidad se presentaba envuelta en juegos intensos; suculentos mariscos; fiestas, con y sin ligues; pero el mal clima de los Andes dispuso otra cosa. Eran, entre pasajeros y tripulación, cuarenta y cinco almas, de las que al final sobrevivirían solamente dieciséis.

Una tormenta y la falta de pericia de los pilotos (errores en la navegación, estimaron los expertos) fue suficiente para que la aeronave chocara, se cortara en dos y cayera por un tobogán de nieve en un sitio de nombre premonitorio: el Valle de las Lágrimas.

Los que no murieron en el avionazo trataron de protegerse del terrible frío a más de 4,000 metros de altura (como la nube desde donde se cae Cornelio Reyna en su celebérrima canción) y con los restos del fuselaje levantaron un cobertizo enclenque, donde pusieron a los que estaban heridos y lastimados. Luego, empezaron a buscar en las maletas destripadas algo de ropa para abrigarse, pero tampoco es que hubiera mucha y lo más terrible, qué comer… Sólo migajas, unos cuantos chocolates, un tarro de mermelada y paremos de contar.

Don Sergio respondió con un lacónico «vuelvo luego», no sin antes dejarles un poco pan y queso de cabra. Entonces, antes de jalar las riendas, acarició a su alazán y, presuroso y sereno a un mismo tiempo, recorrió el centenar de kilómetros que lo separaba de la estación de carabinieros. Tardó 10 horas en llegar...

Tras el accidente, tenían fe de que vendrían a rescatarlos y gracias a un estudiante de primer año de ingeniería, que arregló una radio, confirmaron que, en efecto, la autoridad andaba revolviendo «cielo, mar y tierra» (con dispensa del lugar común) para dar con ellos. No obstante, las gélidas jornadas se sucedían y el hambre apretaba cada vez con mayor fuerza. Algunos días después, escucharon una noticia que los dejó « congelados»: la búsqueda se suspendía. Era imposible que las víctimas siguieran vivas. Así que de un plumazo los declararon « oficialmente » muertos. En ese momento supieron que la única salida posible era la de enfrentarse a la cordillera.

En diciembre, con la primavera en el ambiente, la nieve empezaba a derretirse y el sol se desperezaba. Roberto Canessa, Nando Parrado y Antonio Vizintín, atravesaron casi a rastras montes, colinas, riachuelos, senderos, uno de ellos, inclusive, de tan lastimado tuvo que regresar enseguida al avión. Tras días de caminar y caminar sin rumbo, se toparon al fin con el arriero Sergio Hilario Catalán Martínez.

La historia es harto conocida, hay libros al respecto y, por supuesto, películas. Una mexicana, de 1976, dirigida por René Cardona y protagonizada por el latin lover Hugo Stiglitz. Otra gringa, faltaba más, que salió en los 90: Viven (Alive), de Frank Marshalk, en la que aparecen un jovencisímo John Malkovish y el galán de galanes Eathan Hawke. Vi las dos y para variar, no recuerdo nada...

Cuando el mundo supo la historia, conocida como «El milagro de los Andes», las buenas conciencias se preguntaron cómo habían resistido a tanto día sin probar bocado. Hasta que supieron que la respuesta estaba en las otras víctimas, en su carne, que el hielo se había encargado de conservar. ¡Conmoción total!

Todo esto viene a cuento porque el heroico arriero acaba de morir a los 91 años de edad. La prensa uruguaya y los sobrevivientes informaron sobre su fallecimiento el pasado 11 de febrero, no sin tristeza.

« No se olviden, que aquí en Los Maitenes, siempre tendrán un hermano chileno que los recibirá con los brazos abiertos. Yo creo que ustedes son como los gatos: tienen 7 vidas». Les dijo Don Sergio a los rugbistas y no lo hicieron, no lo hicimos.

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