Cultura y sociedad

El ardor de emigrar

Por Sandra Mustelier Ayala

-“Pasajeros chequeados, del turno 6:45pm, por favor abordar el ómnibus con destino Habana”.

Terminal de ómnibus, Las Tunas, Cuba, junio 1995. Ella se iba, la chica del Reparto Aurora; la líder del barrio, la más fiestera, la que todo el mundo conocía en el parque.

- “¿Yo? Soy la hermana de…”, decía su hermana mayor, pues ella pasaba desapercibida. La famosa era la hermanita menor. Esa bullosa era tremenda bailadora, “luchaba” las cosas de la casa: cambiaba aquí, vendía allá, pero lo cierto es que allá para el 1993 cuando el jabón estaba perdido y no había champú, en su casa no faltaban ni comida y ni jabón con qué bañarse. ¡La aérea de su hermana, ni se enteraba de dónde rayos salían las cosas, y claro que no era del salario de la madre, la única que trabajaba y que como maestra ganaba 265 pesos y el cambio a dólar por el 1994, rondaba los 130, o sea, ganaba en el mes, dos dólares y alguito más! ¡!Increíble! Ella, muchaaaachaaaa, ella era de las mejores vestidas en el Dancing del Pueblo o en la discoteca del Hotel Tunas, porque su madre que sabía coser, daba pedal hasta la madrugada por tal de que su hija se estrenara el modelo de vestido que había seleccionado.

Un mar de gente, en esa memorable tarde, se amontonaban alrededor de aquella guagua Tunas-Habana que la llevaría a su vuelo destino Miami. Lloraban, los más cercanos; otros le decían: “oyeeee asereee, acuérdate que uso el número 9 en zapato, y soy talla L de camisa”. ¿Cuándo la volveríamos a ver? Solo Dios sabía. Pero entre el tumulto, a alguien se le iba la vida, se le destrozaba el alma. Nunca más fue feliz. Se le iba su hijita amada, se le iba su consentida. “Me arde el pecho”, me susurró. “Pero siempre- dijo la madre llorando- siempre supe que se iría, no soportaba esto”. Porque aquella irreverente niña, se quitaba la pañoleta de pionera desde que le obligaban a jurar en los matutinos, ser como alguien que ella no conocía.

- “¿Dónde vive el Ché ese, mami?

-Murió en Bolivia, era argentino.

-¿Y tú te piensas que yo soy boba mami? ¿Qué es eso de “Seremos como el Ché”? ¿Cómo voy a ser como un muerto que diiiicen ellos que era bueno, pero no conocí y que, además, tío dijo mató personas y ni siquiera era cubano? Jajaja. ¡Apretasteeee, mijitaaa ¡Quítame ese trapo azul del cuello, mami, me da calor! ¡Qué pañoleta de pionera ni pionera?! ¡Eso me molesta, eso no sé para qué es esto chica!!”. Y desde entonces, le empezó a molestar todo: las guardias del CDR a la que la madre le obligaba porque le decía había que cumplir. Preguntaba la adolescente: “Cumplir con quién y para qué? Me hablan de fantasmas y quieren que los adore y que cuide qué mierda mijita si nos han robado tres veces por las persianas de la casa la ropa que me iba a poner para ir al trabajo y ya no tenemos ni sábanas, y la policía no hace nada. ¡Ah! Claro porque es a nosotros, no es del Estado, esos robos sí que los investigan. Y nada quería saber la joven quinceañera de las “Escuelas al campo” que inventó el tal Guevara, limpiando caña o recogiendo café: “fui una vez -confesaba-y una hernia discal me gané y duele mi caderita flaquita por las dichosas latas de café, en un morral amarrado a mi cintura, resbalando por esas lomas, yo con estos quince años delgaditos, eso fue un abuso”. Y es que esa joven vivía en rebeldía social, no quería saber de nada que no fuera fiestas y su piquete de amigos del barrio. Siempre andaba acuestas con música de Beatles, Heavy metal, todo en inglés. Y siempre quiso irse a una mejor vida. Es como que las personas te dictan desde su niñez y adolescencia, te dan señales de cómo piensan, cómo sienten y qué quieren hacer. No hay sistemas políticos que cambien una mentalidad individual bien definida, convencida.

Todas las partidas duelen, le arden a uno por dentro. Los desprendimientos desgarran. Las separaciones desesperan el alma. La imposibilidad del volver asesina las esperanzas. Aunque creas que es temporal o estés convenido de su permanencia, duelen igual las despedidas de la(s) tierra(s) y las personas que amas. A donde quieras que irás, a ellas pertenecerás. Tu identidad se reforzará en la distancia. Todo recuerda a Cuba. Cuando nos vamos, dejamos lo más amado, lo vivido, lo ansiado, los proyectos y sueños, la familia, el barrio y la cultura que extrañarás, quieras o no. Y nos asimos a objetos, historias, recuerdos y documentos que empiezan a significarnos un trozo de lo añorado, de lo perdido, de lo recordado.

La mayoría de las veces emigramos porque las circunstancias nos condicionan y, a veces, nos obligan. Y estás convencido de la necesidad de irte, porque será lo mejor para ti y tu familia. Vas en busca de una mejor calidad de vida para ellos. Pero arde la vida ante la imposibilidad de estar juntos, juntos compartir un trozo de pan y uno que otro pez, pero juntos. La reconstrucción familiar es lo ideal pero la comunicación constante por imo, Facebooko las caras llamadas, se convierten en alternativas para hacer sentir que los amamos. Si emigrar es una necesidad existencial -económica o política- con la decisión comienza un complejo proceso de desarraigo.

El emigrar es desgarramiento existencial, de sentimientos, sistema de relaciones, modo de vida, de adaptación a nuevos valores, normas sociales y culturales, y de la pérdida de otros. Por eso quizás será que una colá del inigualable café cubano devendrá símbolo como la Ropa Vieja, el lechón asado, los pastelitos de guayaba y queso o el divino ron y el Son, todos son soportes de la identidad que nos acompaña en el viaje de la vida por cualquier parte del mundo: ¡Somos cubanos! La culinaria y la música son de los soportes más simbólicos de afirmación de la identidad cultural cubana en la diáspora por el mundo.

Sonoridad que estremece, bailes que recuerdan, comidas que nos traen a la memoria el sabor y el olor de la tierra amada. Asentamiento de sabores, de una identidad cultural que se afirma y afianza en la nostalgia del emigrado. Busca y encuentra miles de soportes para asirse a la patria a la que algún día se regresará, o por lo menos, con ese sueño andarás. Otros, los nihilistas, hacen la negación de la negación, que es decir rompen todo vínculo con la patria que les vio nacer. Esos son los más sentimentales que les cuesta taaanto el desarraigo de su barrio, de sus amigos, de sus familiares, de su cultura y de la patria que optan por negarlo todo y creer -falsamente- que rompieron los vínculos. Las ataduras de la identidad cultural nunca pueden romperse.

La cultura viaja contigo, es el único equipaje que nunca puedes ver, pero que pesa mucho más que el equipaje y dura toda la vida. No adviertes ese peso, pero estará más de treinta años sobre tu memoria hasta el día que de tanto acumularse, ya no lo puedes soportar, y se te hace necesario el reencuentro con tu familia, con tus amigos, con tu patria.

Cuando te vas, llevas contigo tus creencias, costumbres, tradiciones, modo de sentir, ser y actuar. No arribas al aeropuerto, arribas a otra sociedad, a otra cultura y en el choque cultural, en un complejo proceso de aculturación/deculturacion irás incorporando nuevos valores y normas socioculturales. Otros se perderán. Lo que importa son los rasgos que permanecen y los que conservamos en la memoria y en los archivos del alma, como mástil en proa para continuar navegando por los mares de la vida.

Aquella tunera rebelde e irreverente, se transformó debido al condicionamiento de la nueva cultura, cambió su mentalidad y su comportamiento. Las leyes y el orden establecido que han hecho que parezca otra persona, ha asumido las costumbres americanas, se ha adaptado a su sistema de vida, ahora la dieta, la cerrada vida de familia nuclear, el hablar bajito, las marcas y el Gym, son parte de su vida cotidiana, algún espacio siempre para sus amistades no puede faltar. Pero ni se le parece a la escandalosa fiestera y barriotera que conocí. La pérdida de su madre sin poder viajar a la verla en sus últimos momentos, es uno de los dolores de su corazón amansado o entristecido por los ardores del emigrado que nunca dejan a uno de quemarle por dentro, a los que quedaron o a los que nos tuvimos que ir.

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